miércoles, 3 de abril de 2013

ID EN PAZ: ENVÍO A TODO EL MUNDO HABITADO

Introducción
Es importante tomar nota de la imprecisión de la referencia a las circunstancias históricas, del centro de interés en el profeta y del elemento del milagro de esta narrativa, dado que estos elementos son importantes para la interpretación.  
El contexto más amplio lo constituyen las guerras arameas, pero no se proporciona ninguna información precisa. No se menciona el nombre de ningún rey, ni de Aram ni de Israel. El autor no parece muy interesado en presentar la narración desde la perspectiva histórica; más bien, busca demostrar las habilidades sobrenaturales del varón de Dios, Eliseo.
Parece ser que a una antigua narración sobre Eliseo se añadieron los versículos 15b-17 en los que se destaca el tema de la poderosa divinidad que lucha del lado de Israel. El tipo específico de guerra parece ser el siguiente: con un grupo de soldados numéricamente pequeño, un rey enemigo ataca a otra nación robando y saqueando las aldeas y las ciudades sin que esas incursiones den la impresión de una guerra propiamente dicha. Esas acciones no están destinadas a vencer al enemigo sino a debilitarlo.
En este pasaje, al igual que en el capítulo 5, no se menciona el nombre del rey arameo, por lo que no es posible determinar la fecha precisa. Una referencia a “bandas armadas” de arameos en el texto hebreo del v. 23 puede sugerir incursiones y ataques en la frontera más bien que una guerra declarada, como se señala también en el v. 5:2 (bandas armadas se llevaron cautiva a una muchacha israelita). Las incursiones no eran emprendidas por un ejército de Aram sino por arameos seminómados libremente federados con Damasco. Su frecuencia y la impresión de que los arameos eran repelidos una y otra vez (v. 10) sugieren ataques de esa índole, más bien que una guerra en gran escala, la que ciertamente hubiera dejado su huella en las Sagradas Escrituras.
Ataques repentinos y emboscadas transfronterizos caracterizaron probablemente las relaciones de las dos naciones durante el siglo IX AC. A diferencia de lo que ocurre en las narraciones anteriores, en este caso el ministerio de Eliseo corresponde a la esfera de la política internacional en los tiempos de guerra entre Aram e Israel. Existe la sospecha de traición (v. 11). El rey de Siria es presentado como un rey que despliega un gran número de efectivos (v. 14).
Alcance de la narrativa
El punto de atracción de la descripción es la capacidad del varón de Dios de ver más allá de los sentidos, lo que permite a Eliseo alertar al rey de Israel. El rey de Aram se enfurece por esa acción del profeta de Israel. Pero su propio pueblo le ha dicho que el profeta posee poderes sobrenaturales. A pesar de ello, el rey de Siria da la orden de que lo hagan prisionero, y los comandos enviados son ellos mismos hechos prisioneros.
La ceguera temporal de los hombres enviados con ese objetivo contrasta con la visión del varón del Dios. Con sus poderes, el profeta consigue engañar al ejército que había sido enviado para capturarlo, entregándolo al rey israelita.  
Notas sobre el desarrollo del complot
Problema central – Las incursiones de los bandos armados arameos (véase también el comienzo de las historias de Naamán en 5:2). Como se explica en el capítulo 5, Eliseo ya es conocido en los círculos de la corte siria.   
vv. 8-10 – Introducción de los principales personajes: el rey de Siria (v. 8), Eliseo (v. 9), y el rey de Israel (v. 10). En el pasaje que sirve de introducción se explican los motivos de la acción del rey de Siria contra el profeta.
vv. 11-14 – El problema que complica el envío del ejército. Los asesores utilizan la lógica de argumentar de mayor a menor: si Eliseo conoce las palabras pronunciadas en su dormitorio, con mayor razón debe saber lo que ocurre en el consejo de guerra. “Id y ved” – la orden del rey tiene consecuencias paradójicas.
vv. 15-17 – El desarrollo del complot queda en suspenso en los vv. 15-17 que es una narración aparte que presagia lo que ha de venir. Cuando el criado vio que la victoria de Dios sobre los sirios era realmente inevitable, ya no tuvo miedo.   
Los caballos y carros de Siria ( véase salmo 69:17) rodean a Eliseo (vv. 15.16). El versículo 17 es un punto culminante proléptico que anuncia el verdadero apogeo del v. 20b en el que se repite “abre los ojos” “para que vean”.
vv. 18-20 – En estos versículos hay mucho sentido del humor e ironía dado que la narración pasa de la visión del criado a la ceguera del ejército que recupera nuevamente la vista. Las tropas sirias están literalmente deslumbradas. Eliseo es consciente de sus órdenes y les ofrece ayuda para encontrar al que buscan. Cumple su misión de “ir y ver” haciendo que vayan (tres veces) y que vean (dos veces).
vv. 21-23 – Consecuencias y reacciones: el perdón y el envío de regreso de los prisioneros. Eliseo está al frente, incluso en la ciudad real. El rey está ansioso por matar, pero Eliseo no lo está. Aquí no existen las prohibiciones de guerra santa como en 1 Reyes 20:31-42, y se mantienen las reglas de la guerra civilizada. Eliseo controla la política ofreciendo un banquete en lugar de ordenar la ejecución. Se resuelve así el problema central de los ataques en el v. 23.
Explicaciones
v. 8 – En tal y tal lugar. En hebreo se utiliza un pronombre indefinido. El narrador evita decir el nombre del lugar y lo logra utilizando abstracciones o generalizaciones de ciertos hechos específicos. El lector/el que escucha no necesita saber el lugar de la emboscada, más aún si se tiene en cuenta que hubo más de una incursión de esa índole.
v. 12 – Teniendo en cuenta que había prisioneros israelitas, como la criada de la esposa de Naamán y otras que quizás fueron concubinas del rey y de sus oficiales, debe haber habido revelaciones de secretos en las habitaciones íntimas, que si no eran las del rey, eran por lo menos las de quienes dirigían los ataques. Esta puede haber sido una fuente regular de información al enemigo durante las guerras.   
v. 15 -  Naar (el término utilizado para el criado /compañero de Eliseo) – podría ser un término tradicional procedente de la tierra de Canaán en la época preisraelita.  Naar puede referirse un hombre de rango que se ha desempeñado en diversos puestos: escudero (Jueces 9:54; 1 Samuel 14:1), administrador y mayordomo (2 Samuel 19:18), asistente personal en situaciones no militares (Éxodo 33:11; 1 Reyes 18:43; Ruth 2:15).
v. 16 – No tengas miedo – Un formula que introduce profecías de salvación y se encuentra a todos los niveles de la literatura bíblica (Génesis 15:1; 26:24; Isaías 41:10; Jeremías 1:8).
v. 17 – caballos y carros de fuego: El fuego es una característica común de la manifestación divina (Éxodo 3:2; 13:21; 19:18) y de la esencia divina (Deuteronomio 4:24). En 2 Reyes 2:1, el vehículo que ve Eliseo es del Señor.
Es necesario entender correctamente lo de la ceguera: las tropas no están completamente ciegas, dado que fueron capaces de seguir hasta Samaria. La luz enceguecedora, en hebreo sanwerim, que también se encuentra en Génesis 19:11, puede ser una palabra del acadio que significa sunwarim “hacer radiante, mantener (la vista) atenta”. Es posible distinguir entre una ceguera ordinaria y el destello numinoso de la luz que impide ver temporalmente.
Reflexiones
 Eliseo se presenta aquí como oponiéndose al deseo asesino del rey y como protector de la vida y los derechos, precisamente los de los enemigos. Los sirios que habrían de comer en el banquete que les habían preparado darían testimonio de los poderes sobrenaturales del varón israelita de Dios. Basándose en la propia experiencia podrían proclamar que cualquier atentado más contra Israel fracasaría debido a la presencia del omnisciente varón de Dios que vive allí.  
            1. Es una sátira de la clase gobernante. Todos los oficiales carecen de poder; YHWH es el que obtiene la victoria. Eliseo le proporciona la fundamental inteligencia militar. Sólo cuando Eliseo envía el mensaje (v.9) el rey puede pensar en protegerse (v.10). Los carros de YHWH neutralizan los de los sirios. Es él quien los ayuda en la misión y establece la política real acerca de los cautivos.
            2. Al igual que en todos los libros de Reyes, este pasaje muestra que esos reyes, de Israel, de Judá, de Asiria o de Babilonia, nunca controlaban la historia del pueblo de Dios; Sólo Dios tiene el control de todo. Dios da la victoria al pueblo. En la historia más amplia descrita en 1-2 Reyes, el pueblo vivió la experiencia de una derrota total, humillante a manos de los babilonios, aunque nuevamente bajo el poder y el control de Dios.  
            3. En este caso también, los poderes singulares del profeta están en primer plano y demuestra ser un visionario. Tiene la capacidad de ver cosas ocultas: la emboscada de los arameos planificada en las estancias privadas del rey (vv. 10-12), la caballería de fuego (v. 17). Bajo sus órdenes los ojos de los enemigos se cierran y se abren.
En medio de las hostilidades generales, Eliseo asume el papel de asesor del rey, y, gracias a sus previsiones, Israel evita con regularidad caer en la trampa. Dado que los sirios no eran prisioneros del rey, debían ser tratados como huéspedes invitados y después enviados a su casa.
El comportamiento paradójico del profeta se considera un “acto de clemencia” y una “preocupación general por los prisioneros”. Esto debe haber sido afinado más tarde (véase la narración sobre las osas en 2:23-24).
¿Por qué ya no había hostilidades? Según el versículo 23, el final de los ataques fue posible gracias a un acto de reciprocidad en respuesta a la misericordia de Eliseo, o por respeto a los poderes que demostraba: con tal profeta de su parte ¿cómo podría ser vencido Israel?
Conclusión
1. En este texto, el profeta está involucrado en política internacional, tratando de desbaratar una agresión de los arameos, por un lado, e impidiendo la violencia por parte de los israelitas, por otro lado. ¿Cuál es el papel del pueblo de Dios?
2. Contra quienes estaban deseosos de aniquilar al enemigo, el narrador da una respuesta de hospitalidad y amabilidad en lugar de violencia. Este pasaje ofrece una perspectiva que es diferente de las duras exigencias de la ideología de la “guerra santa” (1 Reyes 20:31-42).
3. El profeta al que ellos debían capturar les dice que estaban yendo en la dirección equivocada. Cuando se ofrece para llevarlos ante el hombre que desean capturar, lo siguen a ciegas. No debe haber nada más humillante para el gran ejército invasor que el hecho de que se les dé de comer y se les envíe después de regreso.
4. El poder del Estado, totalitario o democrático, no se puede comparar con los caballos y los carros de YHWH, que son operativos por la palabra del verdadero vocero de Dios. La comunidad creyente proclama: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos”.

