1. La Iglesia en Oriente Medio, que desde los albores de la fe cristiana peregrina en esta tierra bendita, continúa hoy su testimonio con valentía, fruto de una vida de comunión con Dios y con el prójimo. Comunión y testimonio. En efecto, esta es la convicción que ha animado a la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio, reunida en torno al Sucesor de Pedro del 10 al 24 de octubre de 2010, sobre el tema: La Iglesia católica en Oriente Medio, comunión y testimonio. «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
2. En los comienzos de este tercer milenio, deseo encomendar esta convicción, cuya fuerza se funda en Jesucristo, a la solicitud pastoral de todos los pastores de la Iglesia una, santa, católica y apostólica y, más en particular, a los Venerables Hermanos, los Patriarcas, Arzobispos y Obispos que, en unión con el Obispo de Roma, velan juntos sobre la Iglesia católica en Oriente Medio. En esta región hay fieles nativos pertenecientes a las venerables Iglesias orientales católicas sui iuris: la Iglesia patriarcal de Alejandría de los coptos, las tres Iglesias patriarcales de Antioquía de los greco-melquitas, de los sirios y de los maronitas, el Patriarcado de Babilonia de los caldeos y la de Cilicia de los armenios. Hay también obispos, sacerdotes y fieles que pertenecen a la Iglesia latina. Y, además, hay sacerdotes y fieles venidos de la India, de los Arzobispados mayores de Ernakulam-Angamaly de los sirio-malabares y de Trivandrum de los sirio-malankares, así como de otras iglesias orientales y latinas de Asia y Europa del Este, y muchos fieles de Etiopía y Eritrea. En su conjunto, dan testimonio de la unidad de la fe en la diversidad de sus tradiciones. También quiero encomendar esta convicción a todos los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles laicos de Oriente Medio, con la certeza de que ella animará el ministerio y apostolado de cada uno en su respectiva iglesia, según el carisma que el Espíritu le haya otorgado para la edificación de todos.
3. Por lo que respecta a la fe cristiana, la «comunión es la vida misma de Dios que se comunica en el Espíritu Santo, mediante Jesucristo»[1]. Es un don de Dios que interpela nuestra libertad y espera nuestra respuesta. Precisamente por su origen divino, la comunión tiene una dimensión universal. Aun cuando atañe de manera imperativa a los cristianos, en razón de su fe apostólica común, no deja de estar menos abierta para nuestros hermanos judíos y musulmanes, y para todos aquellos que, de diversas formas, están también ordenados al Pueblo de Dios. La Iglesia católica en Oriente Medio sabe que no puede manifestar plenamente esta comunión en el plano ecuménico e interreligioso si no la reaviva ante todo en ella misma, en el seno de cada una de sus Iglesias, entre todos sus miembros: patriarcas, obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos. La profundización de la vida de fe personal y de renovación espiritual interna de la Iglesia católica permitirá la plenitud de vida de gracia y la teosis (divinización)[2]. Así se dará credibilidad al testimonio.
4. El ejemplo de la primera comunidad de Jerusalén puede servir de modelo para la renovación de la comunidad cristiana actual, con el fin de crear un espacio de comunión para el testimonio. En efecto, los Hechos de los Apóstoles, ofrecen una primera descripción, simple y profunda, de aquella comunidad nacida el día de Pentecostés: un grupo de creyentes que tenía un solo corazón y una sola alma (cf. 4,32). Hay desde el comienzo un vínculo fundamental entre la fe en Jesús y la comunión eclesial, indicado por los dos términos intercambiables: un solo corazón y una sola alma. Así pues, la comunión no es el resultado de un artificio humano. Se obtiene ante todo por la fuerza del Espíritu Santo, que crea en nosotros la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5,6).
5. Según los Hechos, la unidad de los creyentes se reconocía porque «perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (2,42). La unidad de los creyentes se alimenta, pues, de la enseñanza de los Apóstoles (el anuncio de la Palabra de Dios) a la que ellos responden con una fe unánime, de la comunión fraterna (el servicio de la caridad), de la fracción del pan (la Eucaristía y el conjunto de los sacramentos) y de la oración personal y comunitaria. Estos son los cuatro pilares sobre los que se fundan la comunión y el testimonio en el seno de la primera comunidad de los creyentes. Que la Iglesia, presente sin interrupción en Oriente Medio desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días, encuentre en el ejemplo de esta comunidad los recursos necesarios para mantener viva en ella la memoria y el dinamismo apostólico de los orígenes.
6. Los participantes en la Asamblea sinodal han experimentado la unidad en el seno de la Iglesia católica, dentro de la gran variedad de factores geográficos, religiosos, culturales y sociopolíticos. La fe común se vive y se despliega de forma admirable en la diversidad de sus expresiones teológicas, espirituales, litúrgicas y canónicas. Al igual que mis predecesores en la Sede de Pedro, renuevo aquí mi voluntad de que «se conserven religiosamente y se promuevan los ritos de las Iglesias orientales, cual patrimonio de la Iglesia universal de Cristo, patrimonio en el que resplandece la tradición que proviene de los Apóstoles a través de los Padres y que afirma la unidad divina de la fe católica en la variedad»[3], asegurando a mis hermanos latinos mi afecto, atento a sus necesidades y requerimientos, según el mandamiento de la caridad que lo preside todo, y de acuerdo con las normas del derecho.
PRIMERA PARTE
«En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros
y os tenemos presentes en nuestras oraciones» (1 Ts 1,2)
7. Con esta acción de gracias de san Pablo, deseo saludar a los cristianos que viven en Oriente Medio, asegurándoles mi oración ferviente y constante. La Iglesia católica, y con ella toda la comunidad cristiana, no los olvida y reconoce con gratitud su noble y antigua contribución a la edificación del Cuerpo de Cristo. Les agradece su fidelidad y les renueva su afecto.
El contexto
8. Recuerdo con emoción mis viajes a Oriente Medio. Tierra elegida por Dios de una manera especial, fue hollada por los patriarcas y los profetas. Ella hizo de escriño para la encarnación del Mesías, vio alzarse la cruz del Salvador y fue testigo de la resurrección del Redentor y de la efusión del Espíritu Santo. La recorrieron los Apóstoles, los santos y muchos Padres de la Iglesia, siendo el crisol de las primeras formulaciones dogmáticas. Sin embargo, esta tierra bendita, y los pueblos que la habitan, experimenta de forma dramática las convulsiones humanas. ¡Cuántas muertes, cuántas vidas destrozadas por la ceguera humana, cuántos miedos y humillaciones! Parece como si, entre los hijos de Adán y Eva, creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), el crimen de Caín no hubiera acabado (cf. Gn 4,6-10; 1 Jn 3,8-15). El pecado de Adán, consolidado por la culpa de Caín, no cesa de producir todavía hoy cardos y espinas (cf. Gn 3,18). ¡Qué triste es ver a esta tierra bendita sufrir en sus hijos, que se desgarran con saña y mueren! Los cristianos sabemos que sólo Jesús, habiendo pasado por la tribulación y la muerte para resucitar, puede traer la salvación y la paz a todos los habitantes de esta región del mundo (cf. Hch 2,23-24; 32-33). Y es a él sólo, a Cristo, el Hijo de Dios, a quien proclamamos. Arrepintámonos, pues, y convirtámonos «para que se borren nuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios» (Hch 3,19-20a).
9. Según las santas Escrituras, la paz no es sólo un pacto o un tratado que favorece una vida tranquila, y su definición no se puede reducir a la simple ausencia de guerra. Según su etimología hebrea, la paz comporta: ser completa, estar intacta, terminar algo para restablecer la integridad. Es el estado del hombre que vive en armonía con Dios, consigo mismo, con su prójimo y con la naturaleza. Antes de ser algo exterior, la paz es interior. Es una bendición. Es el deseo de una realidad. La paz es tan deseable que en Oriente Medio se ha convertido en un saludo (cf. Jn 20,19; 1 P 5,14). La paz es justicia (cf. Is 32,17), y Santiago añade en su carta: «El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz» (3,18). La lucha profética y la reflexión sapiencial eran un combate y un requisito con vistas a la paz escatológica. Esta es la paz auténtica en Dios, a la que Cristo nos lleva. Es la única puerta (cf. Jn 10,9). La única puerta que los cristianos quieren cruzar.
10. El hombre que busca el bien, sólo comenzando él mismo a convertirse a Dios, a vivir el perdón en su entorno y en la comunidad, puede responder a la invitación de Cristo a hacerse «hijo de Dios» (cf. Mt 5,9). Únicamente el humilde podrá gustar las delicias de una paz insondable (cf. Sal 37,11). Al inaugurar para nosotros la comunión con Dios, Jesús crea la verdadera hermandad, la fraternidad no desfigurada por el pecado[4]. «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su carne el muro que los separaba: la hostilidad» (Ef 2,14). El cristiano sabe que la política terrena de la paz sólo será eficaz si la justicia en Dios y entre los hombres es su auténtica base, y si esta misma justicia lucha contra el pecado que está en el origen de la división. Por eso, la Iglesia quiere superar toda distinción de raza, sexo y nivel social (cf. Ga 3,28; Col 3,11), sabiendo que todos son uno en Cristo, que es todo en todos. Esta es también la razón por la que la Iglesia apoya y anima todo empeño por la paz en el mundo, y en Oriente Medio en particular. No escatima esfuerzo alguno para ayudar a los hombres a vivir en paz y favorece también el marco jurídico internacional que la consolida. Es sobradamente conocida la posición de la Santa Sede sobre los diversos conflictos que afligen dramáticamente a la región y sobre el status de Jerusalén y los santos lugares[5]. Pero la Iglesia no olvida que, por encima de todo, la paz es un fruto del Espíritu (Ga 5,22) que nunca debemos dejar de pedir a Dios (cf. Mt 7,78).
La vía cristiana y ecuménica
11. Dios ha permitido el desarrollo de su Iglesia en este contexto constrictivo, inestable y actualmente propenso a la violencia. Ella vive en él dentro de una notable multiplicidad. Junto con la Iglesia católica, en Oriente Medio están presentes numerosas y venerables Iglesias, a las que se añaden comunidades eclesiales de origen más reciente. Este mosaico requiere un esfuerzo importante y continuo por favorecer la unidad, dentro de las respectivas riquezas, con el fin de reforzar la credibilidad del anuncio del Evangelio y del testimonio cristiano[6]. La unidad es un don de Dios, que nace del Espíritu, y es preciso hacer crecer con perseverante paciencia (cf. 1 P 3,8-9). Sabemos que, cuando las divisiones nos contraponen, existe la tentación de recurrir sólo a criterios humanos, olvidando los sabios consejos de san Pablo (cf. 1 Co 6,7-8). Él nos exhorta: «Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,3). La fe es el centro y el fruto del verdadero ecumenismo[7]. Esto es lo que se ha de comenzar a profundizar. La unidad surge de la oración perseverante y la conversión, que hace vivir a cada uno según la verdad y en la caridad (cf. Ef 4,15-16). El Concilio Vaticano II ha alentado este «ecumenismo espiritual», que es el alma del auténtico ecumenismo[8]. La situación en Oriente Medio es en sí misma un llamamiento urgente a la santidad de vida. Los martirologios enseñan que los santos y los mártires, de cualquier pertenencia eclesial, han sido – y algunos lo son todavía – testigos vivos de esta unidad sin fronteras en Cristo glorioso, anticipando nuestro «estar reunidos» como pueblo finalmente reconciliado en él[9]. Por eso se ha de consolidar, aun dentro de la Iglesia católica, la comunión que da testimonio del amor de Cristo.
12. Basados en las indicaciones del Directorio ecuménico[10], los fieles católicos pueden promover el ecumenismo espiritual en las parroquias, monasterios y conventos, en las instituciones escolares y universitarias, y en los seminarios. Los pastores se cuidarán de acostumbrar a los fieles a ser testigos de la comunión en todos los ámbitos de su vida. Ciertamente, esta comunión no es una confusión. El testimonio auténtico comporta el reconocimiento y el respeto por el otro, la disposición para el diálogo en la verdad, la paciencia como una dimensión del amor, la sencillez y la humildad de quien se reconoce pecador ante Dios y el prójimo, la capacidad de perdón, de reconciliación y purificación de la memoria, tanto en el plano personal como comunitario.
13. Aliento el cometido de los teólogos que trabajan incansablemente por la unidad, y saludo las actividades de las comisiones ecuménicas locales que existen en los diferentes niveles, así como la actividad de las distintas comunidades que rezan y se esfuerzan en favor de la unidad tan deseada, promoviendo la amistad y la fraternidad. En fidelidad a los orígenes de la Iglesia y a sus tradiciones vivas, es importante también que se hable con una sola voz sobre las grandes cuestiones morales a propósito de la verdad humana, la familia, la sexualidad, la bioética, la libertad, la justicia y la paz.
14. Por otra parte, existe ya un «ecumenismo diaconal» en el campo de la caridad y la educación entre los cristianos de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales. Y el Consejo de las Iglesias de Oriente Medio, que agrupa a las Iglesias de diferentes tradiciones cristianas de la región, es un buen foro para que el diálogo pueda desenvolverse con amor y respeto recíproco.
15. El Concilio Vaticano II indica que, para ser eficaz, el camino ecuménico ha de recorrerse «principalmente con la oración, con el ejemplo de vida, con la escrupulosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, con un mejor conocimiento mutuo, con la colaboración y estima fraterna de las cosas y de los espíritus»[11]. Sobre todo, será conveniente que todos se dirijan aún más hacia Cristo mismo. Jesús une a quienes creen en él y le aman, entregándoles el Espíritu de su Padre, así como el de María, su madre (cf. Jn 14,6; 16,7; 19,27). Este dúplice don, cada uno de diferente entidad, puede ayudar mucho y merece una mayor atención por parte de todos.
16. El amor común a Cristo «que no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca» (1 P 2,22) y el «vínculo estrechísimo»[12] que nos une a las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, urgen al diálogo y a la unidad. En varios casos, los católicos están unidos a las Iglesias de Oriente que no están en plena comunión en virtud de los comunes orígenes religiosos. Para una renovada pastoral ecuménica, con vistas a un testimonio común, es útil entender bien la apertura conciliar hacia una cierta communicatio in sacris respecto a los sacramentos de la penitencia, la eucaristía y la unción de los enfermos[13], que no sólo es posible, sino que puede ser aconsejable en algunas circunstancias favorables, de acuerdo con normas precisas y la aprobación de las autoridades eclesiásticas[14]. Los matrimonios entre fieles católicos y ortodoxos son numerosos y requieren una atención ecuménica especial[15]. Aliento a los obispos y a los eparcas a aplicar, en la medida de lo posible, y allí donde los halla, los acuerdos pastorales para promover, poco a poco, una pastoral ecuménica de conjunto.
17. La unidad ecuménica no es la uniformidad de las tradiciones y las celebraciones. Pero estoy seguro de que, para empezar, y con la ayuda de Dios, se podría llegar a acuerdos para una traducción común de la Oración del Señor, el Padre Nuestro, en las lenguas vernáculas de la región, allí donde sea necesario[16]. Al orar juntos con las mismas palabras, los cristianos reconocerán sus raíces comunes en la única fe apostólica, en la que se funda la búsqueda de la plena comunión. Por otra parte, la profundización común del estudio de los Padres orientales y latinos, así como de las respectivas tradiciones espirituales, también podría ayudar mucho en la correcta aplicación de las normas canónicas que regulan esta materia.
18. Invito a los católicos de Oriente Medio a cultivar las relaciones con los fieles de las diferentes Comunidades eclesiales de la región. Hay diferentes iniciativas conjuntas posibles. Por ejemplo, el leer juntos la Biblia, así como difundirla, podría abrir este camino. Además, se podrían desarrollar e intensificar también colaboraciones particularmente fecundas en el campo de las actividades caritativas y de la promoción de los valores y de la vida humana, de la justicia y de la paz. Todo esto contribuirá a una mejor comprensión mutua y a la creación de un clima de estima, que son condiciones esenciales para promover la fraternidad.
