miércoles, 3 de abril de 2013

Divinum illud munus


Divinum illud munus
Encíclica de León XIII sobre el Espíritu Santo
El 9 de mayo de 1897, el papa León XIII publicó una carta encíclica «sobre la presencia y virtud admirable del Espíritu Santo», titulada Divinum illud munus. Este documento pontificio nos da en una preciosa síntesis, tan exacta como autorizada, la sustancia misma de la doctrina de la Iglesia sobre el tema.
Introducción
1. Aquella divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.
Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos los hombres de toda nación y lengua para que vengan al seno de su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen pastor. Mas, según sus altísimos decretos, no quiso Él completar por sí solo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término. Es grato, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante los apóstoles: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré (Jn 16,7).
Y al decir así, dio como razón principal de su separación y de su vuelta al Padre el provecho que sus discípulos habían de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba cómo éste era igualmente enviado por Él y, por lo tanto, que de Él procedía como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro, concluiría la obra por Él comenzada durante su vida mortal. l.a perfección de su obra redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple virtud de este Espíritu, que en la creación adornó los cielos (Job 26,13) y llenó la tierra (Sab 1,7).
2. Y Nos, que constantemente hemos procurado, con auxilio de Cristo Salvador, príncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, imitar sus ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misión, encomendada a los apóstoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad también se transmite a un heredero menos digno (S. León Magno, Sermo 2 in anniv. ass. suae.). Guiados, pues, por esa intención, en todos los actos de nuestro pontificado a dos cosas principalmente hemos atendido y sin cesar atendemos.
Primero, a restaurar la vida cristiana así en la sociedad pública como en la familiar, tanto en los gobernantes como en los pueblos; porque sólo de Cristo puede derivarse la vida para todos.
Segundo, a fomentar la reconciliación con la Iglesia de los que, o en la fe o por la obediencia, están separados de ella; pues la verdadera voluntad del mismo Cristo es que haya sólo un rebaño bajo un solo Pastor.
Y ahora, cuando nos sentimos cerca ya del fin de nuestra mortal carrera, place consagrar toda nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu Santo, que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir mejor y más eficazmente nuestro deseo, en vísperas de la solemnidad de Pentecostés, queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo Espíritu; es decir, sobre la acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y celestiales carismas.
Resulte de ello, como es nuestro deseo ardiente, que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoción al divino Espíritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la verdad y de la justicia; pues, como señaló San Basilio toda la economia divina en torno al hombre si fue realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a cumplimiento por la gracia del Espíritu Santo (De Spiritu Sancto 16,39).
El misterio de la Trinidad
3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.
Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento. Para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; y para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado (Jn 1,18).
Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues -como dice Agustín- en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado (STh I, 31,2; De Trin.13). Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza. Y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión.
Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII [+1334] mandó celebrar en todas partes, permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, despues de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguia.
Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Angeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras. En las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común. Todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad o les acompaña su intercesión.
Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente (Rom 11,36), significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice «de Dios, por Dios, en Dios»; pues dice «de Dios», refiriéndose al Padre; «por Dios», a causa del Hijo; «en Dios», por relación al Espíritu Santo (De Trin. 6,10; 1,6).
Apropiaciones
5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia (S. Agustín, De Trin., 1,4 y 5), porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente (ib.); sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o -como dicen- «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación» (STh I, 39,7).
De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad (S. Agustín, De Trin. 4,20), es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: de Dios son todas las cosas; «de Dios», por relación al Padre.
El Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo.
Finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así Él, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.
[Cita aquí León XIII, a pie de página, un documento de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe (22-II-1972)]:
Cuando se abandona el misterio de la persona divina y eterna de Cristo, Hijo de Dios, se destruye también la verdad de la Santísima Trinidad, y, con ella, la verdad del Espíritu Santo, que, desde la eternidad, procede del Padre y del Hijo o, dicho con otras palabras, del Padre por medio del Hijo. Por esto, teniendo en cuenta recientes errores, hay que recordar algunas verdades de la fe en la Santísima Trinidad y particularmente en el Espíritu Santo.
La II carta a los Corintios termina con esta maravillosa fórmula: «la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros». Y en el mandato de bautizar, según el Evangelio de San Mateo, se nombran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como los «tres» que pertenecen al misterio de Dios y en cuyo nombre deben ser regenerados los nuevos fieles. Finalmente, en el Evangelio de San Juan, Jesús habla de la venida del Espíritu Santo: «Cuando después venga el Paráclito, que os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí».
Basándose, pues, en datos de la Divina Revelación, el magisterio de la Iglesia, al cual solamente está confiado «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida por la tradición», en el Credo constantinopolitano ha profesado su fe «en el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida..., y con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado».
Igualmente, el concilio Lateranense IV [1215] ha enseñado a creer y a profesar «que uno sólo es el verdadero Dios..., Padre e Hijo y Espíritu Santo: tres personas, una sola esencia... El Padre, que no procede de ninguno; el Hijo, quc procede solamente del Padre, y el Espíritu Santo, que procede de los dos juntos, siempre sin principio y sin fin».
El Espíritu Santo y Jesucristo
6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo, en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo, se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1,18.20).
Y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1Tim 3,16), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito (3,16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo.
El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre (Enchir. 30. +STh II, 32,1).
Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hch 10,38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu (S. Basilio, De Sp. S. 16). Él también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios (Heb 9,14).
Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede.En él están, en efecto, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4,1; 11,2.3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.
Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta anos, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo, entonces; es decir, en el bautismo no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo (De Trin. 15,26). Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.
[Cita de nuevo el Papa el documento ya aludido de la S. C. de la Fe]: Se aparta de la fe la opinión según la cual la Revelación nos dejaría inciertos sobre la eternidad de la Trinidad, y particularmente sobre la eterna existencia del Espíritu Santo como persona distinta en Dios, del Padre y del Hijo. Es verdad que el misterio de la Santísima Trinidad nos ha sido revelado en la economía de la salvación principalmente en Cristo, que ha sido enviado al mundo por el Padre y que, juntamente con el Padre, envía al pueblo de Dios el Espíritu vivificador. Pero con esta revelación ha sido dado a los oyentes también un cierto conocimiento de la vida íntima de Dios, en la cual «el Padre engendra, el Hijo es engendrado y el Espíritu Santo, que procede», son «de la misma naturaleza, iguales, omnipotentes y eternos».
El Espíritu Santo en
7. La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el solemnísimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel (2,28.29. Y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego sobre sus cabezas (S. Cirilo de Jerusalén, Catech. 17).
Y entonces los apóstoles descendieron del monte, como escribe el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés tablas de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente de verdades y de carismas (In Mat. hom.1; 2Cor 3,3). Así, ciertamente, es como se cumplía la última promesa de Cristo a sus apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación: Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad (Jn 16,12.13).
El Espíritu Santo, que es «espíritu de verdad» [Jn 16,13], pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos.
Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: Yo rogaré al Padre y El os mandará el Espíritu de verdad, que se quedará siempre con vosotros (Jn 14.16.17). Pues por Él son constituidos los obispos, que engendran no sólo hijos, sino también padres, esto es, sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: El Espíritu Santo ha puesto a los obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre (Hch 20,28).
Unos y otros, obispos y sacerdotes, por singular don del Espíritu, tienen poder de perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a los que se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22.23).
En las almas
8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que ella recibe del Espíritu Santo. Baste, por último, saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (S. Agustín, Serm. 187 de temp.). Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima, que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.
No menos admirablc, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.
Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva. Testimonio que glosó el mismo evangelista: Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir (Jn 7,38.39).
En el Antiguo
9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabitó el Espíritu Santo, según lo sabemos de los profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana; pues no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en su largueza (S. León Magno, Hom 3 de Pentec.).