Estudio bíblico por Gervasis Karumathy. 

Estudio bíblico sobre Efesios 2:11-22

Estudio bíblico sobre Efesios 2:11-22
El reino de Dios y la comunidad cristiana
El autor de este texto escribe a una congregación cristiana integrada por judíos y no judíos, o “gentiles”. Reconoce que se los considera a menudo como dos facciones diferentes en la iglesia: los de la “circuncisión” y los de la “incircuncisión”. La palabra griega para “gentiles” es ethné, la raíz de la palabra en español “étnico”; algunas versiones de la Biblia traducen el término por “las naciones” o “los pueblos” y, al igual que la palabra hebrea goyim, significa todas las naciones que no son Israel. En ese sentido, los autores judíos colocaban aparte a “los gentiles” como “los otros” o “el Otro”, como personas específicamente diferentes de los miembros de su propia comunidad.
El autor escribe como un judío de nacimiento. Adopta posturas que lo llevan a tomar distancia de quienes tienen antecedentes gentiles. En este pasaje de la carta se dirige  a los gentiles (2:11) “vosotros que en otro tiempo estabais lejos” (2:13; véase. Col 1:21) oponiéndolos al pueblo elegido de Israel – aparentemente, los parientes biológicos del autor -  “los que estáis cerca” de Dios (2:17) incluso en el pasado. Estos compatriotas históricos dentro de la comunidad y del pacto de Dios se contraponen a los gentiles que eran “extranjeros” y “forasteros”. Según estas palabras, queda claro que los miembros de la iglesia primitiva consideraban a veces que sus propios miembros estaban divididos.
Hay una serie de pasajes del Nuevo Testamento que dan testimonio de las divisiones y los celos que separaban a los cristianos. Incluso en la primera congregación judeocristiana de Jerusalén había desavenencias entre los creyentes de idioma arameo y de idioma griego (Hch 6:1). En las epístolas de Pablo, las tensas relaciones entre cristianos judíos y cristianos gentiles es un tema recurrente (por ejemplo, en Gl 2:11-14; en Ro 3:1-2, 21-30; y en 1 Co 1:22-24 se utilizan los términos “judíos” y “griegos”). Los evangelios dan cuenta de historias en las que Jesús se relaciona con no judíos, y entre esos gentiles cabe mencionar los sabios del Oriente (Mt 2:1-2), la mujer sirofenicia (Mc 7:24-30//Mt 15:21-28), el “buen samaritano” (Lc 10:29-37), la mujer samaritana en el pozo (Jn 4:1-42) y al menos dos centuriones romanos (Mt 8:5-13; Mc 15:39 y pasajes paralelos). Uno de los objetivos de esos pasajes es demostrar que la buena nueva de Cristo no se limita a la oveja perdida de la casa de Israel sino que se dirige a todos.
Los autores del Nuevo Testamento han señalado reiteradamente que las divisiones entre judíos y gentiles son incompatibles con el Reino de Dios que anunció Jesús.  La carta que se dirigía tradicionalmente a la iglesia de Éfeso transmite ese mensaje en términos de derribar las vallas. Donde antes había una pared intermedia de separación entre uno y otro grupo, una barrera formada por la “enemistad” que cada bando albergaba contra el otro (Ef 2:14), Jesucristo intervino por medio de la cruz para “crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz” (2:15).  
Pheme Perkins, examina el papel de la cruz en Efesios 2:16 en un artículo publicado en The New Interpreter’s Bible,[1]:
La cruz logró lo que ningún ser humano podría lograr: la reconciliación de una humanidad pecadora con Dios… Al morir en la cruz, Dios derriba la pared que separa a la humanidad de Dios. Los seres humanos están demasiado presos de los efectos mortíferos del pecado para poder volver a Dios por sus propios medios – o incluso para percibir la pared que mantiene a Dios alejado. ¿Por qué es importante la cruz para los cristianos en el día de hoy? La gente aún necesita convencerse del amor incondicional de Dios para con ellos.
En inglés, la cruz se entiende en términos de la doctrina cristiana de la “expiación” [atonement en inglés]. La palabra atone [en inglés, que significa expiar en español] está formada de dos palabras “at one” [en español: en uno], o sea que la cruz se considera como la acción de Dios en Cristo que permite superar las divisiones pasadas y lograr la posibilidad de reconciliación.[2]
La visión de Efesios es la de una congregación, una comunidad local de creyentes redimidos por la cruz de Jesucristo que viven como ciudadanos del reino de Dios. En esa comunidad, cada miembro tiene “entrada por un mismo Espíritu al Padre” (2:18). Personas de diferente origen – que eran “extranjeros y forasteros” respecto de los otros.- alcanzarán al final unidad como “conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (2:19).
Paredes intermedias de enemistad
En el mundo antiguo, las ciudades estaban rodeadas de muros. Elevadas vallas de piedra eran el reconocimiento de la enemistad entre los pueblos. Y existía un sentimiento general de seguridad por el hecho de estar protegidos por los muros; en el lado opuesto, el hecho de quedar fuera de la ciudad indicaba estar excluido de la comunidad.
Actualmente encontramos muros, en sentido literal y figurado, en el mundo que nos rodea.
Un “muro de separación” estropea el paisaje entre Palestina e Israel. Una zona desmilitarizada divide la península de Corea. Altas vallas defienden las fronteras entre algunos países, y se han instalado campamentos en las inmediaciones para la detención de los posibles migrantes. Bagdad con su “zona verde”, Famagusta en la parte septentrional de Chipre y Belfast en Irlanda del Norte son algunas de las ciudades de nuestro mundo delimitadas por muros antideflagración y alambradas, manteniendo protegido a un grupo de habitantes de la posible y fácil interacción con grupos vecinos.
En muchas otras ciudades y poblados se erigen vallas entre ricos y pobres, entre los nativos del lugar y los inmigrantes, entre las personas de diversas etnias, entre los ciudadanos que pertenecen a una religión y los creyentes de otras tradiciones religiosas. Y aunque esas fronteras no estén patrulladas por guardias armados, la materia prima generalmente utilizada en su construcción es la enemistad mutua.