El diálogo interreligioso
19. La naturaleza y la vocación universal de la Iglesia exige que esté en diálogo con los miembros de otras religiones. En Oriente Medio, este diálogo se funda en los lazos espirituales e históricos que unen los cristianos a judíos y musulmanes. Este diálogo, que no obedece principalmente a consideraciones pragmáticas de orden político o social, se basa ante todo en los fundamentos teológicos que interpelan la fe. Provienen de las santas Escrituras y están claramente definidos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, y en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, Nostra Aetate [17]. Judíos, cristianos y musulmanes, creen en un Dios único, creador de todos los hombres. Que judíos, cristianos y musulmanes redescubran uno de los deseos divinos, el de la unidad y la armonía de la familia humana. Que judíos, cristianos y musulmanes descubran en el otro creyente a un hermano que se ha de respetar y amar, en primer lugar para dar en sus tierras el hermoso testimonio de la serenidad y la convivencia entre los hijos de Abraham. El reconocimiento de un Dios Uno, en vez de ser instrumentalizado en los reiterados e injustificables conflictos, para un verdadero creyente –si lo vive con un corazón puro– puede contribuir poderosamente a la paz en la región y a la cohabitación respetuosa de sus habitantes.
20. Son muchos y profundos los vínculos entre cristianos y judíos. Ambos están anclados en un precioso patrimonio espiritual común. Ciertamente, comparten la creencia en un Dios único, creador, que se revela y se alía con el hombre para siempre, y que por amor desea la redención. También tienen la Biblia, que en gran parte es común para judíos y cristianos. Para unos y para otros, es «Palabra de Dios». El común recurso a la Escritura nos acerca. Por otra parte, Jesús, un hijo del pueblo elegido, nació, vivió y murió como judío (cf. Rm 9,4-5). También María, su madre, nos invita a redescubrir las raíces judías del cristianismo. Estos estrechos lazos son un bien único, del que todos los cristianos se sienten orgullosos y deudores al pueblo elegido. Pero aunque el carácter judío del «Nazareno» permite a los cristianos saborear gozosos el mundo de la promesa y los introduce de manera decisiva en la fe del pueblo elegido uniéndolos a él, la persona y la identidad profunda de este mismo Jesús los separa, puesto que los cristianos reconocen en él al Mesías, el Hijo de Dios.
21. Conviene que los cristianos sean más conscientes de la profundidad del misterio de la encarnación, para amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza (cf. Dt 6,5). Cristo, el Hijo de Dios, se hizo carne en un pueblo, en una tradición de fe y en una cultura, cuyo conocimiento no puede sino enriquecer la comprensión de la fe cristiana. Los cristianos han acrecentado este conocimiento por la aportación específica dada por Cristo mismo con su muerte y resurrección (cf. Lc 24,26). Pero han de ser siempre conscientes y estar agradecidos de sus raíces. Pues, para que el injerto en el árbol antiguo pueda prosperar (cf. Rm 11,17-18), necesita la savia que viene de las raíces.
22. Las relaciones entre las dos comunidades creyentes han estado marcadas por la historia y por las pasiones humanas. Ha habido numerosas y reiteradas incomprensiones y desconfianzas recíprocas. Las persecuciones insidiosas o violentas del pasado son inexcusables y merecedoras de una neta condena. Sin embargo, a pesar de estas tristes situaciones, las aportaciones mutuas a través de los siglos han sido tan fecundas que han contribuido al nacimiento y florecimiento de una civilización y de una cultura conocida como judeo-cristiana. Es como si estos dos mundos, que se declaran diferentes y contrarios por diversos motivos, hubieran decidido unir sus fuerzas para ofrecer a la humanidad una aleación noble. Estos lazos, que unen y separan al mismo tiempo a judíos y cristianos, les deben abrir a una nueva responsabilidad de unos respecto a otros, de unos con otros[18]. Pues los dos pueblos han recibido la misma bendición, y las promesas de eternidad que permiten avanzar con confianza hacia la fraternidad.
23. La Iglesia católica, fiel a la enseñanza del Concilio Vaticano II, mira con estima a los musulmanes que ofrecen un culto a Dios, especialmente mediante la oración, la limosna y el ayuno; que veneran a Jesús como un profeta, aunque sin reconocer su divinidad, y que honran a María, su Madre virginal. Sabemos que el encuentro del islam y el cristianismo ha tomado a menudo la forma de controversia doctrinal. Lamentablemente, estas diferencias doctrinales han servido de pretexto a los unos y a los otros para justificar, en nombre de la religión, prácticas de intolerancia, discriminación, marginación e incluso de persecución[19].
24. A pesar de esta constatación, los cristianos comparten con los musulmanes la misma vida cotidiana en Oriente Medio, donde su presencia no es nueva ni accidental, sino histórica. Al formar parte integral de Oriente Medio, han desarrollado a lo largo de los siglos un tipo de relación con su entorno que puede servir de lección. Se han dejado interpelar por la religiosidad de los musulmanes, y han continuado, según sus medios y en la medida de lo posible, viviendo y promoviendo los valores del Evangelio en la cultura circunstante. El resultado es una simbiosis peculiar. Por tanto, es justo reconocer la aportación judía, cristiana y musulmana a la formación de una rica cultura, propia de Oriente Medio[20].
25. Los católicos de Oriente Medio, la mayoría de los cuales son ciudadanos nativos de su país, tienen el deber y el derecho de participar plenamente en la vida nacional, trabajando en la construcción de su patria. Han de gozar de la plena ciudadanía, y no ser tratados como ciudadanos o creyentes de segunda clase. Al igual que en el pasado, cuando, como pioneros del renacimiento árabe, eran parte integrante de la vida cultural, económica y científica de las distintas civilizaciones de la región, desean compartir hoy, como entonces y siempre, sus experiencias con los musulmanes, aportando su contribución específica. A causa de Jesús, los cristianos son sensibles a la dignidad de la persona humana y a la libertad religiosa que de ella se deriva. Por amor a Dios y a la humanidad, glorificando así la doble naturaleza de Cristo, y por el sentido de la vida eterna, los cristianos han construido escuelas, hospitales e instituciones de todo tipo, donde se acoge a todos sin discriminación alguna (cf. Mt 25,3ss). Por estas razones, los cristianos prestan una atención especial a los derechos fundamentales de la persona humana. No es justo, pues, afirmar que estos derechos son sólo derechos cristianos del hombre. Son simplemente derechos exigidos por la dignidad de toda persona humana y de todo ciudadano, cualquiera que sea su origen, convicción religiosa y opción política.
26. La libertad religiosa es la cima de todas las libertades. Es un derecho sagrado e inalienable. Abarca tanto la libertad individual como colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia[21]. Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal. La libertad religiosa hunde sus raíces en la dignidad de la persona; garantiza la libertad moral y favorece el respeto mutuo. Los judíos, que han sufrido desde hace mucho tiempo hostilidades, con frecuencia mortales, no pueden olvidar los beneficios de la libertad religiosa. Los musulmanes, por su parte, comparten con los cristianos la convicción de que no está permitida coacción alguna en materia religiosa, y menos aún con la fuerza. Esta coacción, que puede adoptar formas múltiples e insidiosas en el plano personal y social, cultural, administrativo y político, es contraria a la voluntad de Dios. Es una fuente de instrumentalización político-religiosa, de discriminación y violencia, que puede conducir a la muerte. Dios quiere la vida, no la muerte. Prohíbe el homicidio, e incluso dar muerte al asesino (cf. Gn 4,15-16; 9,5-6; Ex 20,13).
27. La tolerancia religiosa existe en numerosos países, pero no implica mucho, pues queda limitada en su campo de acción. Es preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa. Este paso no es una puerta abierta al relativismo, como algunos sostienen. Y tampoco una medida que abre una fisura en el creer, sino una reconsideración de la relación antropológica con la religión y con Dios. No es un atentado contra las «verdades fundantes» del creer, porque, no obstante las divergencias humanas y religiosas, un destello de verdad ilumina a todos los hombres[22]. Bien sabemos que, fuera de Dios, la verdad no existe como un «en sí». Sería un ídolo. La verdad sólo puede desarrollarse en la relación con el otro que se abre a Dios, el cual quiere manifestar su propia alteridad en y a través de mis hermanos humanos. Por tanto, no conviene afirmar de manera excluyente «yo poseo la verdad». La verdad no es posesión de nadie, sino siempre un don que nos llama a un proceso que nos asimile cada vez más profundamente a la verdad. La verdad sólo puede ser conocida y vivida en la libertad; por eso, no podemos imponer la verdad al otro; la verdad se desvela únicamente en el encuentro de amor.
28. El mundo entero fija su atención en Oriente Medio, que busca su camino. Que esta región muestre cómo el vivir juntos no es una utopía, y que la desconfianza y el prejuicio no son algo ineluctable. Las religiones pueden unir sus esfuerzos para servir al bien común y contribuir al desarrollo de cada persona y a la construcción de la sociedad. Los cristianos mediorientales viven desde hace siglos el diálogo islámico-cristiano. Para ellos, éste es un diálogo que forma parte de la vida cotidiana. Ellos conocen su riqueza y sus limitaciones. Más recientemente, viven también el diálogo judeo-cristiano. Existe igualmente desde hace mucho tiempo un diálogo bilateral o trilateral de intelectuales o teólogos, judíos, cristianos y musulmanes. Es un laboratorio de encuentros y también de estudios diversos que se ha de promover. A ello contribuyen eficazmente también todos los diferentes institutos y centros católicos –de filosofía, teología u otras materias– que nacieron tiempo atrás en Oriente Medio, y que trabajan allí en condiciones a veces difíciles. Los saludo cordialmente y les animo a continuar su obra de paz, sabiendo que es preciso sostener todo aquello que combate la ignorancia fomentando el conocimiento. La conjunción feliz entre el diálogo de la vida cotidiana con el de los intelectuales o teólogos, contribuirá ciertamente, poco a poco, y con la ayuda de Dios, a mejorar la convivencia judeo-cristiana, judeo-islámica y cristiano-musulmana. Este es mi deseo y la intención por la que rezo.
Dos nuevas realidades
29. Al igual que en el resto del mundo, en Oriente Medio se perciben dos realidades opuestas: la laicidad, con sus formas a veces extremas, y el fundamentalismo violento, que pretende tener un origen religioso. Con gran suspicacia, algunos responsables políticos y religiosos de Oriente Medio, de todas las comunidades, consideran la laicidad como atea o inmoral. Es verdad que la laicidad puede afirmar a veces de modo reductivo que la religión concierne exclusivamente a la esfera privada, como si no fuera más que un culto individual y doméstico, ajeno a la vida, a la ética, a la relación con el otro. En su versión extrema e ideológica, la laicidad, convertida en laicismo, niega al ciudadano la expresión pública de su religión y pretende que únicamente el Estado legisle sobre su forma pública. Estas teorías son antiguas. No son solamente occidentales y no se pueden confundir con el cristianismo. La sana laicidad, por el contrario, significa liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria, la clara distinción y la colaboración indispensable entre las dos. Ninguna sociedad puede desarrollarse sanamente sin afirmar el respeto recíproco entre la política y la religión, evitando la tentación constante de mezclarlas u oponerlas. La relación apropiada se basa, ante todo, en la naturaleza del hombre, por tanto en una sana antropología, y en el respeto absoluto de sus derechos inalienables. La toma de conciencia de esta relación apropiada permite comprender que hay una especie de unidad-distinción que debe caracterizar la relación entre lo espiritual (religioso) y lo temporal (político), pues ambas dimensiones están llamadas, incluso con la necesaria distinción, a cooperar armónicamente en la búsqueda del bien común. Dicha sana laicidad garantiza que la política actúe sin instrumentalizar a la religión, y que se pueda vivir libremente la religión sin el peso de políticas dictadas por intereses, a veces poco conformes, y con frecuencia hasta contrarios a las creencias religiosas. Por consiguiente, la sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún indispensable para las dos. El desafío que entraña la relación entre lo político y lo religioso puede afrontarse con paciencia y decisión mediante una adecuada formación humana y religiosa. Es preciso recordar continuamente el lugar de Dios en la vida personal, familiar y civil, y el justo lugar del hombre en el designio de Dios. Y, a este respecto, es preciso sobre todo rezar más.
30. La incertidumbre económica y política, la habilidad manipuladora de algunos y una deficiente comprensión de la religión, entre otros factores, son el caldo de cultivo del fundamentalismo religioso. Éste afecta a todas las comunidades religiosas y rechaza el vivir civilmente juntos. Quiere tomar, a veces con violencia, el poder sobre la conciencia de cada uno y sobre la religión por razones políticas. Hago un llamamiento apremiante a todos los líderes religiosos, judíos, cristianos y musulmanes de la región, para que traten de hacer todo lo posible, mediante su ejemplo y su enseñanza, por erradicar esta amenaza, que acecha de manera indiscriminada y mortal a los creyentes de todas las religiones. «Utilizar las palabras reveladas, las sagradas Escrituras o el nombre de Dios para justificar nuestros intereses, nuestras políticas tan fácilmente complacientes o nuestras violencias, es un delito muy grave»[23].
Los emigrantes
31. La realidad de Oriente Medio es rica por su diversidad, pero con demasiada frecuencia constrictiva e incluso violenta. Es una realidad que afecta al conjunto de los habitantes de la región y en todos los aspectos de su vida. Situados en una posición muchas veces delicada, los cristianos sienten de manera especial, y a veces con cansancio y escasa esperanza, las consecuencias negativas de estos conflictos e incertidumbres. A menudo se sienten humillados. Saben también por experiencia que son víctimas designadas cuando hay agitaciones. Después de haber participado activamente durante siglos en la construcción de sus respectivas naciones, y contribuido a la formación de su identidad y su prosperidad, numerosos cristianos buscan ambientes más favorables, lugares de paz donde ellos y sus familias puedan vivir con dignidad y seguridad, y espacios de libertad donde puedan expresar su fe sin estar sujetos a tantas restricciones[24]. Esta opción es desgarradora. Afecta gravemente a personas, familias e Iglesias. Mutila a las naciones y contribuye al empobrecimiento humano, cultural y religioso de Oriente Medio. Un Oriente Medio con pocos o sin cristianos ya no es Oriente Medio, pues los cristianos participan con otros creyentes en la identidad tan singular de la región. Los unos son responsables de los otros ante Dios. Por ello es importante que los líderes políticos y religiosos comprendan esta realidad y eviten una política o una estrategia que privilegie una sola comunidad y que tienda hacia un Oriente Medio monocolor, que de ninguna manera reflejaría su rica realidad humana e histórica.
32. Los Pastores de las Iglesias orientales católicas sui iuris constatan con preocupación y pena que el número de sus fieles se reduce en sus territorios tradicionalmente patriarcales y, desde hace algún tiempo, se ven obligados a desarrollar una pastoral de la emigración[25]. Estoy seguro de que hacen todo lo posible para exhortar a sus fieles a la esperanza, a permanecer en su país y a no vender sus bienes[26]. Les animo a seguir rodeando de afecto a sus sacerdotes y fieles de la diáspora, invitándolos a mantenerse en estrecho contacto con sus familias y sus Iglesias y, sobre todo, a perseverar fielmente en su fe en Dios, por su identidad religiosa edificada sobre venerables tradiciones espirituales[27]. Al conservar esta pertenencia a Dios y a sus respectivas Iglesias, y cultivando un amor profundo por sus hermanos y hermanas latinos, serán un gran beneficio para el conjunto de la Iglesia católica. Por otra parte, exhorto a los pastores de las circunscripciones eclesiásticas que acogen a los católicos orientales a recibirlos con caridad y estima, como hermanos, así como a favorecer los lazos de comunión entre los emigrantes y sus Iglesias de procedencia, y a darles la oportunidad de celebrar según sus propias tradiciones y desarrollar actividades pastorales y parroquiales allí donde sea posible[28].
33. La Iglesia latina en Oriente Medio, además de estar sufriendo una sangría de muchos de sus fieles, experimenta otra situación diferente, debiendo afrontar nuevos y numerosos retos pastorales. Sus pastores tienen que gestionar la afluencia masiva y la presencia en los países económicamente fuertes de la región de trabajadores de todo tipo, procedentes de África, el Extremo Oriente y el subcontinente indio. Estas poblaciones, compuestas a menudo de hombres y mujeres solos o de familias enteras, se enfrentan a una doble precariedad. Son extranjeros en la tierra donde trabajan, y muchas veces se encuentran en situaciones de discriminación e injusticia. El extranjero es objeto de la atención de Dios y, por tanto, merece respeto. En el juicio final se tendrá en cuenta cómo ha sido acogido (cf. Mt 25,35.43)[29] .