También aquéllos eran hijos de Dios, mas aún permanecían en la condición de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras está bajo tutela (Gál 4,1.2). Además, la justicia en ellos no era sino por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación del Espíritu Santo hecha después de Cristo es mucho más copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura. Y por ello así lo afirmó Juan: Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado (7,39).
Inmediatamente que Cristo, ascendiendo a lo alto, hubo tomado posesión de su reino, conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu Santo (Ef 4,8): Y no es que antes no hubiese sido mandado el Espíritu Santo, sino que no había sido dado como lo fue después de la glorificación de Cristo (S. Agustín, De Trin. 1,4, c.20).
Y ello porque la naturaleza humana es esencialmente sierva de Dios: La criatura es sierva, nosotros somos siervos de Dios según la naturaleza (S. Cirilo de Alejandría, Thesau. 1,5, c.5). Más aún: por el primer pecado toda nuestra naturaleza cayó tan baja que se tornó enemiga de Dios: Eramos por la naturaleza hijos de la ira (Ef 2,3). No había fuerza capaz de levantarnos de caída tan grande y rescatarnos de la eterna ruina.
Pero Dios, que nos había creado, se movió a piedad, y por medio de su Unigénito restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante riqueza de dones. Ninguna lengua puede expresar ahora esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados, y así más aún. Ahora bien: todos estos beneficios tan grandes propiamente los debemos al Espíritu Santo.
Él es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: «Abba», «Padre»; Él inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor: Él da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8,15.16). Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación del Angélico, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo, puesto que, por obra del Espíritu Santo, Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios (STh III, 32,1). Y así, con mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la espiritual generación es fruto del Amor increado.
En los sacramentos
10. Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo haciéndola semejante a sí: Lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3,7).
Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que «se nos da el mismo Espíritu»: La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5). Y en verdad, no sólo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun Él mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es don del Dios altísimo.
Para mejor entender la naturaleza y efectos de este don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras, enseñaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y que está en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser (Sto. Tomás, STh I, 8,3). Mas en la criatura racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y amado, ya que según naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo. En efecto, Dios, por medio de su gracia, está en el alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a Dios, y está en él más de lo que pueda suceder entre los amigos más queridos, y goza de él con la más regalada dulzura.
En la inhabitación
11. Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios -vendremos a él y haremos mansión junto a él (Jn 14,23)-, se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo. Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como «nota» propia del Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.
Añádase que a este Espíritu se le da el apelativo de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos mueve y excita a la santidad, que en resumen no es sino el amor a Dios. Y así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos «del Padre» o «del Hijo», sino «del Espíritu Santo»: ¿Ignoráis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, pues le habéis recibido de Dios? (1Cor 6,19).
Y a la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás: El Espíritu Santo, al proceder como Amor, procede en razón de don primero, por esto dice Agustín que, por medio de este don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen a los miembros de Cristo (STh I, 38, 2; + S. Agustín, De Trin. 15,19). Entre estos dones se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él y la salvación eterna.
Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda razón en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el Angélico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del corazón, cuya virtud toda se halla oculta: El corazón tiene una cierta influencia oculta, y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une (II, 8,1).
En los siete dones y en los frutos
12. El hombre justo, que ya vive la vida de la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo. Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones. Es tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y es tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino celestial.
Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y anima a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol (Gál v.22) que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo, que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las criaturas todas (S. Agustín, De Trin. 5,9).
Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento, derrama la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia saca a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantos y tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a Él, llenos de amor y devoción.
Foméntese el conocimiento
13. Seguramente harán esto muy bien y perfectamente los hombres cristianos si cada día se empeñaren más en conocerle, amarle y suplicarle. A ese fin tiende esta exhortación dirigida a los mismos, tal como surge espontánea de nuestro paternal ánimo.
Acaso no falten en nuestros días algunos que, interrogados, como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo, acerca de «si habían recibido el Espíritu Santo», contestarían a su vez: nosotros ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo (Hch 19,2). Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es al menos muy escaso su conocimiento sobre Él. Tal vez con frecuencia tienen su nombre en los labios, pero su fe está llena de espesas tinieblas.
Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, eso sí, evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz.
Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza (Dt 6,5). Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor. Por otra parte, tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe. Este amor tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña.
Primeramente nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios (1Cor 2,10; I-II, 28, 2).
En segundo lugar, así será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y cuídese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos, porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra Él multiplicando incesantemente sus culpas.
No le entristezcamos
14. Añádase, además, que, pues el Espíritu Santo es espíritu de verdad si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará Espíritu de error para que crean a la mentira (2Tes 2,10): en los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios (1Tim 4,1).
Y por cuanto el Espíritu Santo, según antes hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado (Ef 4,30). Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del templo.
Por ello exclama el mismo Apóstol: Pero ¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo (1Cor 3,16-17). Amenaza tremenda, pero justísima.
Pidamos el Espíritu Santo
15. Por último, conviene rogar y pedir al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo. Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal. Por eso mismo recurramos a Él, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle perdón de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Espíritu Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu Santo como por don de Dios (STh III, 3,8 ad 3m), lo cual se proclama expresamente en la liturgia cuando al Espíritu Santo se le llama remisión de todos los pecados (In Miss. Rom. fer. 3 post Pent.).
Cuál sea la manera conveniente para invocarle, aprendámoslo de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en Él confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura.
No cabe pensar que estas plegarias no sean escuchadas por Aquel de quien leemos que ruega por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26). En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que Él es la prenda de nuestra heredad (Ef 1,14).
Novena del Espíritu Santo
16. Ved, venerables hermanos, nuestros avisos y exhortaciones sobre la devoción al Espíritu Santo, y no dudamos que por virtud principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir saludables frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jamás faltará nuestra obra en cosa de tan gran importancia. Más aún, tenemos la intención de fomentar ese tan hermoso sentimiento de piedad por aquellos modos que juzgaremos más convenientes a tal fin.
Entre tanto, puesto que Nos, hace ahora dos años, por medio del breve Provida Matris, recomendamos a los católicos para la solemnidad de Pentecostés algunas especiales oraciones a fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, nos place ahora añadir aquí algo más. Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.
Concedemos la indulgencia de siete años y otras tantas cuarentenas por cada día a todos los que asistieren a la novena y oraren según nuestra intención, además de la indulgencia plenaria en un día de la novena, o en la fiesta de Pentecostés y aún dentro de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren según nuestra intención.
Queremos igualmente también que gocen de tales beneficios todos aquellos que, legítimamente impedidos, no puedan asistir a dichos cultos públicos, y ello también en los lugares donde no pudieren celebrarse cómodamente, a juicio del Ordinario en el templo, con tal que privadamente hagan la novena y cumplan las demás obras y condiciones prescritas.
Y nos place añadir del tesoro de la Iglesia que puedan lucrar nuevamente una y otra indulgencia todos los que en privado o en público renueven, según su propia devoción, algunas oraciones al Espíritu Santo cada día de la octava de Pentecostés hasta la fiesta inclusive de la Santísima Trinidad, siempre que cumplan las demás condiciones arriba indicadas. Todas estas indulgencias son aplicables también aun a las benditas almas del Purgatorio.
El Espíritu Santo y la Virgen María
17. Y ahora nuestro pensamiento se vuelve adonde comenzó, a fin de lograr del divino Espíritu, con incesantes oraciones su cumplimiento. Unid, pues, venerables hermanos, a nuestras oraciones también las vuestras, así como las de todos los fieles, interponiendo la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen. Bien sabéis cuán íntimas e inefables relaciones existen entre ella y el Espíritu Santo, pues ella es su Esposa inmaculada. La Virgen cooperó con su oración muchísimo así al misterio de la Encarnación, como a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Que Ella continúe, pues, realzando con su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo, celebrados ya por el profeta David: Manda tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Sal 103,30).
Dado en Roma, junto a San Pedro el día 9 de mayo del año 1897, vigésimo de nuestro pontificado.