A pesar de los múltiples muros que aún permanecen, la historia reciente nos da al menos un ejemplo memorable de la posibilidad real de instaurar la paz: la brecha que se abrió en el muro de Berlín en noviembre de 1989 y su posterior desmantelamiento. También han caído muros metafóricos en acontecimientos como la derrota del gobierno minoritario de Sudáfrica y la histórica presidencia de Nelson Mandela.
La unidad de los cristianos en un mundo dividido
En la epístola a los Efesios se habla directamente acerca de la curación de las divisiones entre los cristianos. Su enseñanza promueve la igualdad en la iglesia exhortando a sus miembros a “mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:3).
En los casi dos milenios desde que se escribió el Nuevo Testamento, se han producido muchas divisiones entre los cristianos. Aparte de las disputas teológicas, los cismas y los denominacionalismos han sacado provecho a menudo de las diferencias entre las etnias, las razas, las nacionalidades, la geografía. ¿Tienen algo que decirnos las rivalidades étnicas que figuran en Efesios y en otros textos del primer siglo respecto de los casos de discordia que se produjeron posteriormente entre los cristianos?
Y ¿cuál es la responsabilidad de los cristianos respecto de la desunión en todo el mundo?
El arzobispo Desmond Tutu exhortó a la unidad de los cristianos en la lucha de Sudáfrica contra la dominación política de una raza. Y dijo aquella famosa frase de que el apartheid "es demasiado fuerte para una iglesia dividida"[3], y, como dirigente del Consejo de Iglesias de Sudáfrica inspiró la resistencia ecuménica contra la minoría que gobernaba su país. En unidad, el cristianismo encontró recursos espirituales para inducir el cambio y establecer la justicia y la paz en el mundo. El autor de la carta a los Efesios también considera que la unidad en Cristo lleva a los creyentes a ejercer su ministerio fuera de los límites de la propia comunidad. De hecho, el objetivo de la unidad de la iglesia se concibe y se presenta en términos universales literalmente hablando:
A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las insondables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales. [Ef 3:8-10]
Los miembros de la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra están llamados a la unidad como una etapa en su peregrinación hacia el mundo. Es el momento en el que aplican lo que han aprendido “como miembros de la casa de Dios” (oikeioi) en todo el mundo habitado (oikoumene).
Ralph P. Martin hizo la siguiente observación[4] sobre el pasaje que estamos examinando:
Ningún pasaje del Nuevo Testamento es más pertinente… El mundo que conocemos y que habitamos está caído, dividido, bajo sospecha y existen múltiples posibilidades y amenazas de autodestrucción. La enseñanza del apóstol ofrece la esperanza y la perspectiva de una sociedad reconciliada, unificada y fraterna, cuyo microcosmos se percibe en la familia reconciliada, mundial y transnacional de la iglesia.
Se ha dicho que la iglesia sirve como “una demostración provisional del designo de Dios para todo el mundo”. La unidad de los cristianos es esencial para que la iglesia pueda dar testimonio de la posibilidad de “una nueva humanidad” (2:15) que se extienda a todo el mundo, que tenga entrada “por un mismo Espíritu” a Dios (2:18). Habiendo vivido la experiencia del derribo de los muros en la iglesia, los cristianos serán capaces de aportar un “testimonio de paz convincente” a los dirigentes, las autoridades y a todo aquel que desee superar la violencia y dejar atrás la enemistad.  Los cristianos que deseen dar testimonio de la “paz en la tierra” necesitan ante todo instaurar la paz en sus propias iglesias.
Derribar y construir
En Efesios 2:11-22 se nos presenta la imagen de Cristo como de quien “derriba la pared” de enemistad que separa a pueblos y naciones (2:14), aunque es también la principal piedra del ángulo de un nuevo edificio, en el que toda la comunidad es edificada juntamente “para morada de Dios” (2:19-22).
Actividades de grupo basadas en Efesios 2
Utilizando imágenes de publicaciones impresas o de Internet, hagan un collage en el que se representen “las paredes intermedias de enemistad” en nuestro mundo actual – o las divisiones que se hayan superado.
¿Existe un grupo en su iglesia o en otra iglesia que ustedes conozcan al que se considere como “los otros”? Describan ejemplos de divisiones en las iglesias o en la iglesia en general, y formas mediante las cuales se trata de hacer frente a los recelos y de superar las divisiones entre los cristianos.
Basándose en el propio contexto, ¿de qué forma los creyentes pueden “edificar el futuro”, es decir contribuir a la paz entre pueblos y grupos étnicos distanciados?
En la búsqueda de la paz entre las naciones de la tierra, ¿qué responsabilidad deben asumir, a su entender, las iglesias y las instituciones relacionadas con las iglesias en las campañas de presión, la diplomacia internacional y las actividades en favor de la paz?
Recordando la advertencia de Desmond Tutu de que el apartheid “es demasiado fuerte para una iglesia dividida”, examinen cuáles son las prioridades de las iglesias: ¿hasta qué punto debemos centrarnos en la reconciliación con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y hasta qué punto debemos centrar nuestro tiempo y energías en trabajar por la paz y la justicia en todo el mundo?
Examinen la historia, las actitudes actuales, los malentendidos y los temores que contribuyen a la enemistad entre las diferentes comunidades religiosas. ¿Desempeña la religión un papel importante en los enfrentamientos actuales entre las naciones? Presenten ejemplos al respecto.
Mediten sobre la cruz. Consideren la dinámica de la “expiación” – entre Dios y la humanidad, entre las personas, entre un grupo y otro, entre las naciones.
¿Cuáles son los enfrentamientos en la iglesia y en el mundo que más les preocupan?
¿De qué manera los cristianos pueden “derribar” los muros de enemistad que separan a las personas y a las naciones?
¡Cristo es nuestra paz!” ¿Qué significa esta afirmación para ustedes?