34. Explotadas y sin poder defenderse, con contrato de trabajo más o menos limitado o legal, estas personas son a veces víctimas de transgresiones de las leyes locales y las convenciones internacionales. Por otra parte, sufren fuertes presiones y graves restricciones religiosas. Necesitan una delicada atención de sus pastores. Animo a todos los fieles católicos y a todos los sacerdotes, cualquiera que sea su Iglesia de pertenencia, a la comunión sincera y a la cooperación pastoral con el obispo del lugar y, a éste, a una comprensión paterna respecto a los fieles orientales. Mediante el trabajo conjunto y, sobre todo, hablando con una sola voz, todos podrán vivir y celebrar su fe en esta situación particular, enriqueciéndose con la diversidad de las tradiciones espirituales, siempre manteniéndose en contacto con las comunidades cristianas de origen. Invito también a los gobiernos de los países que reciben a estas personas recién llegadas a respetar y defender sus derechos, a permitirles la libre expresión de su fe, favoreciendo la libertad religiosa y la edificación de lugares de culto. La libertad religiosa «podría ser objeto de diálogo entre los cristianos y los musulmanes, diálogo cuya urgencia y utilidad ha sido ratificada por los padres sinodales»[30].
35. Mientras algunos católicos nativos de Oriente Medio que, por necesidad, hastío o desesperación, toman la dramática decisión de abandonar la tierra de sus antepasados, de sus familias y de su comunidad de fe, otros, por el contrario, llenos de esperanza, optan por permanecer en su país y en su comunidad. Les animo a consolidar esta hermosa fidelidad y a continuar firmes en la fe. Otros católicos, en fin, tomando una decisión tan desgarradora como la de los cristianos de Oriente Medio que emigran, huyendo de la precariedad y con la esperanza de tener un porvenir mejor, escogen países de la región para trabajar y vivir.
36. Como Pastor de la Iglesia universal, me dirijo aquí a todos los fieles católicos de la región, a los nativos y a los recién llegados, cuya proporción se ha aproximado en los últimos años, porque para Dios, no hay más que un solo pueblo y, para los creyentes, una sola fe. Esforzaos por vivir respetuosamente unidos y en comunión fraterna unos con otros, en el amor y la estima mutua, para testimoniar de manera convincente vuestra fe en la muerte y resurrección de Cristo. Dios escuchará vuestra oración, bendecirá vuestro comportamiento y os dará su Espíritu para hacer frente a la carga de cada día. Porque «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17). San Pedro escribió a los creyentes que vivían situaciones similares unas palabras que os repito de buen grado como exhortación: «¿Quién os va a tratar mal si vuestro empeño es el bien? [...] No les tengáis miedo ni os amedrentéis. Más bien, glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 P 3,13-15).
SEGUNDA PARTE
«El grupo de los creyentes tenía un solo corazón
y una sola alma» (Hch 4,32)
37. La dimensión visible de la comunidad cristiana naciente es descrita por las cualidades inmateriales que muestran la koinonia eclesial: un solo corazón y una sola alma, manifestando así el sentido profundo del testimonio. Es reflejo de una interioridad personal y comunitaria. Dejándose moldear en el interior por la gracia divina, toda Iglesia particular puede reencontrar la belleza de la primera comunidad de los creyentes, cimentada en una fe animada por la caridad, que caracteriza a los discípulos de Cristo ante los ojos de los hombres (cf. Jn 13,35). La koinonia da consistencia y coherencia al testimonio, y requiere una conversión permanente. Ésta perfecciona la comunión y consolida a su vez el testimonio. «Sin comunión no puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente la vida de comunión»[31]. La comunión es un don que debe ser plenamente aceptado por todos y una realidad que se ha de construir sin cesar. En este sentido, invito a todos los miembros de las Iglesias en Oriente Medio a reavivar la comunión, cada uno según su vocación, con humildad y con oración, para llegar a la unidad por la que oró Jesús (cf. Jn 17,21).
38. El concepto de Iglesia «católica» contempla la comunión entre lo universal y lo particular. Hay una relación de «mutua interioridad» entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, que identifica y concretiza la catolicidad de la Iglesia. La presencia «del todo en la parte» pone la parte en tensión hacia la universalidad, tensión que se manifiesta, por un lado, en el impulso misionero de cada una de las Iglesias y, por otro, en el aprecio sincero de la bondad de las «otras partes», que incluye el actuar en sintonía y en sinergia con ellas. La Iglesia universal es una realidad antecedente a las Iglesias particulares, que nacen en y por la Iglesia universal[32]. Esta verdad refleja fielmente la doctrina católica y, en particular, la del Concilio Vaticano II[33]. Ella nos introduce en la comprensión de la dimensión «jerárquica» de la comunión eclesial, y permite que la rica y legítima diversidad de las Iglesias particulares se articule siempre en la unidad, como lugar donde los dones particulares se convierten en una auténtica riqueza para la universalidad de la Iglesia. Una renovada y vivida toma de conciencia de estos puntos fundamentales de la eclesiología permitirá redescubrir la especificidad y la riqueza de la identidad «católica» en la tierra de Oriente.
Los patriarcas
39. «Padres y Guías» de las Iglesias sui iuris, los patriarcas son los signos visibles de referencia y los custodios vigilantes de la comunión. Por su identidad y su misión propia, son hombres de comunión que velan por la grey según Dios (cf. 1 P 5,1-4), y los servidores de la unidad de eclesial. Ejercen un ministerio que actúa por medio de la caridad, vivida realmente en todos los campos: entre los patriarcas mismos, entre el patriarca y los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos bajo su jurisdicción.
40. Los patriarcas, cuya unión indefectible con el Obispo de Roma hunde sus raíces en la ecclesiastica communio, que han solicitado al Sumo Pontífice y recibido tras su elección canónica, hacen tangible por ese particular vínculo la universalidad y la unidad de la Iglesia[34]. Se preocuparán de todos los discípulos de Jesucristo que viven en el territorio patriarcal. Como signo de comunión para el testimonio, sabrán fortalecer la unidad y la solidaridad en el seno del Consejo de los Patriarcas católicos de Oriente y de los diversos sínodos patriarcales, privilegiando en ellos el acuerdo en cuestiones de gran importancia para la Iglesia, con vistas a una acción colegial y unitaria. Para la credibilidad de su testimonio, el patriarca perseguirá la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la perseverancia y la mansedumbre (cf. 1 Tm 6,11), buscando de todo corazón un estilo de vida sobrio, a imagen de Cristo, desprendido de todo para hacernos ricos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). Asimismo, se esforzará en promover entre las circunscripciones eclesiásticas una solidaridad real en una sana gestión del personal y de los bienes eclesiásticos. Esto es lo que corresponde a sus deberes[35]. A imitación de Jesús, que recorría los pueblos y aldeas en cumplimiento de su misión (cf. Mt 9,35), los patriarcas realizarán con celo la visita pastoral a sus circunscripciones eclesiásticas[36]. No lo hará sólo por ejercer su derecho y su deber de vigilar, sino también para testimoniar concretamente su caridad fraterna y paterna para con los obispos, sacerdotes y fieles laicos, sobre todo con los pobres, los enfermos y los marginados, así como con los que sufren espiritualmente.
Los obispos
41. En virtud de su ordenación, el obispo queda instituido a la vez como miembro del Colegio episcopal y como pastor de una comunidad local mediante su ministerio de enseñar, santificar y gobernar. Con los patriarcas, los obispos son los signos visibles de la unidad en la diversidad de la Iglesia, como Cuerpo cuya cabeza es Cristo (cf. Ef 4,12-15). Ellos son los primeros elegidos gratuitamente y los enviados a todas las naciones para hacer discípulos, enseñándoles a observar todo lo prescrito por el Resucitado (cf. Mt 28,19-20)[37]. Es, pues, de vital importancia que escuchen y conserven en su corazón la Palabra de Dios. Han de anunciarla con valentía, y defender con firmeza la integridad y la unidad de la fe en situaciones difíciles, que por desgracia no faltan en Oriente Medio.
42. Para promover la vida de comunión y diakonía, es importante que los obispos se esfuercen siempre por su propia renovación personal. Esta atención del corazón pasa «ante todo por la vida de oración, de abnegación, de sacrificio y de escucha; después por la vida ejemplar de apóstoles y pastores, hecha de sencillez y humildad; y, finalmente, por su deseo constante de defender la verdad, la justicia, la moral y la causa de los débiles»[38]. Además, la tan deseada renovación de las comunidades pasa por el cuidado paternal que tengan por todos los bautizados, y en especial por sus colaboradores inmediatos, los presbíteros[39].
43. El primer fundamento de la comunión intereclesial es la comunión en el seno de cada iglesia local, que se alimenta siempre de la Palabra de Dios y de los sacramentos, así como de las diversas formas de oración. Por tanto, invito a los obispos a manifestar su solicitud por todos los fieles de su jurisdicción, sin discriminaciones por su condición, nacionalidad o proveniencia eclesial. Que apacienten el rebaño de Dios confiado a ellos, velando por él «no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 P 5,3). Que presten una atención especial a quienes no son constantes en la práctica religiosa y a los que, por diversas razones, la han abandonado[40]. Se cuidarán también de ser la presencia amorosa de Cristo entre los que no profesan la fe cristiana. Así promoverán la unidad entre los cristianos mismos y la solidaridad entre todos los hombres, creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), pues todo viene del Padre, que es hacia quien nos dirigimos (cf. 1 Co 8,6).
44. Corresponde a los obispos asegurar una gestión sana, honesta y transparente de los bienes temporales de la Iglesia, de acuerdo con el Código de los cánones de las Iglesias orientales o el Código de Derecho Canónico de la Iglesia latina. Los Padres sinodales han creído necesario que se haga una auditoría seria de las finanzas y de los bienes, poniendo cuidado en evitar la confusión entre los bienes personales y los de la Iglesia[41]. El apóstol Pablo dice que el siervo de Dios es un administrador de los misterios de Dios. Ahora bien, «lo que se busca en los administradores es que sean fieles» (1 Co 4,2). El administrador gestiona bienes que no le pertenecen y que, según el apóstol, están destinados a un fin superior: los misterios de Dios (cf. Mt 19,28-30; 1 P 4,10). Esta gestión fiel y desinteresada, tan deseada por los monjes fundadores –verdaderas columnas de muchas Iglesias orientales– debe servir prioritariamente para la evangelización y la caridad. Los obispos se preocuparán de asegurar a sus presbíteros, sus primeros colaboradores, una adecuada subsistencia, para que no se pierdan en la búsqueda de lo temporal, y puedan consagrarse dignamente a las cosas de Dios y a su misión pastoral. Por lo demás, quien ayuda a un pobre gana el cielo. Santiago insiste en el respeto que se debe al pobre, en su grandeza y su verdadero puesto en la comunidad (cf. 1,9-11; 2,1-9). Por eso es necesario que la gestión de los bienes se convierta en un lugar de anuncio eficaz del mensaje liberador de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y, a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). El mayordomo fiel es aquel que se ha dado cuenta de que sólo el Señor es la perla fina (cf. Mt 13,45-46), y que sólo él es el verdadero tesoro (cf. Mt 6,19-21; 13,44). Que los obispos lo manifiesten de manera ejemplar a los sacerdotes, seminaristas y fieles. Por otra parte, la enajenación de bienes de la Iglesia debe atenerse estrictamente a las normas canónicas y a las disposiciones pontificias en vigor.
Los sacerdotes, los diáconos y los seminaristas
45. La ordenación sacerdotal configura al sacerdote con Cristo y le convierte en un estrecho colaborador del patriarca y del obispo, participando de su triple munus[42]. Precisamente por eso, es un servidor de la comunión; y el cumplimiento de esta tarea requiere una relación constante con Cristo y su celo en la caridad y en las obras de misericordia para con todos. Así podrá irradiar la santidad, a la que todos los bautizados están llamados. Educará al Pueblo de Dios a construir la civilización del amor evangélico y la unidad. Para eso, renovará y fortalecerá la vida de los fieles mediante la transmisión sabia de la Palabra de Dios, de la Tradición y de la doctrina de la Iglesia, así como por los sacramentos[43]. Las tradiciones orientales han tenido la intuición de la dirección espiritual. Que los sacerdotes, los diáconos y los consagrados la practiquen ellos mismos y abran con ella a los fieles los caminos de la eternidad.
46. El testimonio de comunión exige, además, una formación teológica y una sólida espiritualidad, que requiere una renovación intelectual y espiritual permanente. Corresponde a los obispos proporcionar a los sacerdotes y a los diáconos los medios necesarios que les permitan profundizar en su vida de fe, para el bien de los fieles, dándoles «la comida a su tiempo» (Sal 145,15). Por su parte, los fieles esperan de ellos el ejemplo de una conducta intachable (cf. Flp 2,14-16).
47. Os invito, queridos sacerdotes, a redescubrir cada día el sentido ontológico del orden sagrado, que haga vivir el sacerdocio como una fuente de santificación para los bautizados, y para la promoción de todos los hombres. «Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo [...], no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa» (1 P 5,2). Os invito a apreciar también la vida en equipo –donde sea posible–, no obstante las dificultades que comporta (cf. 1 P 4,8-10), pues eso os ayudará a comprender y vivir mejor la comunión sacerdotal y pastoral, en el ámbito local y universal. Queridos diáconos, en comunión con vuestro obispo y los sacerdotes, servid al Pueblo de Dios según vuestro propio ministerio en las tareas específicas que se os confíen.
48. El celibato sacerdotal es un don inestimable de Dios a su Iglesia, que conviene recibir con gratitud, tanto en Oriente como en Occidente, pues representa un signo profético siempre actual. Recordamos, además, el ministerio de los sacerdotes casados, que son un elemento antiguo de las tradiciones orientales. Quisiera dirigir también mi aliento a estos presbíteros que, con sus familias, están llamados a la santidad en el ejercicio fiel de su ministerio y en sus condiciones de vida a veces difíciles. Reitero a todos que la belleza de vuestra vida sacerdotal[44] suscitará sin duda nuevas vocaciones, que tendréis la responsabilidad de atender.
49. La vocación del joven Samuel (cf. 1 S 3,1-19) nos enseña que los seres humanos necesitan guías expertos para ayudarles a discernir la voluntad del Señor y responder generosamente a su llamada. En este sentido, el florecimiento de las vocaciones debe ser favorecido por una pastoral apropiada. Y ésta ha de estar apoyada por la oración en la familia, las parroquias, los movimientos eclesiales y en el seno de los centros educativos. Quienes responden a la llamada del Señor necesitan crecer en lugares de formación específica y estar acompañados por formadores idóneos y ejemplares. Estos los educarán en la oración, la comunión, el testimonio y la conciencia misionera. Se abordarán con programas adecuados los aspectos de la vida humana, espiritual, intelectual y pastoral, teniendo en cuenta con perspicacia la diversidad del medio, los antecedentes, las pertenencias culturales y eclesiales[45].
50. Queridos seminaristas, así como el junco no puede crecer sin agua (cf. Jb 8,11), tampoco vosotros podréis ser verdaderos artesanos de comunión y auténticos testigos de la fe sin un enraizamiento profundo en Jesucristo, sin una conversión continua a su palabra, sin un amor por su Iglesia y sin una caridad desinteresada por el prójimo. Estáis llamados a vivir y perfeccionar hoy en día la comunión, con vistas a un testimonio valiente y sin ambigüedades. La firmeza de la fe del Pueblo de Dios dependerá también de la calidad de vuestro testimonio. Os invito a abriros más a la diversidad cultural de vuestras Iglesias, por ejemplo, aprendiendo otras lenguas y culturas diferentes a las vuestras, con vistas a vuestra futura misión. Estad también abiertos a la diversidad eclesial, ecuménica, y al diálogo interreligioso. Os ayudará mucho un estudio atento de mi Carta dirigida a los seminaristas[46].
La vida consagrada
51. El monacato, en sus diversas formas, ha nacido en Oriente Medio y es el origen de algunas de las iglesias de allí[47]. Que los monjes y monjas, que consagran su vida a la oración, santificando las horas del día y de la noche, encomendando en sus plegarias las preocupaciones y necesidades de la Iglesia y la humanidad, recuerden permanentemente a todos la importancia de la oración en la vida de la Iglesia y de todo creyente. Que los monasterios sean también lugares donde los fieles puedan dejarse guiar en la iniciación a la oración.