El Comité Central del CMI centra su atención en la paz y la justicia

 Por Theodore Gill*
La justicia y la paz constituyeron el marco para la planificación y evaluación de los programas en la reunión del Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) celebrada en Ginebra, del 16 al 22 de febrero de 2011.
El Comité Central se mostró esperanzado, en particular, con respecto a las próximas reuniones mundiales que centrarán su atención en una “paz justa”: la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz en Kingston, Jamaica, en mayo de este año, y la próxima Asamblea del CMI de Busan, Corea del Sur, en octubre de 2013.

La justicia, la paz y la unidad cristiana fueron los temas centrales de los discursos de apertura del secretario general del CMI y del moderador del Comité Central.
El Comité Central del CMI es un órgano rector que representa las 349 iglesias miembros y que se reúne más o menos cada dieciocho meses.

Elementos más destacables y orientaciones sobre el itinerario
Se aprobó para Busan un “tema” de la Asamblea en forma de oración: “Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz”.
Entre los elementos más destacables en la vida del Comité Central cabe señalar la oración en común y el estudio de la Biblia, los llamamientos para la renovación y la realización de esfuerzos creativos en la búsqueda de la unidad cristiana, la relación entre hombres y mujeres dentro de las estructuras eclesiales y declaraciones sobre cuestiones de actualidad, así como los detalles prácticos de la aprobación del presupuesto del CMI.

Una red de relaciones
En la meditación del día de apertura en la capilla, la Dra. Ofelia Ortega Suárez, presidenta del CMI para América Latina y el Caribe, dijo a su congregación: “Toda nuestra existencia es una red de relaciones, donde se hace necesaria la reciprocidad, la conexión y la interdependencia para el logro de la paz”.

Otro presidente del CMI, el Arzobispo Anastasios de Tirana y Durres, Primado Ortodoxo de Albania, reflexionó sobre el tema diciendo que “la paz no es algo que un ser humano pueda adquirir sólo por medio de sus propios poderes. Sigue siendo un don divino”. Y añadió, “es un don que, para ser dado, todas las personas deben desear recibirlo”.
Más tarde, en un debate sobre la “comunidad de mujeres y hombres”, se reconoció que el número de mujeres ha sido siempre muy inferior en los órganos rectores del CMI. La Profesora Dra. Magali do Nascimento Cunha de la Iglesia Metodista Brasileña subrayó que “hay que conseguir la plena participación de mujeres en cifras y también la mujer tiene que ser capaz de hablar, actuar, dirigir y ser respetada y escuchada como igual, y sus dones deben ser reconocidos y valorados”.
El Comité Central recomendó que sean mujeres el 50 por ciento de los representantes en la asamblea, pero ésta es una meta que no se ha alcanzado todavía desde 1981. Se sugirieron también porcentajes mínimos con respecto a delegados de la juventud, de los laicos y de los ortodoxos.