Bible study by Theodore A. Gill.

[1] P. Perkins, ‘The Letter to the Ephesians’, NIB vol.11 (Nashville: Abingdon, 2000), 405.
[2] Véase 2 Corintios 5:19-21. La expiación permite a la comunidad ser una ( “at one”) (Ef. 4:4-5).
[3] Michael Kinnamon y Brian Cope, eds., The Ecumenical Movement: An Anthology of Key Texts and Voices (Geneva/Grand Rapids: WCC Publications/Wm. B. Eerdmans, 1997), 241.
[4] R.P. Martin, Ephesians, Colossians and Philemon in the Interpretation commentary series (Atlanta: John Knox, 1991), 32.

miércoles, 27 de marzo de 2013

En camino hacia la Unidad

En camino, hacia la unidad plena y visible de la Iglesia
Y vio Dios que era buena la creación; y muy buena, la comunicación de vida al hombre y a la mujer para vivir en comunidad de amor: A imagen de Dios los creó. Mas, al contemplar la recreación realizada en Cristo Jesús, se admiró Dios Padre del amor sin límites de Jesús, su Hijo bien amado, y lo glorificó; de la intimidad trinitaria y de su gloria, nosotros somos partícipes por el don que en oración, al final de la última Cena, Jesús suplicó al Padre:
Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado (Jn 17, 21).
Este don de la unidad comunicado a la Iglesia se hace tarea de todos los cristianos, compromiso eclesial en colaboración con el Espíritu hacia la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo, y constituye el fin prioritario y último del movimiento ecuménico. Si por la regeneración bautismal y la acción del Espíritu Santo ya somos partícipes de la Comunión-comunidad trinitaria, todavía estamos en camino hacia la plenitud de la unidad en la misma dinámica escatológica del Reinado de Dios.
El Directorio General para la Catequesis [1997], que concreta en este campo pastoral los principios ecuménicos del decreto conciliar Unitatis Redintegratio [1964] y del Directorio Ecuménico [1993], dice:
“Toda comunidad cristiana, por el hecho de serlo, es movida por el Espíritu Santo a reconocer su vocación ecuménica en la situación concreta en que se encuentra, participando en el diálogo ecuménico y en las iniciativas destinadas a realizar la unidad de los cristianos” (197).
Sin embargo, qué poco se tiene en cuenta la dimensión ecuménica y se lleva a la práctica en nuestra pastoral y en la catequesis; la Iglesia en sus funciones y acciones, y en concreto la catequesis – afirma el Directorio para la Catequesis – “está llamada a asumir siempre y en todas partes” dicha dimensión (cf. 197). No se puede obviar la vivencia de la unidad, porque la unidad de la Iglesia es inseparable de la misión y de la evangelización; las divisiones en la Iglesia de Cristo afectan a la credibilidad del Anuncio.
Los retos del relativismo, el secularismo, la ausencia de Dios en las sociedades más desarrolladas de occidente, el vacío espiritual, el individualismo religioso, la necesidad de una transformación profunda del mundo interrogan a la Iglesia, motivan una Nueva Evangelización y demandan, con más urgencia hoy, una respuesta de todos los cristianos unidos en el testimonio y en la acción.
El papa Benedicto XVI en su homilía de las Vísperas solemnes del 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo y último día de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, cuyo lema fue Qué exige el Señor de nosotros, insistía en estas urgencias:
“La comunión plena y visible entre los cristianos ha de entenderse, de hecho, como una característica fundamental para un testimonio más claro. Mientras estamos en camino hacia la plena unidad, es necesario entonces proseguir la cooperación práctica entre los discípulos de Cristo en favor de la transmisión de la fe al mundo contemporáneo”.
Dos sensaciones contrapuestas brotan en nuestro ser: Contemplo con mirada universal el quehacer de personas, instituciones e Iglesias que promueven iniciativas en favor de la unidad y nos invade el gozo de la intervención del Espíritu que constantemente reaviva el movimiento ecuménico; analizo la realidad próxima eclesial, y percibo la débil inquietud y el compromiso ecuménicos que existe en nosotros.
Sin embargo, pese al tenue trabajo ecuménico que hacemos en nuestras Bases – oración, conversión, diálogo fraterno, estudio y catequesis: reflexión-acción –, porque sembrar es nuestra responsabilidad, es fecundado por el Espíritu Santo y, en íntima colaboración,  roturamos caminos que llevan a la unidad:
“En nuestra búsqueda de la unidad en la verdad y en el amor, entonces, nunca debemos perder de vista la percepción de que la unidad de los cristianos es obra y don del Espíritu Santo, y va mucho más allá de nuestros propios esfuerzos” (Benedicto XVI, id.; cf. Decr. UR, 8).