52. La vida consagrada, contemplativa y apostólica, es una profundización de la consagración bautismal. En efecto, los monjes y monjas buscan seguir a Cristo de manera más radical mediante la profesión de los consejos evangélicos de obediencia, castidad y pobreza[48]. La entrega sin reservas de sí mismos al Señor, y su amor desinteresado por todos los hombres, dan testimonio de Dios y son verdaderos signos de su amor por el mundo. Vivida como un don precioso del Espíritu Santo, la vida consagrada es un apoyo irremplazable para la vida y la pastoral de la Iglesia[49]. En este sentido, las comunidades religiosas serán signos proféticos de la comunión en sus iglesias y en el mundo entero en la medida en que estén realmente fundadas en la Palabra de Dios, la comunión fraterna y el testimonio de la diaconía (cf. Hch 2,42). En la vida cenobítica, la comunidad o el monasterio tienen por vocación el ser lugar privilegiado de la unión con Dios y la comunión con el prójimo. Es el lugar donde la persona consagrada aprende a caminar siempre desde Cristo[50], para ser fiel a su misión con la oración y el recogimiento, y ser para todos los fieles un signo de la vida eterna, que ya ha comenzado aquí (cf. 1 P 4,7).
53. Os invito a vosotros, que habéis sido llamados a la sequela Christi en la vida religiosa en Oriente Medio, a que os dejéis seducir siempre por la Palabra de Dios, como el profeta Jeremías, y la guardéis en vuestro corazón como un fuego ardiente (cf. Jr 20,7-9). Ella es la razón de ser, el fundamento y la referencia última y objetiva de vuestra consagración. La Palabra de Dios es verdad. Al obedecerla, santificáis vuestras almas para amaros sinceramente como hermanos y hermanas (cf. 1 P 1,22). Cualquiera que sea el estado canónico de vuestro Instituto religioso, mostraos disponibles para colaborar en espíritu de comunión con el obispo en la actividad pastoral y misionera. La vida religiosa es una adhesión personal a Cristo, Cabeza del Cuerpo (cf. Col 1,18; Ef 4,15), y refleja el vínculo indisoluble entre Cristo y su Iglesia. En este sentido, apoyad a las familias en su vocación cristiana y alentad a las parroquias para que se abran a las diversas vocaciones sacerdotales y religiosas. Esto contribuye a fortalecer la vida de comunión para el testimonio en el seno de la Iglesia particular[51]. No dejéis de responder a los interrogantes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, indicándoles la senda y el sentido profundo de la existencia humana.
54. Quisiera añadir una consideración adicional que va más allá de los consagrados y se dirige al conjunto de los miembros de las Iglesias orientales católicas. Se refiere a los consejos evangélicos, que caracterizan particularmente la vida monástica, a sabiendas de que esta misma vida religiosa ha sido determinante en el origen de numerosas Iglesias sui iuris, y sigue siéndolo en su vida actual. Me parece que se debería reflexionar con detenimiento y atención sobre los consejos evangélicos, obediencia, castidad y pobreza, para redescubrir hoy su belleza, la fuerza de su testimonio y su dimensión pastoral. No se puede regenerar interiormente a los fieles, a la comunidad creyente y a toda la Iglesia, si no hay un retorno decidido e inequívoco, cada uno según su vocación, al quaerere Deum, a la búsqueda de Dios, que ayuda a definir y vivir en verdad la relación con Dios, con el prójimo y consigo mismo. Ciertamente, esto concierne a las Iglesias sui iuris, pero también a la Iglesia latina.
Los laicos
55. Los laicos son plenamente miembros del Cuerpo de Cristo por el bautismo, y están asociados a la misión de la Iglesia universal[52]. Su participación en la vida y las actividades internas de la Iglesia es la fuente espiritual permanente que les permite ir más allá de los confines de las estructuras eclesiásticas. Como apóstoles en el mundo, ellos convierten en acción concreta el Evangelio, la enseñanza y la doctrina social de la Iglesia[53]. En efecto, «los cristianos, ciudadanos de pleno derecho, pueden y deben dar su contribución con el espíritu de las bienaventuranzas, convirtiéndose así en constructores de paz y en apóstoles de reconciliación para el bien de toda la sociedad»[54].
56. Como el ámbito de lo temporal es vuestro propio terreno[55], os animo, queridos fieles laicos, a fortalecer los lazos de hermandad y colaboración con las personas de buena voluntad en la búsqueda del bien común, de la sana gestión de los bienes públicos, de la libertad religiosa y del respeto de la dignidad de cada persona. Aun cuando la misión de la Iglesia se hace difícil en los ambientes donde el anuncio explícito del evangelio encuentra obstáculos o no es posible, que «vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que [...], fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida» (1 P 2,12). Preocuparos de dar razón de vuestra fe (cf. 1 P 3,15) mediante la coherencia de vuestra vida y vuestro obrar cotidiano[56]. Para que vuestro testimonio dé realmente fruto (cf. Mt 7,16.20), os exhorto a superar las divisiones y cualquier interpretación subjetivista de la vida cristiana. Poned cuidado en no separarla – con sus valores y exigencias – de la vida familiar o en la sociedad, en el trabajo, en la política y la cultura, pues todos los diferentes ámbitos de la vida del laico entran en el designio de Dios[57]. Os invito a ser audaces por amor a Cristo, seguros de que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución os podrán separar de él (cf. Rm 8,35).
57. En Oriente Medio, los laicos están acostumbrados a tener relaciones fraternas y asiduas con fieles católicos de diferentes Iglesias patriarcales o latina, y a asistir a sus lugares de culto, especialmente si no hay otra alternativa. A esta admirable realidad, que demuestra una comunión auténticamente vivida, se añade el hecho de que las diversas jurisdicciones eclesiales se superponen de modo fecundo en el mismo territorio. En este punto particular, la Iglesia en Oriente Medio es un ejemplo para otras Iglesias particulares del resto del mundo. Así, Oriente Medio es de alguna manera un laboratorio que hace ya presente hoy el porvenir de la situación eclesial. Este ejemplo, que requiere ser perfeccionado y purificado continuamente, abarca también la experiencia adquirida localmente en el campo ecuménico.
La familia
58. Institución divina fundada en el matrimonio, tal y como lo ha querido el Creador mismo (cf. Gn 2,18-24; Mt 19,5), la familia está actualmente expuesta a muchos peligros. La familia cristiana, en particular, se ve más que nunca frente a la cuestión de su identidad profunda. En efecto, las características esenciales del matrimonio sacramental –la unidad y la indisolubilidad (cf. Mt 19,6)–, y el modelo cristiano de familia, de la sexualidad y del amor, se ven hoy en día, si no rechazados, al menos incomprendidos por algunos fieles. Acecha la tentación de adoptar modelos contrarios al evangelio, difundidos por una cierta cultura contemporánea diseminada por todo el mundo. El amor conyugal se inserta en la alianza definitiva entre Dios y su pueblo, sellada plenamente en el sacrificio de la cruz. Su carácter de mutua entrega de sí al otro hasta el martirio, se manifiesta en algunas Iglesias orientales, donde cada uno de los contrayentes recibe al otro como «corona» durante la ceremonia nupcial, llamada con razón «oficio de coronación». El amor conyugal no se construye en un momento, sino que es el proyecto paciente de toda una vida. Llamada a vivir cotidianamente el amor en Cristo, la familia cristiana es un instrumento privilegiado de la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo. En este sentido, necesita ser acompañada pastoralmente[58] y sostenida en sus problemas y dificultades, sobre todo allí donde las referencias sociales, familiares y religiosas tienden a debilitarse o perderse[59].
59. Familias cristianas en Oriente Medio, os invito a renovaros siempre con la fuerza de la Palabra de Dios y los sacramentos, para ser aún más iglesia doméstica que educa en la fe y la oración, semillero de vocaciones, escuela natural de las virtudes y los valores éticos, y primera célula viva de la sociedad. Contemplad siempre a la Familia de Nazaret[60], que tuvo el gozo de acoger la vida y expresar su piedad observando la Ley y las prácticas religiosas de su tiempo (cf. Lc 2,22-24.41). Mirad a esta familia, que vivió también la prueba de la pérdida del niño Jesús, el dolor de la persecución, la emigración y el duro trabajo cotidiano (cf. Mt 2,13ss; Lc 2,41ss). Ayudad a vuestros hijos a crecer en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres (cf. Lc 2,52); enseñadles a confiar en el Padre, a imitar a Cristo y a dejarse guiar por el Espíritu Santo.
60. Después de estas reflexiones sobre la común dignidad y la vocación del hombre y la mujer en el matrimonio, pienso especialmente en las mujeres en Oriente Medio. El primer relato de la creación muestra la igualdad ontológica entre el hombre y la mujer (cf. Gn 1,27-29). Esta igualdad quedó dañada a consecuencia del pecado (cf. Gn 3,16; Mt 19,4). Superar este legado, fruto del pecado, es un deber de todo ser humano, hombre o mujer[61]. Quisiera asegurar a todas las mujeres que la Iglesia católica, fiel al designio divino, promueve la dignidad personal de la mujer y su igualdad con los hombres, frente a las más variadas formas de discriminación a las que está sometida por el simple hecho de ser mujer[62]. Estas prácticas dañan la vida de comunión y testimonio. Ofenden gravemente, no sólo a la mujer, sino también y sobre todo a Dios, el Creador. Reconociendo su sensibilidad innata para el amor y la protección de la vida humana, y honorándolas por su aportación específica en la educación, la salud, el trabajo humanitario y la vida apostólica, estimo que las mujeres deben comprometerse y estar más implicadas en la vida pública y eclesial[63]. De este modo, darán su aportación peculiar en la edificación de una sociedad más fraterna y de una Iglesia que se embellece por la verdadera comunión entre los bautizados.
61. Además, en el caso de controversias jurídicas, que lamentablemente pueden oponer al hombre y a la mujer, especialmente en cuestiones de orden matrimonial, la voz de la mujer debe ser escuchada y tomada en consideración con respeto, al igual que la del hombre, para que cesen ciertas injusticias. En este sentido, se ha de fomentar una aplicación más sana y justa del derecho de la Iglesia. La justicia de la Iglesia debe ser ejemplar en todos sus grados y en todos los campos de su competencia. Es absolutamente necesario velar para que los conflictos jurídicos relacionados con cuestiones matrimoniales no conduzcan a la apostasía. Por lo demás, los cristianos de la región deben tener la posibilidad de aplicar en el campo matrimonial, como en otros campos, su derecho propio sin restricciones.
Los jóvenes y los niños
62. Saludo con paternal solicitud a todos los niños y jóvenes de la Iglesia en Oriente Medio. Pienso en los jóvenes que buscan un sentido humano y cristiano duradero de su vida, sin olvidar a aquellos cuya juventud coincide con un alejamiento progresivo de la Iglesia, que se traduce en el abandono de la práctica religiosa.
63. Queridos jóvenes, os invito a cultivar de forma continua la amistad verdadera con Jesús (cf. Jn 15,13-15) por medio del poder de la oración. Cuanto más sólida sea, más os servirá de faro y os protegerá de los extravíos de la juventud (cf. Sal 25,7). La oración personal se hará más fuerte acudiendo regularmente a los sacramentos, que permiten un verdadero encuentro con Dios y con los hermanos en la Iglesia. No tengáis miedo ni reparo en testimoniar la amistad con Jesús en el ámbito familiar y público. Pero hacedlo respetando a los otros creyentes, judíos y musulmanes, con quienes compartís la creencia en Dios, creador del cielo y de la tierra, así como grandes ideales humanos y espirituales. No tengáis miedo ni vergüenza de ser cristianos. La relación con Jesús os hará disponibles para colaborar sin reservas con vuestros conciudadanos, con independencia de su afiliación religiosa, para construir el futuro de vuestro país sobre la dignidad humana, fuente y fundamento de la libertad, la igualdad y la paz en la justicia. Al amar a Cristo y a su Iglesia, podréis discernir sabiamente en la modernidad los valores útiles para vuestra plena realización y los males que envenenan lentamente vuestra vida. Tratad de no dejaos seducir por el materialismo y por ciertas redes sociales cuyo uso indiscriminado podría mutilar la verdadera naturaleza de las relaciones humanas. La Iglesia en Oriente Medio cuenta mucho con vuestra oración, vuestro entusiasmo, creatividad y habilidad, así como con vuestro pleno compromiso de servir a Cristo, a la Iglesia y a la sociedad, en especial a los otros jóvenes de vuestra edad[64]. No dudéis en sumaros a toda iniciativa que os ayude a fortalecer la fe y a responder a la llamada específica que el Señor os haga. Y tampoco dudéis en seguir la llamada de Cristo a optar por la vida sacerdotal, religiosa o misionera.
64. ¿He de recordaros, queridos niños, a los que me dirijo ahora, que en vuestro camino con el Señor debéis honrar en especial a vuestros padres (cf. Ex 20,12; Dt 5,16)? Ellos son vuestros educadores en la fe. Dios os ha confiado a ellos como un don inaudito para el mundo, con el fin de que ellos cuiden de vuestra salud, de vuestra educación humana y cristiana, y de vuestra formación intelectual. Y, por su parte, los padres, los educadores y formadores, las instituciones públicas, tienen el deber de respetar el derecho de los niños desde el momento de la concepción[65]. En cuanto a vosotros, queridos niños, aprended desde ahora la obediencia a Dios, siendo obedientes a vuestros padres, como el Niño Jesús (cf. Lc 2,51). Aprended también a vivir cristianamente en la familia, en la escuela, y en todas partes. El Señor no os olvida (cf. Is 49,15). Él está siempre a vuestro lado, y quiere que caminéis con él con sabiduría, valor y amabilidad (cf. Tb 6,2). Bendecid al Señor Dios en todo momento, pedidle que os guíe y lleve a buen término vuestras sendas y proyectos; recordad siempre sus mandamientos y no dejéis que se borren de vuestro corazón (cf. Tb 4,19).
65. Deseo insistir de nuevo en la formación de los niños y jóvenes, que tiene especial importancia. La familia cristiana es el lugar natural para el desarrollo de la fe de los niños y los jóvenes, su primera escuela de catequesis. En estos tiempos turbulentos, educar a un niño o a un joven es difícil. Esta insustituible tarea se hace más complicada aún debido a las particulares circunstancias religiosas y sociopolíticas de la región. Por ello quiero asegurar a los padres mi apoyo y mis oraciones. Es importante que el niño crezca en una familia unida, que vive su fe con sencillez y convicción. Y que los niños y jóvenes vean a sus padres rezar. Que los acompañen a la iglesia y que vean y comprendan que sus padres aman a Dios y desean conocerlo mejor. Y es igualmente importante que el niño y el joven vean la caridad de sus padres para con aquellos que tienen realmente necesidad. Así, comprenderán que es bueno y bello amar a Dios, les gustará estar en la iglesia y se sentirán orgullosos, pues habrán captado en su interior y experimentado quién es la verdadera roca sobre la cual construir su vida (cf. Mt 7,24-27; Lc 6,48). A los niños y jóvenes que no tienen esta oportunidad, les deseo que encuentren en su camino auténticos testigos que les ayuden a encontrar a Cristo y a descubrir la alegría de ser sus seguidores.
TERCERA PARTE
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado…
que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,23-24)
66. El testimonio cristiano, primera forma de la misión, es parte de la vocación original de la Iglesia, que se desarrolla en fidelidad al mandato recibido del Señor Jesús: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta el confín de la tierra» (Hch 1,8). Cuando proclama a Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2,23-24), la Iglesia se convierte cada vez más en lo que ya es por naturaleza y vocación: sacramento de comunión y reconciliación con Dios y entre los hombres[66] Comunión y testimonio de Cristo son, por tanto, dos aspectos de una misma realidad, pues ambos beben de la misma fuente, la santísima Trinidad, y se apoyan sobre los mismos fundamentos: la Palabra de Dios y los sacramentos.
67. Estos dos aspectos alimentan y dan autenticidad a los demás actos del culto divino así como a las prácticas de piedad popular. La consolidación de la vida espiritual acrecienta la caridad y lleva naturalmente al testimonio. El cristiano es ante todo un testigo. Y el testimonio no sólo requiere una formación cristiana adecuada para hacer inteligibles las verdades de fe, sino también la coherencia de una vida conforme a esa misma fe, para poder responder a las exigencias de nuestros contemporáneos.