La Revda. Jennifer Leath de ECHOS, Comisión del CMI para la Juventud, observó que “hay en curso un baile delicado” porque se considera importante que el CMI hable con “autoridad”, pero los líderes de las iglesias cuyas voces son las más reconocidas tienden a ser de cierta edad y varones. El CMI, continuó, está tratando de encontrar los medios para “mantener una voz profética y plena de juventud”.

El Padre Gosbert Byamungu, observador de la Iglesia Católica Romana y comoderador del grupo de trabajo mixto con el CMI, subrayó que ha habido un progreso ecuménico a lo largo de los decenios. Cincuenta años después del Concilio Vaticano Segundo, afirmó, “la desconfianza y la animosidad” entre las diferentes tradiciones del cristianismo “han sido sustituidas por la confianza y la amistad”. Actualmente, se está progresando en las relaciones entre los organismos ecuménicos, las organizaciones evangélicas mundiales y las asociaciones pentecostales.

Consultas con líderes cristianos de Iraq

Importantes líderes de varias iglesias iraquíes, entre ellos un patriarca y cuatro arzobispos, celebraron en Ginebra un consulta durante la reunión del Comité Central. Dirigiéndose a los participantes en el Comité Central en una conferencia pública, el Arzobispo Mar Georgis Sliwa de la Santa Iglesia Católica Apostólica Asiria de Oriente señaló que las necesidades más urgentes en Iraq son “investigar las razones reales” de la violencia y trabajar “para potenciar la función del estado” de conseguir la seguridad para los iraquíes independientemente de su religión o etnicidad.

Declaraciones sobre cuestiones de actualidad
El Comité Central aprobó varias declaraciones, memorandos y resoluciones sobre Iraq y Oriente Medio, Libia, Colombia y Australia, y adoptó posiciones sobre los temas de la migración y el derecho humano al agua y saneamiento. Criticó duramente el veto de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que bloqueó la condena de la construcción de asentamientos en Palestina. El grupo celebró el 25º aniversario de los ministerios del CMI que ayudan a las iglesias de África a conseguir competencia en el tratamiento de la pandemia del VIH-SIDA; se reafirmó con entusiasmo esta labor.

Aprobación del presupuesto y solicitud de admisión como miembro
En medio de la fluctuación de los mercados monetarios, el Comité Central decidió aprobar un proyecto de presupuesto para 2011 con un ingreso total de 30,5 millones de francos suizos, un gasto total de 32,9 millones de francos y una reducción neta en los fondos y reservas de 2,4 millones de francos.

La Iglesia Evangélica Luterana de Jordania y Tierra Santa dio un paso hacia su admisión como miembro ya que el Comité Central aceptó su solicitud de adhesión a la comunidad del CMI. Mientras se consulta a otras iglesias miembros del CMI para asegurar un consenso con respecto a la solicitud, dicha iglesia participará en la vida del CMI en los ámbitos regional y mundial. Se adoptará una decisión definitiva sobre la admisión plena como miembro en la reunión del Comité Central de septiembre de 2012.
 (*) Rev. Theodore A. Gill, redactor jefe de publicaciones del CMI.