Benito González Raposo

sábado, 1 de diciembre de 2012

DECRETO OPTATAM TOTIUS

DECRETO
OPTATAM TOTIUSSOBRE LA FORMACIÓN SACERDOTAL


PROEMIO

 Conociendo muy bien el Santo Concilio que la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado por el espíritu de Cristo, proclama la grandísima importancia de la formación sacerdotal y declara algunos principios fundamentales de la misma, con los que se confirmen las leyes ya experimentadas durante siglos, a la vez que se introduzcan en ellas las innovaciones que responden a las Constituciones y Decretos de este Santo Concilio, y a las renovadas circunstancias de los tiempos. Esta formación sacerdotal es necesaria por razón de la misma unidad del sacerdocio, para todos los sacerdotes de ambos cleros y de cualquier rito; por tanto, estas prescripciones, que van dirigidas directamente al clero diocesano, hay que acomodarlas a todos con las mutaciones necesarias.

I. En cada nación hay que establecer unas normas de formación sacerdotal.
1. No pudiéndose dar más que leyes generales para tanta diversidad de gentes y de regiones, en cada nación o rito establézcanse “unas normas peculiares de formación sacerdotal” que han de ser promulgadas por las Conferencias Episcopales, y revisadas en tiempos determinados, y aprobadas por la Sede Apostólica; en virtud de dichas normas, se acomodarán las leyes universales a las circunstancias especiales de lugar y de tiempo, de manera que la formación sacerdotal responda siempre a las necesidades pastorales de las regiones en que ha de ejercitarse el ministerio.

II. Fomento más intenso de las vocaciones sacerdotales.
2. El deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana; ayudan a esto, sobre todo, las familias, que, llenas de espíritu de fe, de caridad y de piedad, son como el primer seminario, y las parroquias de cuya vida fecunda participan los mismos adolescentes. Los maestros y todos los que de algún modo se consagran a la educación de los niños y de los jóvenes, y, sobre todo, las asociaciones católicas, procuren cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina. Muestren todos los sacerdotes un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraigan el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio con su vida humilde, laboriosa, amable y con la mutua caridad sacerdotal y la unión fraterna en el trabajo.

Es deber de los Obispos el impulsar a su grey a fomentar las vocaciones y procurar la estrecha unión de todos los esfuerzos y trabajos, y de ayudar, como padres, sin escatimar sacrificio alguno, a los que vean llamados a la parcela del Señor. Este anhelo eficaz de todo el Pueblo de Dios para ayudar a las vocaciones, responde a la obra de la Divina Providencia, que concede las dotes necesarias a los elegidos por Dios a participar en el sacerdocio jerárquico de Cristo, y los ayuda con su gracia, mientras confía a los legítimos ministros de la Iglesia el que, una vez reconocida su idoneidad, llamen a los candidatos que solicitan tan gran dignidad con intención recta y libertad plena, y, una vez bien conocidos, los consagren con el sello del Espíritu Santo para el culto de Dios y el servicio de la Iglesia.
El Santo Concilio recomienda, ante todo, los medios tradicionales de la cooperación común, como son la oración instante, la penitencia cristiana y una más profunda y progresiva formación de los fieles que hay que procurar, ya sea por la predicación y la catequesis, ya sea por los diversos medios de comunicación social, en dicha formación ha de exponerse la necesidad, naturaleza y excelencia de la vocación sacerdotal. Dispone además que la obra de las vocaciones, ya establecida o por establecer en el ámbito de cada diócesis, región o nación, según los documentos pontificios referente a esta materia, organice, metódica y coherentemente, y promueva con celo y discreción toda la acción pastoral para el fomento de las vocaciones, sirviéndose de todos los medios útiles que ofrecen las ciencias psicológicas y sociológicas.
Es necesario que la obra de fomento de las vocaciones trascienda generosamente los límites de las diócesis y de las naciones, de las familias religiosas y de los ritos, y, considerando las necesidades de la Iglesia universal, ayude, sobre todo, a aquellas regiones en que los operarios son llamados con más urgencia a la viña del Señor.

3. En los Seminarios Menores, erigidos para cultivar los gérmenes de la vocación, los alumnos se han de preparar por una formación religiosa peculiar, sobre todo por una dirección espiritual conveniente, para seguir a Cristo Redentor con generosidad de alma y pureza de corazón. Su género de vida bajo la dirección paternal de los superiores con la oportuna cooperación de los padres, sea la que conviene a la edad, espíritu y evolución de los adolescentes y conforme en su totalidad a las normas de la sana psicología, sin olvidar la adecuada experiencia segura de las cosas humanas y la relación con la propia familia. Hay que acomodar también al Seminario Menor todo lo que a continuación se establece sobre los Seminarios Mayores, en cuanto convenga a su fin y a su condición. Conviene que los estudios se organicen de modo que puedan continuarlos sin perjuicio en otras partes, si cambian de género de vida.

Con atención semejante han de fomentarse los gérmenes de la vocación de los adolescentes y de los jóvenes en los Institutos especiales que, según las condiciones del lugar, sirven también para los fines de los Seminarios Menores, lo mismo que los de aquellos que se educan en otras escuelas y de más centros de educación. Promuévanse cuidadosamente Institutos y otros centros para los que siguen la vocación divina en edad avanzada.