La palabra de Dios, alma y fuente de la comunión y del testimonio
68. «Y perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles» (Hch 2,42). Con esta afirmación, san Lucas hace de la primera comunidad el prototipo de la Iglesia apostólica, es decir, fundada sobre los Apóstoles elegidos por Cristo y sobre sus enseñanzas. La misión principal de la Iglesia, recibida de Cristo mismo, es la de custodiar intacto el depósito de la fe apostólica (cf. 1 Tm 6,20), fundamento de su unidad, proclamando esta fe al mundo entero. La enseñanza de los Apóstoles ha explicitado la relación de la Iglesia con las Escrituras de la primera Alianza, que llegan a su cumplimiento en la persona de Jesucristo (cf. Lc 24,44-53).
69. La meditación del misterio de la Iglesia como comunión y testimonio a la luz de las Escrituras, este gran «libro de la Alianza» entre Dios y su pueblo (cf. Ex 24,7), lleva al conocimiento de Dios, «luz en mi sendero» (Sal 119,105), para que mi pie no tropiece (cf. Sal 121,3).[67] Que los fieles, herederos de esta Alianza, busquen siempre la verdad en toda la Escritura inspirada por Dios (cf. 2 Tm 3,16-17). Esta no es un objeto de curiosidad histórica, sino la «obra del Espíritu Santo, en la cual podemos escuchar la voz misma del Señor y conocer su presencia en la historia»[68], en nuestra historia humana.
70. Las escuelas exegéticas de Alejandría, Antioquía, Edesa o Nisibis, contribuyeron en gran medida a la inteligencia y a la formulación dogmática del misterio cristiano en los siglos IV y V.[69] Toda la Iglesia les está agradecida. Los partidarios de diversas corrientes de interpretación de los textos coincidían sobre algunos principios tradicionales en exégesis, comúnmente admitidos por las Iglesias de Oriente y Occidente. El más importante es el creer que Jesucristo encarna la unidad intrínseca de los dos Testamentos y, por consiguiente, la unidad del designio salvífico de Dios en la historia (cf. Mt 5,17). Los discípulos comenzaron a comprender esta unidad sólo a partir de la Resurrección, cuando Jesús fue glorificado (cf. Jn 12,16). A continuación viene la fidelidad a una lectura tipológica de la Biblia, de acuerdo con la cual algunos hechos del Antiguo Testamento son una prefiguración (tipo y figura) de las realidades de la Nueva Alianza en Jesucristo, clave de lectura de toda la Biblia (cf. 1 Co 15,22. 45-47; Hb 8,6-7). Los textos litúrgicos y espirituales de la Iglesia testimonian la permanencia de estos dos principios de interpretación que estructuran la celebración eclesial de la Palabra de Dios e inspiran el testimonio cristiano. En este sentido, el Concilio Vaticano II precisó ulteriormente que, para descubrir el sentido exacto de los textos sagrados, hay que prestar atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe[70]. En la perspectiva de un acercamiento eclesial a la Biblia, será de gran ayuda una lectura individual y en grupo de la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini.
71. La presencia cristiana en los países bíblicos de Oriente Medio va mucho más allá de una pertenencia sociológica o de un simple logro económico y cultural. La presencia cristiana tomará un nuevo impulso si recupera la savia de los orígenes, siguiendo a los primeros discípulos elegidos por Jesús para ser sus compañeros y para enviarlos a predicar (cf. Mc 3,14). Para que la Palabra de Dios sea el alma y el fundamento de la vida cristiana, la difusión de la Biblia en las familias favorecerá la lectura y la meditación cotidiana de la Palabra de Dios (lectio divina). Así se pone en práctica de manera apropiada una auténtica pastoral bíblica.
72. Los medios de comunicación modernos pueden ser un instrumento apto para el anuncio de la Palabra, y favorecer su lectura y meditación. Con una explicación sencilla y accesible de la Biblia, se contribuirá a despejar muchos prejuicios o ideas erróneas sobre ella, de las cuales provienen controversias inútiles y humillantes[71]. En este sentido, sería oportuno que incluyera las distinciones necesarias entre inspiración y revelación, puesto que la ambigüedad de estos dos conceptos en el espíritu de muchos falsea su modo de entender los textos sagrados, lo que no deja de tener consecuencias para el futuro del diálogo interreligioso. Estos medios pueden ayudar también a la difusión del magisterio de la Iglesia.
73. Para alcanzar estos objetivos, conviene sostener los medios de comunicación ya existentes y favorecer el desarrollo de nuevas estructuras apropiadas. La formación de un personal especializado en este sector neurálgico, no sólo desde el punto de vista técnico, sino también doctrinal y ético, es una urgencia cada vez mayor, de modo especial con vistas a la evangelización.
74. Pero, independientemente del puesto que se les asigne, el uso de los medios de comunicación social no podrá sustituir a la meditación de la Palabra de Dios, su interiorización y su aplicación para responder a las cuestiones de los fieles. Nacerá así en ellos una familiaridad con las Escrituras, una búsqueda y una profundización de la espiritualidad, y un compromiso en el apostolado y en la misión[72]. Teniendo en cuenta las condiciones pastorales de cada país de la región, se podría proclamar eventualmente un Año bíblico, seguido, si se considera oportuno, de una Semana anual de la Biblia[73].
La liturgia y la vida sacramental
75. A lo largo de toda la historia, la liturgia ha sido para los fieles de Oriente Medio un elemento esencial de unidad espiritual y de comunión. En efecto, la liturgia refleja de modo privilegiado la tradición de los Apóstoles, continuada y desarrollada en las tradiciones particulares de las Iglesias de Oriente y Occidente. Una renovación de los textos y celebraciones litúrgicas, allí donde fuera necesaria, permitiría a los fieles asimilar mejor la tradición y la riqueza bíblica y patrística, teológica y espiritual[74] de las liturgias, en la experiencia del misterio al que introducen. Una empresa semejante se debe llevar a cabo, en la medida de lo posible, colaborando con las Iglesias que no están en plena comunión, pero que también son depositarias de las mismas tradiciones litúrgicas. La deseada renovación litúrgica debe estar fundada sobre la Palabra de Dios, la tradición propia de cada Iglesia y las nuevas aportaciones teológicas y antropológicas cristianas. Dará fruto si los cristianos adquieren la convicción de que la vida sacramental los introduce profundamente en la vida nueva en Cristo (cf. Rm 6,1-6; 2 Co 5,17), fuente de comunión y testimonio.
76. Existe un vínculo vital entre la liturgia, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, que funda la unidad del episcopado y de la Iglesia universal, y el ministerio de Pedro, que mantiene esta unidad. La liturgia expresa esta realidad, especialmente en la celebración eucarística, que se hace en unión no sólo con el obispo, sino ante todo con el Papa, con el orden episcopal, con el clero y con todo el Pueblo de Dios.
77. Por el sacramento del bautismo, conferido en el nombre de la Santísima Trinidad, entramos en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y somos configurados con Cristo para llevar una vida nueva (cf. Rm 6,11-14; Col 2,12), una vida de fe y de conversión (cf. Mc 16,15-16; Hch 2,38). El bautismo nos incorpora también al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, germen y anticipación de la humanidad reconciliada en Cristo (cf. 2 Co 5,19). En comunión con Dios, los bautizados están llamados a vivir aquí y ahora en comunión fraterna entre sí, desarrollando una solidaridad real con los demás miembros de la familia humana, sin discriminaciones basadas en motivos de raza y religión, por ejemplo. En este contexto, hay que vigilar para que la preparación sacramental de los jóvenes y los adultos se lleve a cabo con la mayor profundidad y durante un periodo que no sea demasiado breve.
78. La Iglesia católica considera el bautismo válidamente conferido como «el vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado»[75]. Que no tarde en llegar el día en que veamos un acuerdo ecuménico entre la Iglesia católica y las Iglesias con las que mantiene un diálogo teológico sobre el reconocimiento mutuo del bautismo, con vistas a restaurar después la plena comunión en la fe apostólica. De ello depende en parte la credibilidad del mensaje y del testimonio cristiano en Oriente Medio.
79. La Eucaristía, con la cual la Iglesia celebra el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo para la salvación de muchos, funda la comunión eclesial y la lleva a su plenitud. San Pablo ha erigido esto admirablemente en un principio eclesiológico con estas palabras: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Iglesia de Cristo, sufriendo en su misión el drama de las divisiones y separaciones, y no deseando que sus miembros se reúnan para su propia condenación (cf. 1 Co 11,17-34), espera ardientemente que se acerque el día en que todos los cristianos puedan finalmente comulgar juntos de un mismo pan en la unidad de un solo cuerpo.
80. En la celebración de la Eucaristía, la Iglesia experimenta cotidianamente también la comunión de sus miembros con vistas al testimonio diario en la sociedad, que es una dimensión esencial de la esperanza cristiana. Así, la Iglesia toma conciencia de la unidad intrínseca de la esperanza escatológica y del compromiso en el mundo cuando hace memoria de toda la economía de la salvación: desde la encarnación hasta la parusía. Esta noción se podría profundizar más en una época en que la dimensión escatológica de la fe se ha debilitado, y en la que el sentido cristiano de la historia, como camino hacia su cumplimiento en Dios, se desvanece en favor de proyectos limitados únicamente al horizonte humano. Peregrinos en camino hacia Dios, siguiendo a innumerables ermitaños y monjes, buscadores del Absoluto, los cristianos que viven en Oriente Medio sabrán encontrar en la Eucaristía la fuerza y la luz necesarias para testimoniar el evangelio, a menudo contra corriente y a pesar de innumerables limitaciones. Se apoyarán en la intercesión de los justos, santos, mártires y confesores, y de todos los que han agradado al Señor, como se canta en nuestras liturgias de Oriente y Occidente.
81. El sacramento del perdón y de la reconciliación, del que junto con los Padres sinodales deseo una renovación en su comprensión y en su práctica entre los fieles, es una invitación a la conversión del corazón[76]. En efecto, Cristo pide claramente: Cuando vayas a «presentar tu ofrenda sobre el altar…, vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24). La conversión sacramental es un don que requiere ser mejor acogido y practicado. El sacramento del perdón y de la reconciliación perdona ciertamente los pecados, pero también cura. Recibirlo con mayor frecuencia favorece la formación de la conciencia y la reconciliación, ayudando a superar los diferentes miedos y a luchar contra la violencia. Pues sólo Dios da la paz auténtica (cf. Jn 14,27). En este sentido, exhorto a los pastores, así como a los fieles que están a su cuidado, a purificar incesantemente la memoria individual y colectiva, liberando de prejuicios los espíritus a través de la aceptación mutua y la colaboración con las personas de buena voluntad. Exhorto también a promover toda iniciativa de paz y reconciliación, incluso en medio de las persecuciones, para ser de verdad discípulos de Cristo según el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12). Es necesario que la «buena conducta» de los cristianos (cf. 1 P 3,16) se convierta por su ejemplaridad en levadura en la masa humana (cf. Lc 13,20-21), pues se funda en Cristo, que invita a la perfección (cf. Mt 5,48; St 1,4; 1 P 1,16).
La oración y las peregrinaciones
82. La Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio ha subrayado con vigor la necesidad de la oración en la vida de la Iglesia, para dejarse transformar por su Señor y para que cada fiel permita que Cristo viva en él (cf. Ga 2,20). En efecto, como el mismo Jesús nos muestra retirándose a orar en los momentos decisivos de su vida, la eficacia de la misión evangelizadora, y por tanto del testimonio, tiene su fuente en la oración. Con su oración personal y comunitaria, el creyente, abriéndose a la acción del Espíritu de Dios, hace penetrar en el mundo la riqueza del amor y la luz de la esperanza que hay en él (cf. Rm 5,5). Que el deseo de rezar crezca entre los pastores del Pueblo de Dios y entre los fieles, para que la contemplación del rostro de Cristo inspire cada vez más su testimonio y su acción. Jesús recomendó a sus discípulos orar sin cesar y sin desfallecer (cf. Lc 18,1). Las situaciones humanas dolorosas causadas por el egoísmo, la iniquidad o la voluntad de poder, pueden provocar cansancio y desánimo. Por eso, Jesús recomienda la oración continua. Ella es la verdadera «tienda del encuentro» (cf. Ex 40,34), el lugar privilegiado de la comunión con Dios y con los hombres. Recordemos el significado del nombre del Niño cuyo nacimiento fue anunciado por Isaías y que trae la salvación: Emmanuel, «Dios con nosotros» (cf. Is 7,14; Mt 1,23). Jesús es nuestro Emmanuel, verdadero Dios con nosotros. Invoquémoslo con fervor.
83. Oriente Medio, tierra de la revelación bíblica, ha sido desde muy pronto una meta privilegiada de peregrinación para muchos cristianos, venidos de todo el mundo para fortalecer su fe y vivir una experiencia profundamente espiritual. Se trataba entonces de un gesto penitencial que respondía a una auténtica sed de Dios. La peregrinación bíblica actual debe volver a esta intuición inicial. Inspirada en la penitencia para la conversión y en la búsqueda de Dios, y poniendo sus pasos sobre los pasos terrenos de Cristo y de los apóstoles, la peregrinación a los lugares santos y apostólicos, vivida con fe y hondura, puede ser una auténtica sequela Christi. En un segundo momento, permite también que los fieles se impregnen más de la riqueza visual de la historia bíblica, que les recordará los grandes momentos de la economía de la salvación. Conviene igualmente que se asocie la peregrinación bíblica a la peregrinación a los santuarios de los mártires y los santos, en los que la Iglesia venera a Cristo, fuente de su martirio y de su santidad.
84. Ciertamente, la Iglesia vive en la espera vigilante y confiada de la llegada final del Esposo (cf. Mt 25,1-13). Recuerda, siguiendo a su Maestro, que la verdadera adoración es en espíritu y verdad, y no está limitada a un lugar santo, por importante que sea en la conciencia de los creyentes por su simbolismo y religiosidad (cf. Jn 4,21.23). La Iglesia, y en ella todo bautizado, siente sin embargo la necesidad legítima de un retorno a las fuentes. En los lugares donde se produjeron los acontecimientos de la salvación, todo peregrino podrá comprometerse en un camino de conversión a su Señor y encontrar un nuevo impulso. Deseo que los fieles de Oriente Medio puedan hacerse ellos mismos peregrinos en estos lugares santificados por el Señor y tener acceso libre sin restricción a los mismos. Por otra parte, las peregrinaciones a estos lugares ayudarán a los cristianos no orientales a descubrir la riqueza litúrgica y espiritual de las Iglesias orientales. Contribuirán asimismo a sostener y animar las comunidades cristianas a permanecer fiel y valerosamente en estas tierras benditas.
La evangelización y la caridad: misión de la Iglesia
85. La transmisión de la fe cristiana es una misión esencial para la Iglesia. Para poder responder mejor a los desafíos del mundo actual, invito a todos los fieles de la Iglesia a una nueva evangelización. Para que ésta dé sus frutos, debe permanecer fiel a la fe en Jesucristo. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16), exclamaba san Pablo. En la inestable situación actual, esta nueva evangelización quiere lograr que los fieles tomen conciencia de que su testimonio de vida[77] da fuerza a su palabra cuando se atreven a hablar de Dios abierta y valientemente para anunciar la Buena Nueva de la salvación. También toda la Iglesia católica presente en Oriente Medio está invitada, con la Iglesia universal, a comprometerse en esta evangelización, teniendo en cuenta con discernimiento el contexto cultural y social actual, sabiendo reconocer sus expectativas y sus límites. Es, ante todo, una llamada a dejarse evangelizar de nuevo para reencontrarse con Cristo, una llamada que se dirige a toda comunidad eclesial y a cada uno de sus miembros. Pues, como recordaba el Papa Pablo VI: «El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia»[78].
86. Profundizar en el sentido teológico y pastoral de esta evangelización es una tarea importante para «compartir el don inestimable que Dios ha querido darnos, haciéndonos partícipes de su propia vida»[79]. Dicha reflexión deberá abrirse a las dos dimensiones, la ecuménica y la interreligiosa, inherentes a la vocación y a la misión propia de la Iglesia católica en Oriente Medio.
87. Desde hace bastantes años, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades están presentes en Oriente Medio. Son un don del Espíritu a nuestra época. No se debe apagar el Espíritu (cf. 1 Ts 5,19); sin embargo, corresponde a cada uno y a cada comunidad poner su carisma al servicio del bien común (cf. 1 Co 12,7). La Iglesia católica en Oriente Medio se alegra del testimonio de fe y de comunión fraterna de estas comunidades, donde se reúnen cristianos de varias Iglesias, sin confusión ni proselitismo. Animo a los miembros de estos movimientos y comunidades a ser artífices de comunión y testigos de la paz que viene de Dios, en unión con el obispo del lugar y según sus directrices pastorales, teniendo en cuenta la historia, la liturgia, la espiritualidad y la cultura de la Iglesia local[80]. Así demostrarán su adhesión generosa y su deseo de servir a la Iglesia particular y a la Iglesia universal. Por último, su buena integración manifestará la comunión en la diversidad y ayudará a la nueva evangelización.