ID EN PAZ: ENVÍO A TODO EL MUNDO HABITADO

Introducción
Es importante tomar nota de la imprecisión de la referencia a las circunstancias históricas, del centro de interés en el profeta y del elemento del milagro de esta narrativa, dado que estos elementos son importantes para la interpretación.  
El contexto más amplio lo constituyen las guerras arameas, pero no se proporciona ninguna información precisa. No se menciona el nombre de ningún rey, ni de Aram ni de Israel. El autor no parece muy interesado en presentar la narración desde la perspectiva histórica; más bien, busca demostrar las habilidades sobrenaturales del varón de Dios, Eliseo.
Parece ser que a una antigua narración sobre Eliseo se añadieron los versículos 15b-17 en los que se destaca el tema de la poderosa divinidad que lucha del lado de Israel. El tipo específico de guerra parece ser el siguiente: con un grupo de soldados numéricamente pequeño, un rey enemigo ataca a otra nación robando y saqueando las aldeas y las ciudades sin que esas incursiones den la impresión de una guerra propiamente dicha. Esas acciones no están destinadas a vencer al enemigo sino a debilitarlo.
En este pasaje, al igual que en el capítulo 5, no se menciona el nombre del rey arameo, por lo que no es posible determinar la fecha precisa. Una referencia a “bandas armadas” de arameos en el texto hebreo del v. 23 puede sugerir incursiones y ataques en la frontera más bien que una guerra declarada, como se señala también en el v. 5:2 (bandas armadas se llevaron cautiva a una muchacha israelita). Las incursiones no eran emprendidas por un ejército de Aram sino por arameos seminómados libremente federados con Damasco. Su frecuencia y la impresión de que los arameos eran repelidos una y otra vez (v. 10) sugieren ataques de esa índole, más bien que una guerra en gran escala, la que ciertamente hubiera dejado su huella en las Sagradas Escrituras.
Ataques repentinos y emboscadas transfronterizos caracterizaron probablemente las relaciones de las dos naciones durante el siglo IX AC. A diferencia de lo que ocurre en las narraciones anteriores, en este caso el ministerio de Eliseo corresponde a la esfera de la política internacional en los tiempos de guerra entre Aram e Israel. Existe la sospecha de traición (v. 11). El rey de Siria es presentado como un rey que despliega un gran número de efectivos (v. 14).
Alcance de la narrativa
El punto de atracción de la descripción es la capacidad del varón de Dios de ver más allá de los sentidos, lo que permite a Eliseo alertar al rey de Israel. El rey de Aram se enfurece por esa acción del profeta de Israel. Pero su propio pueblo le ha dicho que el profeta posee poderes sobrenaturales. A pesar de ello, el rey de Siria da la orden de que lo hagan prisionero, y los comandos enviados son ellos mismos hechos prisioneros.
La ceguera temporal de los hombres enviados con ese objetivo contrasta con la visión del varón del Dios. Con sus poderes, el profeta consigue engañar al ejército que había sido enviado para capturarlo, entregándolo al rey israelita.  
Notas sobre el desarrollo del complot
Problema central – Las incursiones de los bandos armados arameos (véase también el comienzo de las historias de Naamán en 5:2). Como se explica en el capítulo 5, Eliseo ya es conocido en los círculos de la corte siria.   
vv. 8-10 – Introducción de los principales personajes: el rey de Siria (v. 8), Eliseo (v. 9), y el rey de Israel (v. 10). En el pasaje que sirve de introducción se explican los motivos de la acción del rey de Siria contra el profeta.
vv. 11-14 – El problema que complica el envío del ejército. Los asesores utilizan la lógica de argumentar de mayor a menor: si Eliseo conoce las palabras pronunciadas en su dormitorio, con mayor razón debe saber lo que ocurre en el consejo de guerra. “Id y ved” – la orden del rey tiene consecuencias paradójicas.
vv. 15-17 – El desarrollo del complot queda en suspenso en los vv. 15-17 que es una narración aparte que presagia lo que ha de venir. Cuando el criado vio que la victoria de Dios sobre los sirios era realmente inevitable, ya no tuvo miedo.   
Los caballos y carros de Siria ( véase salmo 69:17) rodean a Eliseo (vv. 15.16). El versículo 17 es un punto culminante proléptico que anuncia el verdadero apogeo del v. 20b en el que se repite “abre los ojos” “para que vean”.
vv. 18-20 – En estos versículos hay mucho sentido del humor e ironía dado que la narración pasa de la visión del criado a la ceguera del ejército que recupera nuevamente la vista. Las tropas sirias están literalmente deslumbradas. Eliseo es consciente de sus órdenes y les ofrece ayuda para encontrar al que buscan. Cumple su misión de “ir y ver” haciendo que vayan (tres veces) y que vean (dos veces).
vv. 21-23 – Consecuencias y reacciones: el perdón y el envío de regreso de los prisioneros. Eliseo está al frente, incluso en la ciudad real. El rey está ansioso por matar, pero Eliseo no lo está. Aquí no existen las prohibiciones de guerra santa como en 1 Reyes 20:31-42, y se mantienen las reglas de la guerra civilizada. Eliseo controla la política ofreciendo un banquete en lugar de ordenar la ejecución. Se resuelve así el problema central de los ataques en el v. 23.
Explicaciones
v. 8 – En tal y tal lugar. En hebreo se utiliza un pronombre indefinido. El narrador evita decir el nombre del lugar y lo logra utilizando abstracciones o generalizaciones de ciertos hechos específicos. El lector/el que escucha no necesita saber el lugar de la emboscada, más aún si se tiene en cuenta que hubo más de una incursión de esa índole.
v. 12 – Teniendo en cuenta que había prisioneros israelitas, como la criada de la esposa de Naamán y otras que quizás fueron concubinas del rey y de sus oficiales, debe haber habido revelaciones de secretos en las habitaciones íntimas, que si no eran las del rey, eran por lo menos las de quienes dirigían los ataques. Esta puede haber sido una fuente regular de información al enemigo durante las guerras.   
v. 15 -  Naar (el término utilizado para el criado /compañero de Eliseo) – podría ser un término tradicional procedente de la tierra de Canaán en la época preisraelita.  Naar puede referirse un hombre de rango que se ha desempeñado en diversos puestos: escudero (Jueces 9:54; 1 Samuel 14:1), administrador y mayordomo (2 Samuel 19:18), asistente personal en situaciones no militares (Éxodo 33:11; 1 Reyes 18:43; Ruth 2:15).
v. 16 – No tengas miedo – Un formula que introduce profecías de salvación y se encuentra a todos los niveles de la literatura bíblica (Génesis 15:1; 26:24; Isaías 41:10; Jeremías 1:8).
v. 17 – caballos y carros de fuego: El fuego es una característica común de la manifestación divina (Éxodo 3:2; 13:21; 19:18) y de la esencia divina (Deuteronomio 4:24). En 2 Reyes 2:1, el vehículo que ve Eliseo es del Señor.
Es necesario entender correctamente lo de la ceguera: las tropas no están completamente ciegas, dado que fueron capaces de seguir hasta Samaria. La luz enceguecedora, en hebreo sanwerim, que también se encuentra en Génesis 19:11, puede ser una palabra del acadio que significa sunwarim “hacer radiante, mantener (la vista) atenta”. Es posible distinguir entre una ceguera ordinaria y el destello numinoso de la luz que impide ver temporalmente.
Reflexiones
 Eliseo se presenta aquí como oponiéndose al deseo asesino del rey y como protector de la vida y los derechos, precisamente los de los enemigos. Los sirios que habrían de comer en el banquete que les habían preparado darían testimonio de los poderes sobrenaturales del varón israelita de Dios. Basándose en la propia experiencia podrían proclamar que cualquier atentado más contra Israel fracasaría debido a la presencia del omnisciente varón de Dios que vive allí.  
            1. Es una sátira de la clase gobernante. Todos los oficiales carecen de poder; YHWH es el que obtiene la victoria. Eliseo le proporciona la fundamental inteligencia militar. Sólo cuando Eliseo envía el mensaje (v.9) el rey puede pensar en protegerse (v.10). Los carros de YHWH neutralizan los de los sirios. Es él quien los ayuda en la misión y establece la política real acerca de los cautivos.
            2. Al igual que en todos los libros de Reyes, este pasaje muestra que esos reyes, de Israel, de Judá, de Asiria o de Babilonia, nunca controlaban la historia del pueblo de Dios; Sólo Dios tiene el control de todo. Dios da la victoria al pueblo. En la historia más amplia descrita en 1-2 Reyes, el pueblo vivió la experiencia de una derrota total, humillante a manos de los babilonios, aunque nuevamente bajo el poder y el control de Dios.  
            3. En este caso también, los poderes singulares del profeta están en primer plano y demuestra ser un visionario. Tiene la capacidad de ver cosas ocultas: la emboscada de los arameos planificada en las estancias privadas del rey (vv. 10-12), la caballería de fuego (v. 17). Bajo sus órdenes los ojos de los enemigos se cierran y se abren.
En medio de las hostilidades generales, Eliseo asume el papel de asesor del rey, y, gracias a sus previsiones, Israel evita con regularidad caer en la trampa. Dado que los sirios no eran prisioneros del rey, debían ser tratados como huéspedes invitados y después enviados a su casa.
El comportamiento paradójico del profeta se considera un “acto de clemencia” y una “preocupación general por los prisioneros”. Esto debe haber sido afinado más tarde (véase la narración sobre las osas en 2:23-24).
¿Por qué ya no había hostilidades? Según el versículo 23, el final de los ataques fue posible gracias a un acto de reciprocidad en respuesta a la misericordia de Eliseo, o por respeto a los poderes que demostraba: con tal profeta de su parte ¿cómo podría ser vencido Israel?
Conclusión
1. En este texto, el profeta está involucrado en política internacional, tratando de desbaratar una agresión de los arameos, por un lado, e impidiendo la violencia por parte de los israelitas, por otro lado. ¿Cuál es el papel del pueblo de Dios?
2. Contra quienes estaban deseosos de aniquilar al enemigo, el narrador da una respuesta de hospitalidad y amabilidad en lugar de violencia. Este pasaje ofrece una perspectiva que es diferente de las duras exigencias de la ideología de la “guerra santa” (1 Reyes 20:31-42).
3. El profeta al que ellos debían capturar les dice que estaban yendo en la dirección equivocada. Cuando se ofrece para llevarlos ante el hombre que desean capturar, lo siguen a ciegas. No debe haber nada más humillante para el gran ejército invasor que el hecho de que se les dé de comer y se les envíe después de regreso.
4. El poder del Estado, totalitario o democrático, no se puede comparar con los caballos y los carros de YHWH, que son operativos por la palabra del verdadero vocero de Dios. La comunidad creyente proclama: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos”.