III. Organización de los Seminarios Mayores
4. Los Seminarios Mayores son necesarios para la formación sacerdotal. Toda la educación de los alumnos en ellos debe tender a que se formen verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, prepárense, por consiguiente, para el ministerio de la palabra: que entiendan cada vez mejor la palabra revelada de Dios, que la posean con la meditación y la expresen en su lenguaje y sus costumbres; para el ministerio del culto y de la santificación: que, orando y celebrando las funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del Sacrificio Eucarístico y los sacramentos; para el ministerio pastoral: que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que, “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos” (Mc., 10,45; Cf. Jn., 13,12-17), y que, hechos siervos de todos, ganen a muchos (Cf. 1 Cor., 9,19). Por lo cual, todos los aspectos de la formación, el espiritual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjuntamente a esta acción pastoral, y para conseguirla han de esforzarse diligentes y concordemente todos los superiores y profesores, obedeciendo fielmente a la autoridad del Obispo.
5. Puesto que la formación de los alumnos depende ciertamente de las sabias disposiciones, pero, sobre todo, de los educadores idóneos, los superiores y profesores de los Seminarios han de elegirse de entre los mejores, y han de prepararse diligentemente con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una formación espiritual y pedagógica singular. Conviene, pues, que se promuevan Institutos para conseguir este fin o, por lo menos, hay que celebrar cursos oportunos y asambleas de superiores de seminarios en tiempos preestablecidos.
Adviertan bien los superiores y profesores que de su modo de pensar y de su manera obrar depende en gran medida el resultado de la formación de los alumnos; establezcan bajo la guía del rector una unión estrechísima de pensamiento y de acción, y formen con los alumnos tal familiar compenetración que responda a la oración del Señor “que sean uno”, e inspire a los alumnos el gozo de sentirse llamados. El Obispo, por su parte, aliente con especial predilección a los que trabajan en el Seminario, y con los alumnos muéstrese verdadero padre en Cristo. Finalmente, que todos los sacerdotes consideren el Seminario como el corazón de las diócesis y le presten gustosa ayuda.

6. Investíguese con mucho cuidado, según la edad y progreso en la formación de cada uno, acerca de la rectitud de intención y libertad de los candidatos, la idoneidad espiritual, moral e intelectual, la conveniente salud física y psíquica, teniendo también en cuanta las condiciones hereditarias. Considérese, además, la capacidad de los alumnos para cumplir las cargas sacerdotales y para ejercer los deberes pastorales.
En todo lo referente a la selección y prueba necesaria de los alumnos, procédase siempre con firmeza de ánimo, aunque haya que lamentarse de la escasez de sacerdotes, porque Dios no permitirá que su Iglesia de ministros, si son promovidos los dignos, y los no idóneos orientados a tiempo y paternalmente a otras ocupaciones; ayúdese a éstos para que, conocedores de su vocación cristiana, se dediquen generosamente al apostolado seglar.

7. Donde cada diócesis no pueda establecer convenientemente su Seminario, eríjanse y foméntense los Seminarios comunes para varias diócesis, o para toda la región o nación, para atender mejor a la sólida formación de los alumnos, que en esto ha de considerarse como ley suprema. Estos Seminarios, si son regionales o nacionales, gobiérnense según estatutos establecidos por los Obispos interesados y aprobados por Sede Apostólica.
En los Seminarios donde haya muchos alumnos, salva la unidad de régimen y de formación científica, distribúyanse los alumnos convenientemente en secciones menores para atender mejor a la formación personal de cada uno.

IV. El cultivo intenso de la formación espiritual.
8. La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con la doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre todo, del director espiritual; ha de darse de forma que los alumnos aprendan a vivir en continua comunicación con el Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Puesto que han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo Sacerdote, acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo consorcio de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan unificar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación fiel de la palabra de Dios, en la íntima comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que los envía y en los hombres a los que son enviados, especialmente en los pobres, en los niños y en los enfermos, en los pecadores y en los incrédulos. Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo.
Cuídense diligentemente los ejercicios de piedad recomendados por santa costumbre de la Iglesia; pero hay que procurar que la formación espiritual no se ponga sólo en ellos, ni cultive solamente el afecto religioso. Aprendan más bien los alumnos a vivir según el modelo del Evangelio, a fundamentarse en la fe, en la esperanza y en la caridad, para adquirir mediante su práctica el espíritu de oración, robustecer y defender su vocación, obtener la solidez de las demás virtudes y crecer en el celo de ganar a todos los hombres para Cristo.

9. Imbúyanse los alumnos del misterio de la Iglesia, expuesto principalmente por este sagrado Concilio, de suerte que, unidos con caridad humilde y filial al Vicario de Cristo, y, una vez ordenados sacerdotes, adheridos al propio Obispo como fieles cooperadores, y trabajando en unión con los hermanos, den testimonio de aquella unidad, por la cual los hombres son atraídos a Cristo. Acostúmbrense a participar con corazón amplio en la vida de toda la Iglesia, según las palabras de San Agustín : “En las medida que cada uno ama a la Iglesia de Cristo, posee al Espíritu Santo”. Entiendan los alumnos con toda claridad que no están destinados al mando ni a los honores, sino que se entregan totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral. Edúquense especialmente en la obediencia sacerdotal en el ambiente de una vida pobre y en la abnegación propia, de forma que se acostumbren a renunciar ágilmente a lo que es lícito, pero inconveniente, y asemejarse a Cristo crucificado.
Expónganse a los alumnos las cargas que han de aceptar, sin ocultarles la más mínima dificultad de la vida sacerdotal; pero no se fijen únicamente en el aspecto peligroso de su futuro apostolado, sino que han de formarse para una vida espiritual que hay que robustecer al máximo por la misma acción pastoral.

10. Los alumnos que, según las leyes santas y firmes de su propio rito, siguen la venerable tradición del celibato sacerdotal, han de ser educados cuidadosamente para este estado, en que, renunciando a la sociedad conyugal por el reino de los cielos, se unen al Señor con amor indiviso y, muy de acuerdo con el Nuevo Testamento, dan testimonio de la resurrección en el siglo futuro, y consiguen de este modo una ayuda aptísima para ejercitar constantemente la perfecta caridad, con la que pueden hacerse todo para todos en el ministerio sacerdotal. Sientan íntimamente con cuanta gratitud han de abrazar ese estado no sólo como precepto de la ley eclesiástica, sino como un don precioso de Dios que han de alcanzar humildemente, al que han de esforzarse en corresponder libre y generosamente con el estímulo y la ayuda de la gracia del Espíritu Santo.

Los alumnos han de conocer debidamente las obligaciones y la dignidad del matrimonio cristiano que simboliza el amor entre Cristo y la Iglesia; convénzanse, sin embargo, de la mayor excelencia de la virginidad consagrada a Cristo, de forma que se entreguen generosamente al Señor, después de una elección seriamente premeditada y con entrega total de cuerpo y alma.