88. Cada una de las Iglesias católicas presentes en Oriente Medio, herederas de un impulso apostólico que ha llevado la Buena Nueva a tierras lejanas, están invitadas también a renovar su espíritu misionero por la formación y el envío de hombres y mujeres orgullosos de su fe en Cristo, muerto y resucitado, y capaces de anunciar con valor el Evangelio, tanto en su región como en los territorios de la diáspora, o incluso en otros países del mundo[81]. El Año de la Fe, que se sitúa en el contexto de la nueva evangelización, si se vive con una convicción intensa, será un excelente estímulo para promover una evangelización interna de las Iglesias de la región, y para consolidar el testimonio cristiano. Dar a conocer al Hijo de Dios muerto y resucitado, el único Salvador de todos, es un deber constitutivo de la Iglesia y una responsabilidad imperativa para todo bautizado. Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). Frente a esta misión urgente y exigente, y en un contexto multicultural y religiosamente plural, la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo, don del Señor resucitado, que sigue sosteniendo a los suyos, y del tesoro de las grandes tradiciones espirituales que ayudan a buscar a Dios. Animo a las circunscripciones eclesiásticas, a los Institutos religiosos y a los movimientos a desarrollar un auténtico espíritu misionero, que será para ellos prenda de renovación espiritual. Para esta misión, la Iglesia católica en Oriente Medio puede contar con el apoyo de la Iglesia universal.
89. La Iglesia católica en Oriente Medio trabaja desde hace mucho tiempo a través de una red de instituciones educativas, sociales y caritativas. Hace suya la exhortación de Jesús: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Acompaña el anuncio del evangelio con obras de caridad, de acuerdo con la naturaleza misma de la caridad cristiana, respondiendo a las necesidades inmediatas de todos, cualquiera que sea su religión, independientemente de partidos e ideologías, con la única finalidad de vivir en la tierra el amor de Dios por los seres humanos[82]. A través del testimonio de la caridad, la Iglesia aporta su contribución a la vida de la sociedad y desea contribuir a la paz que la región necesita.
90. Jesucristo se acerca a los más débiles. La Iglesia, guiada por su ejemplo, trabaja en el servicio de acogida de los niños en las guarderías y orfanatos, en el de los pobres, de las personas discapacitadas, de los enfermos y de toda persona necesitada para que se integre cada vez más en la comunidad humana. La Iglesia cree en la dignidad inalienable de toda persona humana y adora a Dios, creador y padre, sirviendo a sus criaturas tanto en sus necesidades materiales como espirituales. Es por Jesús, Dios y hombre verdadero, por quien la Iglesia realiza su ministerio de consolación que sólo busca reflejar la caridad de Dios por la humanidad. Quisiera manifestar aquí mi admiración y mi agradecimiento a todas las personas que consagran su vida a este noble ideal, y asegurarles la bendición de Dios.
91. Los centros educativos, las escuelas, los institutos superiores y las universidades católicas de Oriente Medio son numerosos. Los religiosos, las religiosas y los laicos que trabajan en ellos realizan una labor impresionante que aprecio y animo. Sin hacer proselitismo, esas instituciones educativas católicas acogen a alumnos o estudiantes de otras Iglesias y de otras religiones[83]. Siendo inestimables instrumentos de cultura para formar a los jóvenes en el conocimiento, demuestran de manera palpable que en Oriente Medio es posible vivir en el respeto y la colaboración, mediante una educación en la tolerancia y una búsqueda continua de calidad humana. Asimismo, están atentas a las culturas locales, que desean promover subrayando los elementos positivos que contienen. Una gran solidaridad entre los padres, los estudiantes, las universidades y las eparquías y diócesis, sostenida por la ayuda de cajas de mutualidad, permitirá garantizar a todos el acceso a la educación, sobre todo a aquellos que no tienen los recursos necesarios. La Iglesia pide también a los distintos responsables políticos que sostengan a estas instituciones que, por su actividad, contribuyen real y eficazmente al bien común, a la construcción y al futuro de las distintas naciones[84].
La catequesis y la formación cristiana
92. San Pedro recuerda en su primera carta: «Debéis estar siempre dispuestos para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto» (3,15-16). Los bautizados han recibido el don de la fe. Ella inspira toda su vida y los lleva a dar razón con delicadeza y respeto de las personas, pero también con franqueza y valentía (cf. Hch 4,29ss). También han de ser iniciados de manera adecuada en la celebración de los santos misterios, introducidos en el conocimiento de la doctrina revelada e invitados a la coherencia de vida y del obrar cotidiano. Esta formación de los fieles se asegura ante todo por la catequesis, cuando sea posible en una fraterna colaboración entre las distintas Iglesias.
93. La liturgia, y en primer lugar la celebración de la Eucaristía, es una escuela de fe que conduce al testimonio. La Palabra de Dios anunciada de manera adecuada debe llevar a los fieles a descubrir su presencia y su eficacia en su vida y en la de los hombres de hoy. El Catecismo de la Iglesia Católica es una base necesaria. Como ya he indicado, se debe alentar su lectura y su enseñanza, como también una iniciación concreta a la Doctrina social de la Iglesia, expresada de modo especial en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, así como en los grandes documentos del Magisterio pontificio[85]. La realidad de la vida eclesial en Oriente Medio y la ayuda mutua en la diaconía de la caridad permiten que esta formación tenga una dimensión ecuménica, según la especificidad de los lugares y de acuerdo con las autoridades eclesiales respectivas.
94. Por otra parte, el compromiso de los cristianos en la Iglesia y en las instituciones civiles se reforzará mediante una sólida formación espiritual. Parece necesario facilitar a los fieles, sobre todo a aquellos que viven en las tradiciones orientales y a causa de la historia de sus Iglesias, el acceso a los tesoros de los Padres de la Iglesia y de los maestros espirituales. Invito a los Sínodos y a los demás organismos episcopales a reflexionar seriamente en la realización progresiva de este anhelo y en la actualización necesaria de la enseñanza patrística, que completará la formación bíblica. Esto implica en primer lugar que los sacerdotes, los consagrados y los seminaristas o novicios aprovechen estos tesoros para profundizar su vida personal de fe, para que después puedan compartirlos con seguridad. Las enseñanzas de los maestros espirituales de Oriente y de Occidente, y las de los santos y santas, ayudarán a quienes buscan verdaderamente a Dios.
CONCLUSIÓN
95. «No temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32). Con estas palabras de Cristo, quisiera alentar a todos los pastores y fieles cristianos de Oriente Medio a mantener viva con valentía la llama del amor divino en la Iglesia y en sus ambientes de vida y de actividades. De este modo conservarán íntegras la esencia y la misión de la Iglesia, tal como Cristo las ha querido. Y, también así, las particularidades legítimas e históricas enriquecerán la comunión entre los bautizados, con el Padre y con su Hijo Jesucristo, cuya sangre purifica todo pecado (cf. 1 Jn 1,3.6-7). Al alba del cristianismo, san Pedro, apóstol de Jesucristo, escribió su Primera carta a algunas comunidades creyentes de Asia Menor en dificultad. En los comienzos de este nuevo milenio, ha sido oportuno que se reuniesen en Sínodo, junto al Sucesor de Pedro, los pastores y los fieles de Oriente Medio, y también de otros lugares, para rezar y reflexionar juntos. La exigencia apostólica y la complejidad del momento invitan a la oración y al dinamismo pastoral. La urgencia de la hora presente y la injusticia de tantas situaciones dramáticas, releyendo la Primera carta de san Pedro, llaman a unirse para testimoniar juntos a Cristo muerto y resucitado. Este estar juntos, esta comunión querida por nuestro Señor y Dios, es más necesaria que nunca. Dejemos de lado todo lo que parece ser causa de insatisfacción, aunque sea legítimo, para concentrarnos con un solo corazón en lo único necesario: unir en el Hijo único a todos los hombres y todo el universo (cf. Rm 8,29; Ef 1,5.10).
96. Cristo confió a Pedro la misión específica de apacentar sus ovejas (cf. Jn 21,15-17) y sobre él edificó su Iglesia (cf. Mt 16,18). Como Sucesor de Pedro, no olvido las tribulaciones y los sufrimientos de los fieles de Cristo y, sobre todo, de quienes viven en Oriente Medio. El Papa está unido espiritualmente a ellos de modo particular. Por eso, en nombre de Dios, pido a los responsables políticos y religiosos de estas sociedades no sólo que alivien esos sufrimientos, sino que eliminen las causas que los producen. Les pido que hagan todo lo posible para que por fin reine la paz.
97. El Papa nunca olvida que la Iglesia –la ciudad santa, la Jerusalén celestial–, de la que Cristo es la piedra angular (cf. 1 P 2,4.7) y del que él mismo ha recibido la misión de cuidar en esta tierra, está construida sobre cimientos hechos de diferentes piedras preciosas de muchos colores (cf. Ap 21,14.19-20). Las venerables Iglesias orientales y la Iglesia de rito latino son esas joyas espléndidas, que se postran en adoración ante «el río de agua de vida, reluciente como el cristal, que brota del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22,1).
98. Para permitir a los hombres ver el rostro de Dios y su nombre escrito en sus frentes (cf. Ap 22,4) por la bendición de Dios, invito a todos los fieles católicos a dejarse guiar por el Espíritu de Dios para consolidar más la comunión entre ellos, y a vivir en una fraternidad sencilla y gozosa. Sé que ciertas circunstancias pueden llevar a veces a ceder a componendas que amenazan con romper la comunión humana y cristiana. Por desgracia, se llega a eso con demasiada frecuencia, y esta tibieza disgusta a Dios (cf. Ap 3,15-19). La luz de Cristo (cf. Jn 12,46) quiere llegar a todos los rincones de la tierra y del hombre, incluso a los más sombríos (cf. 1 P 2,9). Para ser lámpara portadora de la única Luz (cf. Lc 11,33-36) y poder dar testimonio por doquier (cf. Mc 16,15-18), hay que elegir el camino que conduce a la vida (cf. Mt 7,14), dejando atrás las obras estériles de las tinieblas (cf. Ef 5,9-14) y rechazándolas con determinación (cf. Rm 13,12ss).
99. Que la fraternidad de los cristianos, por su testimonio, se convierta en levadura en la masa humana (cf. Mt 13,33). Que los cristianos de Oriente Medio, católicos y otros, den con valentía en unidad este testimonio nada fácil, pero apasionante a causa de Cristo, a fin de recibir la corona de la vida (cf. Ap 2,10b). El conjunto de la comunidad cristiana los anima y los sostiene. Que la prueba que viven algunos de nuestros hermanos y hermanas (cf. Sal 66,10; Is 48,10; 1 P 1,7), fortalezca la fidelidad y la fe de todos. «A vosotros, gracia y paz abundantes… Paz a todos vosotros, los que vivís en Cristo» (1 P 1,2b; 5,14b).
100. El corazón de María, Théotokos y Madre de la Iglesia, fue traspasado (cf. Lc 2,34-35) a causa de la «contradicción» que ha traído su divino Hijo, es decir, por la oposición y la hostilidad a la misión de luz que Cristo afrontó, y que la Iglesia, su Cuerpo místico, sigue viviendo. María, a la que toda la Iglesia venera con ternura, tanto en Oriente como en Occidente, nos asistirá maternalmente. María, la Toda Santa, que caminó entre nosotros, sabrá presentar nuevamente nuestras necesidades a su divino Hijo. Ella nos ofrece a su Hijo. Escuchémosla, porque nos abre a la esperanza: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
Beirut, Líbano, 14 de septiembre de 2012, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, octavo año de mi Pontificado.
BENEDICTUS PP. XVI
________________________________________
[1] Homilía en la apertura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (10 octubre 2010): AAS 102 (2010), 805.
[2] Cf. Propositio 4.
[3] Código de los cánones de las Iglesias orientales, c. 39; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 1; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 40: AAS 89 (1997), 346-347, donde se desarrolla el tema de la unidad entre la Tradición apostólica común y las tradiciones eclesiales nacidas de ella en Oriente.
[4] Cf. Homilía en la Misa de Nochebuena en la Solemnidad de la Natividad del Señor (24 diciembre 2010): AAS 103 (2011), 17-21.
[5] Cf. Propositio 9.
[6] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 1.
[7] Cf. A los participantes en la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (27 enero 2012), AAS 104 (2012), 109.
[8] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 8.
[9] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 83-84: AAS 87 (1995), 971-972.
[10] Cf. Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993): AAS 85 (1993), 1039-1119.
[11] Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 24.
[12] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 15.
[13] Cf. Id., Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 26-27.
[14] Cf. Id., Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 15; Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 122-128: AAS 85 (1993), 1086-1088.
[15] Cf. Consejo pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 145: AAS 85 (1993), 1092.
[16] Cf. Propositio 28, en que se proponen algunas iniciativas que son de competencia pastoral local y otras que afectan al conjunto de la Iglesia católica, que se estudiarán de acuerdo con la Sede de Pedro.
[17] Cf. Propositio 40.
[18] Cf. Discurso en la visita de cortesía a los dos grandes rabinos de Jerusalén, Jerusalén (12 mayo 2009), AAS 101 (2009), 522-523; Propositio 41.
[19] Cf. Propositio 5.
[20] Cf. Propositio 42.
[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2-8; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011: AAS 103 (2011), 46-58; Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10 enero 2011): AAS 103 (2011), 100-107.
[22] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra Aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
[23] Discurso en el Encuentro con los miembros del Gobierno, los representantes de las Instituciones de la República, el Cuerpo Diplomático y los representantes de las principales religiones (Cotonou, 19 noviembre 2011): AAS 103 (2011), 820.
[24] Cf. Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2006 (18 octubre 2005): AAS 97 (2005), 981-983; Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2008 (18 octubre 2007): AAS 99 (2007) 1065-1068; Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2012 (21 septiembre 2011): AAS 103 (2011), 763-766.
[25] Cf. Propositio 11.
[26] Cf. Propositiones 6; 10.
[27] Cf. Propositio 12.
[28] Cf. Propositio 15.
[29] Cf. Propositio 14.
[30] Homilía en la Misa de clausura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (24 octubre 2010): AAS 102 (2010), 815.
[31] Cf. Homilía en la apertura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (10 octubre 2010): AAS 102 (2010), 805.
[32] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 mayo 1992), 9: AAS 85 (1993), 843-844; sobre todo el primer parágrafo, donde se dice: «“La Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”. No es el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular».
[33] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
[34] Cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, cann. 76,1-2; 92,1-2.
[35] Cf. ibíd., can. 97.
[36] Cf. ibíd., can. 83,1.
[37] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores gregis (16 octubre 2003), 26: AAS 96 (2004), 859-860.
[38] Id, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 60: AAS 89 (1997), 364.
[39] Cf. Propositio 22.
[40] Cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, can. 192,1.
[41] Cf. Propositio 7.
[42] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 4-6.
[43] Cf. Mensaje final (22 octubre 2010), 4, 3.
[44] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 11.
[45] Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis Institutionis sacerdotalis (19 marzo 1985), 5-10.
[46] Cf. Carta a los seminaristas (18 octubre 2010): AAS 102 (2010), 793-798.
[47] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Orientale Lumen (2 mayo 1995): AAS 87 (1995), 745-774.
[48] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 44; Id., Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 5; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 14, 30: AAS 88 (1996), 387-388; 403-404.
[49] Cf. Propositio 26.
[50] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instruc. Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio (19 mayo 2002): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (26-28 junio 2002), 5-14.
[51] Cf. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y Congregación para los Obispos, Criterios sobre las relaciones entre Obispos y Religiosos en la Iglesia, Mutuae relationes (14 mayo 1978), 52-65: AAS 70 (1978), 500-505. Sobre el papel de los monjes en las Iglesias orientales católicas, cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, cann., 410-572.
[52] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 30-38; Id., Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988): AAS 81 (1989), 393-521.
[53] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Una esperanza nueva para el Líbano (10 mayo 1997), 45.103: AAS 89 (1997), 350-352. 400; Propositio 24.