Estudio bíblico por Gervasis Karumathy. 

Estudio bíblico sobre Efesios 2:11-22

Estudio bíblico sobre Efesios 2:11-22
El reino de Dios y la comunidad cristiana
El autor de este texto escribe a una congregación cristiana integrada por judíos y no judíos, o “gentiles”. Reconoce que se los considera a menudo como dos facciones diferentes en la iglesia: los de la “circuncisión” y los de la “incircuncisión”. La palabra griega para “gentiles” es ethné, la raíz de la palabra en español “étnico”; algunas versiones de la Biblia traducen el término por “las naciones” o “los pueblos” y, al igual que la palabra hebrea goyim, significa todas las naciones que no son Israel. En ese sentido, los autores judíos colocaban aparte a “los gentiles” como “los otros” o “el Otro”, como personas específicamente diferentes de los miembros de su propia comunidad.
El autor escribe como un judío de nacimiento. Adopta posturas que lo llevan a tomar distancia de quienes tienen antecedentes gentiles. En este pasaje de la carta se dirige  a los gentiles (2:11) “vosotros que en otro tiempo estabais lejos” (2:13; véase. Col 1:21) oponiéndolos al pueblo elegido de Israel – aparentemente, los parientes biológicos del autor -  “los que estáis cerca” de Dios (2:17) incluso en el pasado. Estos compatriotas históricos dentro de la comunidad y del pacto de Dios se contraponen a los gentiles que eran “extranjeros” y “forasteros”. Según estas palabras, queda claro que los miembros de la iglesia primitiva consideraban a veces que sus propios miembros estaban divididos.
Hay una serie de pasajes del Nuevo Testamento que dan testimonio de las divisiones y los celos que separaban a los cristianos. Incluso en la primera congregación judeocristiana de Jerusalén había desavenencias entre los creyentes de idioma arameo y de idioma griego (Hch 6:1). En las epístolas de Pablo, las tensas relaciones entre cristianos judíos y cristianos gentiles es un tema recurrente (por ejemplo, en Gl 2:11-14; en Ro 3:1-2, 21-30; y en 1 Co 1:22-24 se utilizan los términos “judíos” y “griegos”). Los evangelios dan cuenta de historias en las que Jesús se relaciona con no judíos, y entre esos gentiles cabe mencionar los sabios del Oriente (Mt 2:1-2), la mujer sirofenicia (Mc 7:24-30//Mt 15:21-28), el “buen samaritano” (Lc 10:29-37), la mujer samaritana en el pozo (Jn 4:1-42) y al menos dos centuriones romanos (Mt 8:5-13; Mc 15:39 y pasajes paralelos). Uno de los objetivos de esos pasajes es demostrar que la buena nueva de Cristo no se limita a la oveja perdida de la casa de Israel sino que se dirige a todos.
Los autores del Nuevo Testamento han señalado reiteradamente que las divisiones entre judíos y gentiles son incompatibles con el Reino de Dios que anunció Jesús.  La carta que se dirigía tradicionalmente a la iglesia de Éfeso transmite ese mensaje en términos de derribar las vallas. Donde antes había una pared intermedia de separación entre uno y otro grupo, una barrera formada por la “enemistad” que cada bando albergaba contra el otro (Ef 2:14), Jesucristo intervino por medio de la cruz para “crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz” (2:15).  
Pheme Perkins, examina el papel de la cruz en Efesios 2:16 en un artículo publicado en The New Interpreter’s Bible,[1]:
La cruz logró lo que ningún ser humano podría lograr: la reconciliación de una humanidad pecadora con Dios… Al morir en la cruz, Dios derriba la pared que separa a la humanidad de Dios. Los seres humanos están demasiado presos de los efectos mortíferos del pecado para poder volver a Dios por sus propios medios – o incluso para percibir la pared que mantiene a Dios alejado. ¿Por qué es importante la cruz para los cristianos en el día de hoy? La gente aún necesita convencerse del amor incondicional de Dios para con ellos.
En inglés, la cruz se entiende en términos de la doctrina cristiana de la “expiación” [atonement en inglés]. La palabra atone [en inglés, que significa expiar en español] está formada de dos palabras “at one” [en español: en uno], o sea que la cruz se considera como la acción de Dios en Cristo que permite superar las divisiones pasadas y lograr la posibilidad de reconciliación.[2]
La visión de Efesios es la de una congregación, una comunidad local de creyentes redimidos por la cruz de Jesucristo que viven como ciudadanos del reino de Dios. En esa comunidad, cada miembro tiene “entrada por un mismo Espíritu al Padre” (2:18). Personas de diferente origen – que eran “extranjeros y forasteros” respecto de los otros.- alcanzarán al final unidad como “conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (2:19).
Paredes intermedias de enemistad
En el mundo antiguo, las ciudades estaban rodeadas de muros. Elevadas vallas de piedra eran el reconocimiento de la enemistad entre los pueblos. Y existía un sentimiento general de seguridad por el hecho de estar protegidos por los muros; en el lado opuesto, el hecho de quedar fuera de la ciudad indicaba estar excluido de la comunidad.
Actualmente encontramos muros, en sentido literal y figurado, en el mundo que nos rodea.
Un “muro de separación” estropea el paisaje entre Palestina e Israel. Una zona desmilitarizada divide la península de Corea. Altas vallas defienden las fronteras entre algunos países, y se han instalado campamentos en las inmediaciones para la detención de los posibles migrantes. Bagdad con su “zona verde”, Famagusta en la parte septentrional de Chipre y Belfast en Irlanda del Norte son algunas de las ciudades de nuestro mundo delimitadas por muros antideflagración y alambradas, manteniendo protegido a un grupo de habitantes de la posible y fácil interacción con grupos vecinos.
En muchas otras ciudades y poblados se erigen vallas entre ricos y pobres, entre los nativos del lugar y los inmigrantes, entre las personas de diversas etnias, entre los ciudadanos que pertenecen a una religión y los creyentes de otras tradiciones religiosas. Y aunque esas fronteras no estén patrulladas por guardias armados, la materia prima generalmente utilizada en su construcción es la enemistad mutua.