Hay que avisarles de los peligros que acechan su castidad, sobre todo en la sociedad de estos tiempos; ayudados con oportunos auxilios divinos y humanos, aprendan a integrar la renuncia del matrimonio de tal forma que su vida y su trabajo no sólo no reciba menoscabo del celibato, sino más bien ellos consigan un dominio más profundo del alma y del cuerpo y una madurez más completa y capten mejor la felicidad del Evangelio.
11. Obsérvense exactamente las normas de la educación cristiana, y complétense convenientemente con los últimos hallazgos de la sana psicología y de la pedagogía. por medio de una educación sabiamente ordenada hay que cultivar también en los alumnos la necesaria madurez humana, la cual se comprueba, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres. Esfuércense los alumnos en moderar bien su propio temperamento; edúquense en la reciedumbre de alma y aprendan a apreciar, en general, las virtudes que más se estiman entre los hombres y que hacen recomendables al ministro de Cristo, como son la sinceridad de alma, la preocupación constante por la justicia, la fidelidad en las promesas, la urbanidad en el obrar, la modestia unida a la caridad en el hablar.

Hay que apreciar la disciplina del Seminario no sólo como defensa eficaz de la vida común y de la caridad, sino como elemento necesario de toda la formación para adquirir el dominio de sí mismo, para procurar la sólida madurez de la persona y formar las demás disposiciones del alma que ayudan decididamente a la labor ordenada y fructuosa de la Iglesia. Obsérvese, sin embargo, la disciplina de modo que se convierta en aptitud interna de los alumnos, en virtud de la cual se acepta la autoridad de los superiores por convicción interna o en conciencia, y por motivos sobrenaturales. Aplíquense, no obstante, las normas de la disciplina según la edad de los alumnos, de forma que mientras aprenden poco a poco a gobernarse a sí mismos se acostumbren a usar prudentemente de la libertad, a obrar según la propia iniciativa y responsabilidad y a colaborar con los hermanos y los seglares. Toda la vida de Seminario, impregnada de afán de piedad y de gusto del silencio y de preocupación por la mutua ayuda, ha de ordenarse de modo que constituya una iniciación en la vida que luego ha de llevar el sacerdote.

12. A fin de que la formación espiritual se fundamente en razones verdaderamente sólidas, y los alumnos abracen su vocación con elección madura y deliberada, podrán los Obispos establecer un intervalo conveniente de tiempo para una formación espiritual más intensa. A su juicio queda también ver la oportunidad de determinar cierta interrupción en los estudios o disponer un conveniente ensayo pastoral para atender mejor a la aprobación de los candidatos al sacerdocio. También se deja a la decisión de los Obispos, según las condiciones de cada región, poder retrasar la edad exigida al presente por el derecho común para las órdenes sagradas, y resolver sobre la oportunidad de establecer que los alumnos, una vez terminado el curso teológico, ejerciten por un tiempo conveniente el orden del diaconado, antes de ordenarse sacerdotes.

V. Revisión de los estudios eclesiásticos.

13. Antes de que los seminaristas emprendan los estudios propiamente eclesiásticos, deben poseer una formación humanística y científica semejante a la que necesitan los jóvenes de su nación para iniciar los estudios superiores, y deben, además adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las fuentes de muchas ciencias y los documentos de la Iglesia. Téngase como obligatorio en cada rito el estudio de la lengua litúrgica y foméntese, cuanto más mejor, el conocimiento oportuno de las lenguas de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
14. En la revisión de los estudios eclesiásticos hay que atender, sobre todo, a coordinar adecuadamente las disciplinas filosóficas y teológicas, y que juntas tiendan a descubrir más y más en las mentes de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia del género humano, influye constantemente en la Iglesia y actúa, sobre todo, mediante el ministerio sacerdotal.

Para comunicar esta visión a los alumnos desde los umbrales de su formación, los estudios eclesiásticos han de incoarse con un curso de introducción, prorrogable por el tiempo que sea necesario. En esta iniciación de los estudios propóngase el misterio de la salvación, de forma que los alumnos se percaten del sentido y del orden de los estudios eclesiásticos, y de su fin pastoral, y se vean ayudados, al mismo tiempo, a fundamentar y penetrar toda su vida de fe, y se confirmen en abrazar la vocación con entrega personal y alegría del alma.

15. Las disciplina filosóficas hay que enseñarlas de suerte que los alumnos se vean como llevados de la mano ante todo a un conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios apoyados en el patrimonio filosófico siempre válido, teniendo también en cuenta las investigaciones filosóficas de los tiempos modernos sobre todo las que influyen más en la propia nación, y del progreso más reciente de las ciencias, de forma que los alumnos, bien conocida la índole de la época presente, se preparen oportunamente para el diálogo con los hombres de su tiempo.

La historia de la filosofía enséñese de modo que los alumnos, al mismo tiempo que captan las últimos principios de los varios sistemas, retengan cuanto hay de probadamente verdadero en ellos y puedan descubrir las raíces de los errores y rebatirlos.

En el modo de enseñar infúndase en los alumnos el amor de investigar la verdad con todo rigor, de respetarla y demostrarla juntamente con la honrada aceptación de los límites del conocimiento humano. Atiéndase cuidadosamente a las relaciones entre la filosofía y los verdaderos problemas de la vida, y las cuestiones que preocupan a las almas de los alumnos, y ayúdeseles también a descubrir los nexos existentes entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación que, en la teología superior, se consideran a la luz de la fe.

16. Las disciplinas teológicas han de enseñarse a la luz de la fe y bajo la guía del magisterio de la Iglesia, de modo que los alumnos deduzcan cuidadosamente la doctrina católica de la Divina Revelación; penetren en ella profundamente, la conviertan en alimento de la propia vida espiritual, y puedan en su ministerio sacerdotal anunciarla, exponerla y defenderla.

Fórmense con diligencia especial los alumnos en el estudio de la Sagrada Escritura, que debe ser como el alma de toda la teología; una vez antepuesta una introducción conveniente, iníciense con cuidado en el método de la exégesis, estudien los temas más importantes de la Divina Revelación, y en la lectura diaria y en la meditación de las Sagradas Escrituras reciban su estímulo y su alimento.
Ordénese la teología dogmática de forma que, ante todo, se propongan los temas bíblicos; expóngase luego a los alumnos la contribución que los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente han aportado en la fiel transmisión y comprensión de cada una de las verdades de la Revelación, y la historia posterior del dogma, considerada incluso en relación con la historia general de la Iglesia; aprendan luego los alumnos a ilustrar los misterios de la salvación, cuanto más puedan, y comprenderlos más profundamente y observar sus mutuas relaciones por medio de la especulación, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás; aprendan también a reconocerlos presentes y operantes en las acciones litúrgicas y en toda la vida de la Iglesia; a buscar la solución de los problemas humanos bajo la luz de la Revelación; a aplicar las verdades eternas a la variable condición de las cosas humanas, y a comunicarlas en modo apropiado a los hombres de su tiempo.