[54] Homilía en la Misa de clausura de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio (24 octubre 2010): AAS 102 (2010), 814.
[55] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
[56] Cf. Propositio 30.
[57] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre1988), 57-63: AAS 81 (1989), 506-518.
[58] Cf. Id., Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981): AAS 74 (1982), 81-191; Santa Sede, Carta de los derechos de la familia (22 octubre 1983): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (27 noviembre 1983), 9-10; Juan Pablo II, Carta a las familias (2 febrero 1994): AAS 86 (1994), 868-925; Consejo Pontificio de la Justicia y de la Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 209-254.
[59] Cf. Propositio 35.
[60] Cf. Homilía en la Misa en el Monte del Precipicio, Nazaret (14 mayo 2009): AAS 101 (2009), 478-482.
[61] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 10: AAS 80 (1988), 1676-1677.
[62] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-487.
[63] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano (10 mayo 1997), n. 50: AAS 89 (1997), 354-355; Mensaje final (22 octubre 2010), 4,4; Propositio 27.
[64] Cf. Propositio 36.
[65] Cf. Propositio 27.
[66] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
[67] Cf. Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 24: AAS 102 (2010), 704.
[68] Ibíd., 19: AAS 102 (2010), 701.
[69] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14.
[70] Cf. Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 12.
[71] Cf. Propositio 2.
[72] Cf. ibíd.
[73] Cf. Propositio 3.
[74] Cf. Propositio 39.
[75] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.
[76] Cf. Propositio 37.
[77] Cf. Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 97: AAS 102 (2010), 767-768.
[78] Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 24: AAS 68 (1976), 21.
[79] Carta ap. en forma de Motu proprio, Ubicumque et semper (21 septiembre 2010): AAS 102 (2010), 791.
[80] Cf. Propositio 17.
[81] Cf. Propositio 34.
[82] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 31: AAS 98 (2006), 243-245.
[83] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 diciembre 2007), 12, nota 49, que trata del proselitismo: AAS 100 (2008), 502.
[84] Cf. Propositio 32.
[85] Cf. Propositio 30.
sábado, 3 de noviembre de 2012
Convivencia de Armenteira-20-06-09:
Convivencia de Armenteira-20-06-09:
Tema: Dar testemuño común do Evanxeo
Un apretado recuerdo de la reflexión “Dar testimonio de Cristo y su Evangelio, hoy”, por el Pastor Samuel Pérez Millos que inicia su exposición con este texto:
“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Ft 1, 8).
¿Cómo dar testimonio de Cristo hoy?
El testimonio cristiano hoy sólo se puede dar por quien experimente la presencia del Espíritu Santo, del Espírito de Cristo, en su vida. Tengo que tener una identificación personal con Cristo. ¿Dónde está Cristo en nuestras vidas? Cristo es una persona que está en el creyente. ¿Cómo era Jesús?: todo amor.
La vida eterna es: Que te conozcan a Ti, Padre, y a tu Hijo Jesucristo (Xn 17); no un conocimiento intelectual, sino experiencia de la intimidad con Dios… Un abrazo de Dios con brazos de hombre (actualidad de la Encarnación). Jesús más que hablar de amor, amó; así también San Pablo: “Y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi” (Gal 2, 20).
¿De qué modo? Las mediaciones del testimonio.
En primer lugar, por el amor.
1ª Juan 4, 7-12: Dios es amor. Dejar de hablar de amor, para amar como Jesús. Estamos capacitados para ello, “porque el amor de Dios se infunde en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo” (Rom 5, 5).
No ames de cualquier manera, sino con un amor sacrificial, darse…Nos quedamos sin el Mensaje del Evangelio si nos quedamos sin amor: os reconocerán como discípulos míos si os amáis unos a otros. Si no amamos sin condiciones al hermano, hablar de Cristo es una entelequia. Predicar a Cristo en nuestra sociedad es manifestar el amor de Dios en nuestras vidas.
Con poder. “Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y enla tierra. Id, pues… Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”(Mt 28, 18-20). Tener en cuenta las sanaciones de Cristo y de sus discípulos (Ft. 4 y 5); en nuestros tiempos no se ve esto. Otra referencia: la capacidad transformadora de Cristo en las personas: Nuevo nacimiento; el gran desafío de hoy: volver al encuentro personal, real, con Cristo sin condiciones.
Por la esperanza. Cristo se exhibe con amor y con poder; se manifiesta también con esperanza; El se manifiesta a nosotros con esperanza, es esperanza de mi vida (Col 1, 27). La esperanza de Cristo no es lo que viene, sino una persona y ya vive en nosotros. Testigos de Cristo; necesidad de referentes próximos de cristianos que comuniquen el Mensaje en coherencia con la experiencia de su vida en y con Cristo.
No podemos predicar a Cristo si no es desde la dimensión de la unidad: Padre, que sean uno .. Para que el mundo crea que tú me has enviado (Xn 17, 21). Cristo ha venido para edificar su Iglesia, no mi iglesia. La Iglesia es de Cristo; se edifica en Cristo; es doctrina de Cristo. Ser cristiano es vivir a Cristo en la fraternidad cristiana; hace a Su Iglesia, por el don de la unidad, partícipe de la Comunión de la Trinidad.
Síntesis de las aportaciones
1 ¿Nos dejamos interpelar por el Evangelio?
· Sí, nos dejamos interpelar, aunque no siempre se traduce en hechos.
· Nos dejamos interpelar y nos comprometemos.
· Debemos luchar contra los condicionantes de nuestra vida, influida por el amor propio; dejar que Dios hable por nosotros.
· A veces la interrelación nos viene de los demás, lo que puede ser enriquecedor, aunque es más cómodo…
2. ¿Qué podemos hacer juntos?
· Tener más encuentros; hacer que venga gente joven a los Grupos, actos y celebraciones.
· Hablar entre nosotros con confianza y escucharnos; orar; hacer alguna obra común.
· “Estamos cansados de interpelar a mucha gente y no obtener ningún resultado. Debíamos clamar juntos a Dios, rompiendo las barreras. Por la juventud, por las leyes que se van a aprobar, las cosas que pasan en el mundo.: clamar juntos a Dios” (Roberto).
· “Tratar de alcanzar la paciencia en la esperanza de que las cosas se cumplan, especialmente amando” (Vasilis).
Grupo de ecumenismo de La Coruña
domingo, 24 de mayo de 2009
Eucaristia en el movimiento ecuménico
La Eucaristía en el movimiento ecuménico
CIC 844. párr. 2/3
[1]
Los católicos pueden recibir los sacramentos de la Eucaristía y la penitencia en caso de necesidad grave, en Iglesias y comunidades que tengan estos sacramentos y así mismo los miembros de estas Iglesias o comunidades pueden recibirlos de Ministros católicos, siempre que tengan Fe en los mismos y no dispongan de Pastor.
LG. 10
Por el bautismo somos todos sacerdotes; ambos sacerdocios participan aunque en distinto grado del sacerdocio de Cristo
Lg 15
La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos pero no profesan la fe en su totalidad, no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro, pues honran La Escritura como norma de Vida, muestran un sincero celo religioso, creen en Dios Padre, y en Cristo Hijo, están sellados con el bautismo que los une a Cristo; aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas poseen el episcopado, celebran La Eucaristía fomentan la piedad hacia La Virgen Madre.
Añádase a esto la armonía de oraciones y cierta verdadera unión en el Espíritu Santo; ya que Él ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias ; y, algunos de ellos los fortaleció hasta la efusión de sangre.
De este modo El Espíritu suscita a todos los discípulos de Cristo el deseo y la actividad para que todos están pacíficamente unidos del modo determinado por Cristo; en una Grey; y bajo un único Pastor.
Para conseguir esto la Iglesia Madre, no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y renovación a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la tierra
Constitución sobre la Sagrada Liturgia. 47
La Misa es “sacramento de unidad”
U. R 2
“ En la Eucaristía por la cual se realiza la Unidad de la Iglesia. Cristo resucitado por medio del Espíritu, llama y congrega en el pueblo de la Nueva Alianza; que es La Iglesia , en la unidad de la Fe, de La Esperanza y de La Caridad.
... “El Espíritu Santo, es el principio de La Unidad de la Iglesia”
“El Supremo modelo de La Unidad es La Trinidad”
“Ut Unum sint, Pto. 57./61; 666/72
“La Unidad en la diversidad, El intercambio de dones entre Las Iglesias en su complementariedad hace fecunda la comunión.
Los católicos orientales son pieza clave en el diálogo por la Unidad con los ortodoxos.
Los primeros Concilios son la prueba de la Unidad en la diversidad.
El bautismo se ordena a la profesión de la Fe y a la comunión integra en la vida eucarística
“Al conmemorar en La Santa Cena la muerte y resurrección del Señor, profesan que en la comunión con Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa”
..... Quisiera a este respecto recordar una actitud inspirada por La Caridad fraterna y por la profunda luz de La Fe, que he vivido con intensa participación. Me refiero a las celebraciones eucarísticas que presidí en Finlandia y Suecia durante mi viaje a los países escandinavos y nórdicos.
En el momento de la comunión; los obispos luteranos , se acercaron al celebrante, ellos quisieron manifestar con un gesto concordado el deseo de alcanzar el momento en que católicos y luteranos, podremos participar en la misma Eucaristía, y quisieron recibir la bendición del celebrante. Con amor los bendije. El mismo gesto se repitió en Roma durante la Misa que presidí en la plaza Farnese el 6 de octubre de 1.991 con motivo del VI centenario de la canonización de Santa Brigida
Novo mileniun ineunten. 48
“Como Cuerpo de Cristo somos Uno, la división es causa de la debilidad de los hombres. El deseo de la Unidad plena, será cosa de Jesús no nuestra. Unidad en las legitimas diferencias.”
“Eclesia de Eucharistía. , 34/46
Toda validad celebración de La Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma.
“Sí vosotros sois el Cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor, está el misterio que sois vosotros mismos y recibid el misterio que sois vosotros” San Agustín.
Y de esta ,,,Cristo el Señor, consagro en su mesa el misterio de nuestra Paz y Unidad, él que recibe el misterio de la Unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para provecho propio sino un testimonio contra si.
...
La Eucaristía como sacramento de comunión eclesial, relaciona con el compromiso ecuménico.
No es licito la concelebración, pero no sucede lo mismo para la recepción eucarística.
Manem Noviscum
“La Eucaristía nos une en un solo Cuerpo, somos un solo pan, y un solo Cuerpo, pues todos participamos de un solo pan 1 Cor 10
Directorio sobre ecumenismo
En los casos de recepción de la Eucaristía en Iglesias Orientales, se tendrán en cuenta las costumbres de las mismas siempre que sea posible para evitar el escándalo, y en el caso de las Iglesias ortodoxas se aceptara su disciplina y no se comulgara, si en las mismas se niega la comunión al que no pertenece a dicha Iglesia
LA CENA DEL SEÑOR
Relación de la Comisión Mixta Católico Romana. Evangélico Luterana. 1978 * [1]
PRESENTACION
La Comisión mixta católico romana - evangélico luterana constituida por el Secretariado para la Unidad de los Cristianos de Roma y la Federación Luterana Mundial ha concluido su trabajo sobre un documento acerca de la Cena del Señor. Después de haber sido unánime mente aceptado por los miembros de la Comisión, el documento se ofrece ahora para su discusión. Se ha alcanzado un acuerdo en puntos significativos. Ha sido posible obtener un amplio testimonio común. Por ello, confiamos en que las cuestiones todavía abiertas serán clarificadas de común acuerdo. Esperamos que el documento que sigue nos aproximará más a la plena comunión en la fe y, por consiguiente, a la comunión en la Mesa del Señor, que tan ardientemente deseamos.
HANS lo MARTENSEN
INTRODUCCION
Obispo de Copenhague, Dinamarca
. Desde 1965 -tras más de 400 años de separación- han tenido lugar unas conversaciones, a escala mundial, entre representantes de la Federación luterana Mundial y de la Iglesia Católica Romana nombrados oficialmente. las autoridades eclesiásticas competentes crearon una Comisión mixta internacional de estudio que, bajo el título .EI Evangelio y la Iglesia- se propuso discutir, a la luz de los recientes progresos de nuestros conocimientos, las controversias teológicas tradicionales. En 1972 [2] se publicó una síntesis de los resultados de los trabajos de esta Comisión mixta de estudios. En ella se expresan importantes acuerdos y convergencias. De todas formas, como se decía en la presentación, la amplitud del tema general era tal, que ciertas cuestiones precisas -como las de la Eucaristía y el Ministerio- no podían ser, o no han sido, tratadas más que de forma parcial. la Comisión misma, haciéndose eco de la Relación de Malta, no sólo ha subrayado la necesidad de una iluminación más profunda de estas cuestiones, sino que siente dolorosamente su urgencia. muy particularmente en razón de nuestra separación en la Cena de la Unidad: la comunión en la Eucaristía es, en efecto, un elemento integrante de la plena unidad de los cristianos y supone realizada la unidad en la fe. Prosiguiendo su diálogo oficial. la Comisión mixta luterano-católica ha dirigido. pues, su atención de una manera especial sobre la Eucaristía y ahora presenta el resultado de sus esfuerzos [3] . Un estudio sobre el Ministerio eclesial (Amt) vendrá a continuación. Se tomará en especial consideración el ministerio episcopal, y se dará respuesta a ciertas cuestiones conexas ' con la de la Eucaristía.
12. En la elaboración .del texto que: presentamos, la Comisión mixta luterano-católica, ha hecho esfuerzos, para dar, en la medida de lo posible, un testimonio común y, sin dejar de señalar claramente las cuestiones que continúan abiertas, ir madurando la respuesta adecuada. Así, lo que Luteranos y Católicos pueden confesar conjuntamente está llamado a penetrar en la vida de la Iglesia y de las comunidades.
3. El. texto del documento ha ido tomando cuerpo progresivamente a través de la reflexión sobre el testimonio de la Sagrada Escritura y de las tradiciones eclesiales. En nuestra reflexión hemos reservado un lugar especial a las formas concretas de la liturgia, pues la doctrina y la vida, la confesión (de la fe) y la expresión litúrgica, la piedad y la práctica forman parte de la realidad de la Eucaristía. Como signo de agradecimiento al trabajo realizado por otros. y deseando obtener un eco ecuménico tan amplio como sea posible, hemos asumido ciertas afirmaciones de anteriores documentos ecuménicos. en la medida en que tales afirmaciones corresponden a la posición luterana y católica [4] .
4.El conjunto queda articulado de la siguiente manera:
- En la primera parte -Testimonio común- se expresa aquello que Luteranos y Católicos pueden confesar conjuntamente.
- La segunda parte se orienta hacia las “tareas comunes”:se describen y tratan las cuestiones controvertidas; se evocan las consecuencias y las exigencias que de ello se deducen para la vida y la doctrina de las Iglesias, en particular por lo .que atañe a la liturgia.
. El presente documento se dirige a todos los cristianos católicos y luteranos: dirigentes de las Iglesias, teólogos. pastores de almas, comunidades de fieles y, especialmente, grupos empeñados en el diálogo ecuménico. Pero Luteranos y Católicos no son los únicos interpelados: así como la Comisión ha aceptado con 'gratitud las sugerencias de otros grupos cristianos en diálogo, espera también que estas reflexiones luterano-católicas sean útiles para otros. Por esta razón hemos procurado esforzarnos para aportar a través del documento el testimonio de una verdad destinada a todos los hombres sean o no cristianos.
Primera Parte
TESTIMONIO COMUN
1. EL TESTAMENTO DE JESUS SEGUN LA ESCRITURA
6. Antes de entregarse a la muerte para dar a los hombres la paz y la comunión con Dios y entre ellos mismos, Jesús dispuso su Cena para los suyos: "Cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros. Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía [5] . En esta nueva comida-Passah. el Señor se dio él mismo a los suyos en alimento, y, por ello, mientras esperan su venida gloriosa les hizo partícipes de su actuación, de sus sufrimientos y de su vida (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lucas 22, 16-20; 1 Cor 11,23-26).
Cada vez que los cristianos de todos los tiempos celebran la Cena del Señor según su voluntad en memoria de él, el Señor les concede de nuevo esta comunión y, por ella. les hace el don de la “remisión de los pecados. de la vida y de la bienaventuranza [6] .