A pesar de los múltiples muros que aún permanecen, la historia reciente nos da al menos un ejemplo memorable de la posibilidad real de instaurar la paz: la brecha que se abrió en el muro de Berlín en noviembre de 1989 y su posterior desmantelamiento. También han caído muros metafóricos en acontecimientos como la derrota del gobierno minoritario de Sudáfrica y la histórica presidencia de Nelson Mandela.
La unidad de los cristianos en un mundo dividido
En la epístola a los Efesios se habla directamente acerca de la curación de las divisiones entre los cristianos. Su enseñanza promueve la igualdad en la iglesia exhortando a sus miembros a “mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:3).
En los casi dos milenios desde que se escribió el Nuevo Testamento, se han producido muchas divisiones entre los cristianos. Aparte de las disputas teológicas, los cismas y los denominacionalismos han sacado provecho a menudo de las diferencias entre las etnias, las razas, las nacionalidades, la geografía. ¿Tienen algo que decirnos las rivalidades étnicas que figuran en Efesios y en otros textos del primer siglo respecto de los casos de discordia que se produjeron posteriormente entre los cristianos?
Y ¿cuál es la responsabilidad de los cristianos respecto de la desunión en todo el mundo?
El arzobispo Desmond Tutu exhortó a la unidad de los cristianos en la lucha de Sudáfrica contra la dominación política de una raza. Y dijo aquella famosa frase de que el apartheid "es demasiado fuerte para una iglesia dividida"[3], y, como dirigente del Consejo de Iglesias de Sudáfrica inspiró la resistencia ecuménica contra la minoría que gobernaba su país. En unidad, el cristianismo encontró recursos espirituales para inducir el cambio y establecer la justicia y la paz en el mundo. El autor de la carta a los Efesios también considera que la unidad en Cristo lleva a los creyentes a ejercer su ministerio fuera de los límites de la propia comunidad. De hecho, el objetivo de la unidad de la iglesia se concibe y se presenta en términos universales literalmente hablando:
A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las insondables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales. [Ef 3:8-10]
Los miembros de la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra están llamados a la unidad como una etapa en su peregrinación hacia el mundo. Es el momento en el que aplican lo que han aprendido “como miembros de la casa de Dios” (oikeioi) en todo el mundo habitado (oikoumene).
Ralph P. Martin hizo la siguiente observación[4] sobre el pasaje que estamos examinando:
Ningún pasaje del Nuevo Testamento es más pertinente… El mundo que conocemos y que habitamos está caído, dividido, bajo sospecha y existen múltiples posibilidades y amenazas de autodestrucción. La enseñanza del apóstol ofrece la esperanza y la perspectiva de una sociedad reconciliada, unificada y fraterna, cuyo microcosmos se percibe en la familia reconciliada, mundial y transnacional de la iglesia.
Se ha dicho que la iglesia sirve como “una demostración provisional del designo de Dios para todo el mundo”. La unidad de los cristianos es esencial para que la iglesia pueda dar testimonio de la posibilidad de “una nueva humanidad” (2:15) que se extienda a todo el mundo, que tenga entrada “por un mismo Espíritu” a Dios (2:18). Habiendo vivido la experiencia del derribo de los muros en la iglesia, los cristianos serán capaces de aportar un “testimonio de paz convincente” a los dirigentes, las autoridades y a todo aquel que desee superar la violencia y dejar atrás la enemistad.  Los cristianos que deseen dar testimonio de la “paz en la tierra” necesitan ante todo instaurar la paz en sus propias iglesias.
Derribar y construir
En Efesios 2:11-22 se nos presenta la imagen de Cristo como de quien “derriba la pared” de enemistad que separa a pueblos y naciones (2:14), aunque es también la principal piedra del ángulo de un nuevo edificio, en el que toda la comunidad es edificada juntamente “para morada de Dios” (2:19-22).
Actividades de grupo basadas en Efesios 2
Utilizando imágenes de publicaciones impresas o de Internet, hagan un collage en el que se representen “las paredes intermedias de enemistad” en nuestro mundo actual – o las divisiones que se hayan superado.
¿Existe un grupo en su iglesia o en otra iglesia que ustedes conozcan al que se considere como “los otros”? Describan ejemplos de divisiones en las iglesias o en la iglesia en general, y formas mediante las cuales se trata de hacer frente a los recelos y de superar las divisiones entre los cristianos.
Basándose en el propio contexto, ¿de qué forma los creyentes pueden “edificar el futuro”, es decir contribuir a la paz entre pueblos y grupos étnicos distanciados?
En la búsqueda de la paz entre las naciones de la tierra, ¿qué responsabilidad deben asumir, a su entender, las iglesias y las instituciones relacionadas con las iglesias en las campañas de presión, la diplomacia internacional y las actividades en favor de la paz?
Recordando la advertencia de Desmond Tutu de que el apartheid “es demasiado fuerte para una iglesia dividida”, examinen cuáles son las prioridades de las iglesias: ¿hasta qué punto debemos centrarnos en la reconciliación con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y hasta qué punto debemos centrar nuestro tiempo y energías en trabajar por la paz y la justicia en todo el mundo?
Examinen la historia, las actitudes actuales, los malentendidos y los temores que contribuyen a la enemistad entre las diferentes comunidades religiosas. ¿Desempeña la religión un papel importante en los enfrentamientos actuales entre las naciones? Presenten ejemplos al respecto.
Mediten sobre la cruz. Consideren la dinámica de la “expiación” – entre Dios y la humanidad, entre las personas, entre un grupo y otro, entre las naciones.
¿Cuáles son los enfrentamientos en la iglesia y en el mundo que más les preocupan?
¿De qué manera los cristianos pueden “derribar” los muros de enemistad que separan a las personas y a las naciones?
¡Cristo es nuestra paz!” ¿Qué significa esta afirmación para ustedes?