Renuévense igualmente las demás disciplinas teológicas por un contacto más vivo con el misterio de Cristo y la historia de la salvación. Aplíquese un cuidado especial en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica, más nutrida de la doctrina de la Sagrada Escritura, explique la grandeza de la vocación de los fieles en Cristo, y la obligación que tienen de producir su fruto para la vida del mundo en la caridad. De igual manera, en la exposición del derecho canónico y en la enseñanza de la historia eclesiástica, atiéndase al misterio de la Iglesia, según la Constitución dogmática De Ecclesia, promulgada por este Sagrado Concilio. La sagrada Liturgia, que ha de considerarse como la fuente primera y necesaria del espíritu verdaderamente cristiano, enséñese según el espíritu de los artículos 15 y 16 de la Constitución sobre la sagrada liturgia.

Teniendo bien en cuenta las condiciones de cada región, condúzcase a los alumnos a un conocimiento completo de las Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la Sede Apostólica Romana, para que puedan contribuir a la restauración de la unidad entre todos los cristianos que ha de procurarse según las normas de este Sagrado Concilio.
Introdúzcase también a los alumnos en el conocimiento de las otras religiones más extendidas en cada región, para que puedan conocer mejor lo que por disposición de Dios, tienen de bueno y de verdadero para que aprendan a refutar los errores y puedan comunicar la luz plena de la verdad a los que carecen de ella.

17. Como la instrucción doctrinal no debe tender únicamente a la comunicación de ideas, sino a la formación verdadera e interior de los alumnos, han de revisarse los métodos didácticos, tanto por lo que se refieren a las explicaciones, coloquios y ejercicios, como en lo que mira a promover el estudio de los alumnos, en particular o en equipos. Procúrese diligentemente la unidad y la solidez de toda la formación, evitando el exceso de asignaturas y de clases y omitiendo los problemas carentes de interés o que pertenecen a estudios más elevados propios de la universidad.

18. Los Obispos han de procurar que los jóvenes aptos por su carácter, su virtud y su ingenio sean enviados a institutos especiales, facultades o universidades, para que se preparen sacerdotes, instruidos con estudios superiores, en las ciencias sagradas y en otras que juzgaran oportunas, a fin de que puedan satisfacer las diversas necesidades del apostolado; pero no se desatienda en modo alguno su formación espiritual y pastoral, sobre todo si aún no son sacerdotes.

VI. El fomento de la formación estrictamente pastoral.
19. La preocupación pastoral que debe informar enteramente la educación de los alumnos exige también que sean instruidos diligentemente en todo lo que se refiere de manera especial al sagrado ministerio, sobre todo en la catequesis y en la predicación, en el culto litúrgico y en la administración de los sacramentos, en las obras de caridad, en la obligación de atender a los que yerran o no creen, y en los demás deberes pastorales. Instrúyaseles cuidadosamente en el arte de dirigir las almas, a fin de que puedan conformar a todos los hijos de la Iglesia a una vida cristiana totalmente consciente y apostólica, y en el cumplimiento de los deberes de su estado; aprendan con igual cuidado a ayudar a los religiosos y religiosas para que perseveren en la gracia de su propia vocación y progresen según el espíritu de los diversos Institutos.
En general, cultívese en los alumnos las cualidades convenientes, sobre todo las que se refieren al diálogo con los hombres, como son la capacidad de escuchar a otros y de abrir el alma con espíritu de caridad ante las variadas circunstancias de las relaciones humanas.

20. Enséñeseles también a usar los medios que pueden ofrecer las ciencias pedagógicas, o psicológicas, o sociológicas, según los métodos rectos y las normas de la autoridad eclesiástica. Instrúyaseles también para suscitar y favorecer la acción apostólica de los seglares, y para promover las varias y más eficaces formas de apostolado, y llénense de un espíritu tan católico que se acostumbren a traspasar los límites de la propia diócesis o nación o rito y ayudar a las necesidades de toda la Iglesia, preparados para predicar el Evangelio en todas partes.

21. Y siendo necesario que los alumnos aprendan a ejercitar el arte del apostolado no sólo en la teoría, sino también en la práctica, que puedan trabajar con responsabilidad propia y en unión con otros, han de iniciarse en la práctica pastoral durante todo el curso y también en las vacaciones por medio de ejercicios oportunos; éstos deben realizarse metódicamente y bajo la dirección de varones expertos en asuntos pastorales, de acuerdo con la edad de los alumnos, y en conformidad con las condiciones de los lugares, de acuerdo con el prudente juicio de los Obispos, teniendo siempre presente la fuerza poderosa de los auxilios sobrenaturales.

VII. Perfeccionamiento de la formación después de los estudios.

22. La formación sacerdotal, sobre todo en las condiciones de la sociedad moderna, debe proseguir y completarse aun después de terminados los estudios en el seminario. Por ello,  las Conferencias episcopales podrán en cada nación servirse de los medios más aptos, como son los Institutos pastorales que cooperan con parroquias oportunamente elegidas, las Asambleas reunidas en tiempos determinados, los ejercicios apropiados, con cuyo auxilio el clero joven ha de introducirse gradualmente en la vida sacerdotal y en la vida apostólica bajo el aspecto espiritual, intelectual y pastoral, y renovarlas y fomentarlas cada vez más.

CONCLUSIÓN

Los Padres de este Sagrado Concilio, prosiguiendo la obra comenzada por el Concilio de Trento, mientras confían a los superiores y profesores de los Seminarios el deber de formar a los futuros sacerdotes de Cristo en el espíritu de renovación promovido por este Santo Concilio, exhortan ardientemente a los que se preparan para el ministerio sacerdotal que consideren cómo en ellos se deposita la esperanza de la Iglesia y la salvación de las almas, reciban, pues, amorosamente las normas de este Decreto, de forma que lleguen a producir frutos ubérrimos que permanezcan para siempre.
Todas y cada una de las cosas contenidas en este Decreto han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, 28 de octubre de 1965.

Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia católica.


FUENTE: WEB DEL VATICANO: http://www.vatican.va/  TEXTOS FUNDAMENTALES