Bible study by Theodore A. Gill.

[1] P. Perkins, ‘The Letter to the Ephesians’, NIB vol.11 (Nashville: Abingdon, 2000), 405.
[2] Véase 2 Corintios 5:19-21. La expiación permite a la comunidad ser una ( “at one”) (Ef. 4:4-5).
[3] Michael Kinnamon y Brian Cope, eds., The Ecumenical Movement: An Anthology of Key Texts and Voices (Geneva/Grand Rapids: WCC Publications/Wm. B. Eerdmans, 1997), 241.
[4] R.P. Martin, Ephesians, Colossians and Philemon in the Interpretation commentary series (Atlanta: John Knox, 1991), 32.

miércoles, 27 de marzo de 2013

En camino hacia la Unidad

En camino, hacia la unidad plena y visible de la Iglesia
Y vio Dios que era buena la creación; y muy buena, la comunicación de vida al hombre y a la mujer para vivir en comunidad de amor: A imagen de Dios los creó. Mas, al contemplar la recreación realizada en Cristo Jesús, se admiró Dios Padre del amor sin límites de Jesús, su Hijo bien amado, y lo glorificó; de la intimidad trinitaria y de su gloria, nosotros somos partícipes por el don que en oración, al final de la última Cena, Jesús suplicó al Padre:
Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado (Jn 17, 21).
Este don de la unidad comunicado a la Iglesia se hace tarea de todos los cristianos, compromiso eclesial en colaboración con el Espíritu hacia la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo, y constituye el fin prioritario y último del movimiento ecuménico. Si por la regeneración bautismal y la acción del Espíritu Santo ya somos partícipes de la Comunión-comunidad trinitaria, todavía estamos en camino hacia la plenitud de la unidad en la misma dinámica escatológica del Reinado de Dios.
El Directorio General para la Catequesis [1997], que concreta en este campo pastoral los principios ecuménicos del decreto conciliar Unitatis Redintegratio [1964] y del Directorio Ecuménico [1993], dice:
“Toda comunidad cristiana, por el hecho de serlo, es movida por el Espíritu Santo a reconocer su vocación ecuménica en la situación concreta en que se encuentra, participando en el diálogo ecuménico y en las iniciativas destinadas a realizar la unidad de los cristianos” (197).
Sin embargo, qué poco se tiene en cuenta la dimensión ecuménica y se lleva a la práctica en nuestra pastoral y en la catequesis; la Iglesia en sus funciones y acciones, y en concreto la catequesis – afirma el Directorio para la Catequesis – “está llamada a asumir siempre y en todas partes” dicha dimensión (cf. 197). No se puede obviar la vivencia de la unidad, porque la unidad de la Iglesia es inseparable de la misión y de la evangelización; las divisiones en la Iglesia de Cristo afectan a la credibilidad del Anuncio.
Los retos del relativismo, el secularismo, la ausencia de Dios en las sociedades más desarrolladas de occidente, el vacío espiritual, el individualismo religioso, la necesidad de una transformación profunda del mundo interrogan a la Iglesia, motivan una Nueva Evangelización y demandan, con más urgencia hoy, una respuesta de todos los cristianos unidos en el testimonio y en la acción.
El papa Benedicto XVI en su homilía de las Vísperas solemnes del 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo y último día de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, cuyo lema fue Qué exige el Señor de nosotros, insistía en estas urgencias:
“La comunión plena y visible entre los cristianos ha de entenderse, de hecho, como una característica fundamental para un testimonio más claro. Mientras estamos en camino hacia la plena unidad, es necesario entonces proseguir la cooperación práctica entre los discípulos de Cristo en favor de la transmisión de la fe al mundo contemporáneo”.
Dos sensaciones contrapuestas brotan en nuestro ser: Contemplo con mirada universal el quehacer de personas, instituciones e Iglesias que promueven iniciativas en favor de la unidad y nos invade el gozo de la intervención del Espíritu que constantemente reaviva el movimiento ecuménico; analizo la realidad próxima eclesial, y percibo la débil inquietud y el compromiso ecuménicos que existe en nosotros.
Sin embargo, pese al tenue trabajo ecuménico que hacemos en nuestras Bases – oración, conversión, diálogo fraterno, estudio y catequesis: reflexión-acción –, porque sembrar es nuestra responsabilidad, es fecundado por el Espíritu Santo y, en íntima colaboración,  roturamos caminos que llevan a la unidad:
“En nuestra búsqueda de la unidad en la verdad y en el amor, entonces, nunca debemos perder de vista la percepción de que la unidad de los cristianos es obra y don del Espíritu Santo, y va mucho más allá de nuestros propios esfuerzos” (Benedicto XVI, id.; cf. Decr. UR, 8).

Benito González Raposo