MISTERIO DE FE
7. La Cena del Señor es un misterio de fe en el sentido más pleno de la palabra. Forma parte del único misterio de salvación, a la vez comprehensivo e incomprensible, de cuya condición mistérica participa: para "que el hombre pueda conocer el misterio, Dios debe comunicarse, y este misterio no entra en nuestro horizonte más que en la medida en que el Señor lo quiere y lo realiza. Es decir: !a Eucaristía no nos es accesible más que por el don de la fe que Dios nos hace.
8. Con mayor motivo las actitudes y los comportamientos requeridos por parte de aquellos que la celebran son cuestión de fe y no de sus propias fuerzas. La comunión eucarística de vida y de acción no nace más que de la comunión de fe operada por el Espíritu Santo (cf. Infra n. 23).
9. Teniendo en cuenta que la fe cristiana se realiza esencialmente como comunión de fe con todos los creyentes, la Eucaristía es asunto de la comunidad y, en su seno, asunto de cada uno. Como «Nueva Alianza”, la «Sangre de la Alianza” que se nos ofrece en la Eucaristía (Mt 26, 28; Mc 14, 24; cf. Lucas 22, 20; 1 Corintios 11, 25) es dada al nuevo pueblo de Dios y, por ello, a sus miembros.
10. En el Señor presente están presente toda “gracia y verdad”(Juan 1, 14) en medio de nosotros. Así también la Eucaristía es misterio de fe en el sentido, Igualmente, de que engloba las dimensiones esenciales de la verdad de la fe.
1. En su celebración se reflejan las fases de la historia de la salvación:
- Se nos recuerda la creación, que Dios hizo buena y por la cual nosotros le alabamos y damos gracias.
- Se nos hace manifiesta la realidad del pecado. de la que senos invita a tomar conciencia y confesarla.
- Se nos dirige de nuevo la palabra de Dios, como exhortación y promesa para ser acogida en la escucha y en la obediencia, y hallar respuesta.
- El pan y el vino, realidades de nuestro mundo, son introducidos en el proceso de redención y de santificación. igual que los actos fundamentales de la vida humana: comer y beber; celebrar y actuar en común.
- La unión con el Señor y con los suyos es anuncio y comienzo de la llegada en medio de nosotros del Reino de Dios y promesa de la plenitud que viene.
11. Por último, el misterio de la Eucaristía nos vincula al misterio primordial del Dios Uno y Trino, desde el cual, por el cual y hacia el cual todo existe.
El Padre del cielo es el origen primero y el fin último de! acontecimiento eucarístico.
El Hijo de Dios hecho hombre, por quien, con quien y en quien la Eucaristía se realiza, es Su centro viviente.
12. Al final de muchas plegarias litúrgicas eucarísticas, el misterio más profundo de la Eucaristía y de nuestra vida es celebrado corno glorificación. Refiriéndose al Señor Jesucristo presente, se dice: “Por Cristo, con El y en El, a Ti, Dios, Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los. siglos. Amén».
III. POR, CON Y EN CRISTO
Por Cristo
13. No hay Eucaristía sino por Jesucristo. El es quien por primera vez la ha celebrado en medio de sus discípulos. El es quien ha dado el mandato de no dejar de celebrada hasta que él venga. El es quien dispone la Cena, él es quien invita. Por él se hace posible y real la participación plena. consciente y activa [7] de todos los fieles en la celebración eucarística. Por él son llamados y enviados los que en su nombre presiden la celebración. Su servicio es un signo impresionante de que “la asamblea no es propietaria del gesto que está realizando, que no es dueña de la Eucaristía: la recibe de Otro, de Cristo viviente en su Iglesia [8] (cf. infra nn. 65-68).
Con Cristo
14. Por él. nosotros podemos celebrar la Eucaristía con él. No es por mérito humano alguno, ni por capacidad humana alguna, sino por su sola gracia como se realiza el prodigio de su presencia. Lo que ésta significa y realiza no podemos valorarlo, más que si permanecemos abiertos a las distintas maneras como se hace presente el Señor.
15. Jesucristo cumple de múltiples forma su promesa: “Yo estaré con vosotros para siempre hasta el fin del mundo”. (Mt 28, 20). «Nosotros profesamos una múltiple presencia de Cristo, Palabra de Dios y Señor del mundo. EI Señor crucificado y resucitado está presente en su cuerpo, el Pueblo de Dios, pues él está presente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mateo 18, 20). Está presente en el bautismo, pues es el mismo Cristo quien bautiza. Está presente en la lectura de la Sagrada Escritura y en el anuncio del Evangelio [9] . El Señor está presente también en los pobres y en los necesitados, pues son verídicas sus palabras: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 40).
16. La presencia eucarística se halla en relación con todos estos datos y tiene a la vez su forma especial. “Cristo está presente y activo, de diversas maneras, en la celebración eucarística entera. Es el mismo Señor quien por la proclamación de su Palabra invita a su pueblo a su mesa; el que por su ministro preside esta mesa y el que se da a si mismo sacramentalmente en el Cuerpo y la Sangre de su sacrificio pascual” [10]
En el sacramento de la Santa Cena, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. está plena y enteramente presente con su Cuerpo y su Sangre bajo los signos del pan y del vino.
“A lo largo de los siglos, los cristianos han intentado describir esta presencia con formulaciones diversas. Nuestros documentos confesionales dan testimonio común de que, en este sacramento, Jesucristo está “realmente”, “verdaderamente” y “substancialmente” presente. Esta clase de presencia apenas puede expresarse con palabras, pero nosotros damos testimonio de su presencia porque creemos en el poder de Dios y en la promesa de Jesucristo: ..”Esto es mi Cuerpo... esta es mi Sangre”. A esta presencia, nuestras tradiciones la han denominado .”sacramental”, “sobrenatural”, “espiritual”. Estos conceptos tienen matices distintos en las dos tradiciones; pero, en conjunto, se oponen tanto a una forma de presencia espacial o natural, como a una noción puramente conmemorativa o figurativa del sacramento [11]
17. .Cristo instituyó la Eucaristía, sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, centrado en la cruz y la resurrección, como anámnesis o memorial de toda la obra reconciliadora de Dios en el Cristo mismo, con todo lo que ËI realizó por nosotros y por la creación entera (en su encarnación, su condición de servidor, en su ministerio, su enseñanza, su sufrimiento. su sacrificio, su resurrección, su ascensión y pentecostés) , está presente en esta anámnesis o memorial, que es a la vez pregustación de su Parusia y de la plenitud del Reino» [12] (cf. infra n. 36).
18. Presente en medio de nosotros, el Señor quiere incorporamos a su movimiento vital. Aquél que, por amor, se entregó a la muerte, vive en nosotros (Gál 2, 20). Por su gracia hemos .pasado con él de la muerte a la vida» (Juan 5. 24). Participando en el sacramento de la Eucaristía nosotros caminamos con él a través de este mundo hacia el mundo futuro (pascha. transitus). Llenos de su gracia y vivificados por su Espíritu, podemos transmitir su amor Y, por ello, glorificar al Padre. De la misma manera que nosotros somos incapaces de ofrecer a Dios un verdadero sacrificio por nuestras propias fuerzas. así también debemos ser, por la fuerza de Cristo, asumidos en su propio sacrificio. .Cuando, en la Cena del Señor, nos presentamos ante Dios dándonos a él, no lo hacemos más que .por Cristo», es decir, en referencia al don que él hace de sí mismo.:. .Darse, es a fin de cuentas, abrirse para recibirle» [13]
“Así, unidos a nuestro Señor que se ofrece a su Padre. y en comunión con la Iglesia universal en el cielo y en la tierra, nos renovamos en la Alianza sellada con la Sangre de Cristo, y nos ofrecemos a nosotros mismos en un sacrificio vivo y santo que debe expresarse en nuestra vida cotidiana» [14]
Es de esta manera como debe renovarse sin cesar aquello que, a fin de cuentas, es el sentido mismo de la fe cristiana: la unión vislumbrada por esta fe es la unión con el Señor concreto. con todo su destino concreto. Quien se une a él está llamado a morir y a resucitar con él (cf. Infra nn. 34.36).
En Cristo
19. Este ser-con-Crlsto se funda y culmina en el ser-en-Cristo. Bajo los signos del pan y del vino el Señor ofrece en alimento su Carne y su Sangre entregadas por todos, es decir, él mismo. De esta forma él se manifiesta como “el pan vivo bajo del cielo» (Juan 6, 51). Recibir con fe este alimento es hacerse partícipe de una comunión con Cristo, semejante a la del Hijo con el Padre. “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Juan 6, 57). Cristo quiere estar en nosotros y a la vez nos otorga el estar en él; “EI que come mi Carne y bebe mi Sangre. permanece en mí, 'Y yo en él” (Juan 6, 56). Esta comunión tiene su fundamento en 'la eternidad y, a su vez, la alcanza más allá del tiempo: “EI que coma de este pan vivirá para siempre” {Juan 6. 58).
20. Al darse él mismo, Cristo reúne a todos cuantos participan en su Cena: la multitud se convierte en “un solo cuerpo» (1 Cor 10, 17). Los participantes son edificados por la fuerza del Espíritu Santo en un solo y mismo pueblo de Dios. “Es el Espíritu el que vivifica” (Juan 6, 63). Así la Cena eucarística es la fuente de la vida. renovada cada día, del pueblo de Dios que en ella es convocado y mantenido en la misma fe.
IV. EN LA UNIDAD DEL ESPIRITU SANTO
El Espíritu Santo y la Eucaristía
21. Jesús, durante su vida, lo hizo todo en el Espíritu Santo (cf. Lucas 4, 1; 14, 17-21). En él se ofreció en sacrificio (cf. Hb 9, 14). En el poder del Espíritu Santo venció el pecado y la muerte, resucitó del sepulcro y vive en medio de su comunidad pentecostal. Por este mismo Espíritu, y en él, todos los creyentes deben permanecer unidos a Cristo y continuar su obra.
También la acción eucarística de Jesús se realiza por el Espíritu Santo. Todo lo que el Señor nos da y todo lo que nos hace aptos para apropiárnoslo es don del Espíritu Santo. Esto se expresa en la liturgia, muy particularmente en ia invocación del Espíritu Santo (epiklesis) [15] .
22. Cuando hace memoria de la intercesión de Cristo, su Gran Sacerdote, la Iglesia pide con confianza el don de su Espíritu, a fin de que, por los dones eucarísticos, ella misma sea renovada, santificada y confortada para realizar su misión en el mundo. Gracias al Espíritu Santo el pan y el vino se convierten, por la palabra creadora, en el Cuerpo y Sangre de Cristo. El Espíritu de amor hace efectivo el sacramento del amor en el cual el amor divino alcanza al hombre en su realidad terrena para atraerlo hacia sí.
23. Sólo en el Espíritu Santo puede la comunidad acceder a esta fe sin la cual no puede celebrar la Eucaristía. La epíklesís es, pues, también la oración que pide una fe viva que nos disponga a celebrar el memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo. La Eucaristía no es un medio de salvación automáticamente eficaz para la salvación del mundo; presupone la presencia del Espíritu Santo en el creyente (cf. supra nn. 7-9).
24. En la Eucaristía, los frutos del Espíritu Santo -el amor; la alegría, la paz- son dados a los creyentes en participación; en ellos se realiza una anticipación de la plenitud definitiva. La Eucaristía es el banquete celebrado para confortar a los creyentes con miras al retorno glorioso de Cristo. la invocación al Espíritu Santo constituye, de esta manera, una oración que pide la irrupción del mundo futuro en nuestro mundo de hoy (cf. Infra nn.42-45)
La Eucaristía y la Iglesia
25. Los creyentes, que han sido ya bautizados en el mismo Espíritu para formar un solo cuerpo (cf. 1 Corintios 12: 13) y se alimentan con el Cuerpo de Cristo, van haciéndose cada vez más un solo y mismo cuerpo, por la gracia del Espíritu Santo (cf. 1 Corintios 10, 17). La Eucaristía y la Iglesia, están, pues, unidas vitalmente de múltiples maneras:
26. Por el hecho de que Cristo se da a los suyos en la Eucaristía, su vida pasa a ser la de ellos; su Espíritu el suyo. El acontecimiento de la comunión eucarística con Cristo se convierte en la forma permanente de vida de la comunión eclesial con Cristo. -La participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no realiza otra cosa que transformarnos en aquello que recibimos” [16] . “Somos atraídos y transformados verdaderamente también nosotros en el cuerpo espiritual, es decir, en la comunión con Cristo y con todos los santos; y, por este sacramento, participamos de todas las virtudes y de todas las gracias de Cristo y de sus santos” [17] . La Eucaristía es así simultáneamente la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia. Sin la comunión en la Eucaristía no hay plena comunión eclesial; sin la comunión eclesial no hay verdadera comunión en la Eucaristía.
27. Esto vale en primer término para la comunidad concreta reunida en tal o cual lugar para celebrar la Cena del Señor; pero ello concierne igualmente y en la misma. medida a la cristiandad entera. “La participación del mismo pan y del mismo cáliz en un lugar dado opera la unidad de los comulgantes con Cristo entero y con todos los demás comulgantes de todos los tiempos y lugares. Al compartir el mismo pan, manifiestan su pertenencia a la Iglesia en su catolicidad” [18] .
La frontera misma de la realidad terrena es franqueada en el sentido que el Espíritu Santo nos une igualmente con aquellos que nos han precedido en la fe y que han sido llamados a la comunión permanente con Dios.
28. El hecho de que los cristianos continúen pecando contra esta unidad es tanto más grave cuanto que ella es un don que nos ha sido dado por Cristo. Esto sucede cuando a los cristianos les falta fe y esperanza; pero también cuando toleran o -lo que es peor todavía-:cuando ellos mismos son los que provocan profundas separaciones entre los hombres, en el plano Individual o en el social.
El cristiano, inserto en la comunión con el Señor, debe combatir con él para derribar los muros de enemistad que los hombres alzan entre ellos: muros de enemistad entre tribus, entre naciones, entre razas, sexos. generaciones, confesiones y religiones [19] .
V. GLORIFICACIÓN DEL PADRE
29. la comunión con Cristo, en la cual nos introduce la Eucaristía por la fuerza del Espíritu Santo, conduce en definitiva al Padre eterno. Esto se realiza en distintos planos y según formas diversas y, a !a vez, relacionadas entre sí.
Proclamación
30. No sólo en las lecturas y en la predicación, sino en toda su celebración, la Eucaristía es proclamación de la grandeza y de la misericordia de Dios. De acuerdo con esto, cada uno de sus elementos reviste una significación particular según su propia naturaleza.
La confesión de los pecados por parte de la comunidad reunida Implica siempre y al mismo tiempo la expresión pública del “sí” abierto a la acción reconciliadora de Dios.
La lectura e interpretación de la Sagrada Escritura hacen posible que la Palabra misma de Dios hable en cada nueva situación, tornándose de este modo eficaz. El testimonio de la Sagrada Escritura y la predicación de las maravillas de Dios no sólo suscitan la confesión de fe, sino que constituyen ya, por sí mismos, un ejercicio de esta confesión.
El pan y el vino, -frutos de la tierra y del trabajo del hombre” [20] , son, ante todo, dones del Padre y síntesis de su creación, que él hizo buena. El acontecimiento que los transforma es una referencia Impresionante a la acción que Incesantemente conserva y sostiene todas las cosas en su ser, en cada momento, y las conduce a su plenitud.
Pero, sobre todo. en cada cena eucarística se rinde testimonio al amor que Dios ha manifestado en la cruz hacia todo el mundo, al entregar a su propio Hijo por la salvación del mundo (cf. Juan 3, 16): “Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga “ (1 Cor 11, 26).
Acción de gracias
31. Proclamación y acción de gracias están, por su misma naturaleza, estrechamente relacionadas. En este sentido -la Eucaristía es la gran acción de gracias al Padre por todo lo que ha realizado en la creación, la redención y la santificación, por todo lo que realiza ahora, en la Iglesia y en el mundo a pesar de los pecados de los hombres; por todo lo que realizará conduciendo su Reino a la plenitud. Así, la Eucaristía es la bendición (berakah) por la cual la Iglesia expresa su agradecimiento a Dios por todos sus beneficios [21] .
En la celebración de la comunidad, la acción de gracias a Dios, creador de todas las cosas buenas que se nos dan, encuentra una expresión no sólo verbal, sino también material. El don que Cristo hizo de si mismo y la promesa del Reino que viene relativizan todas las riquezas de este mundo, y nos hacen conscientes, al mismo tiempo, de Dios como donador y de nosotros como administradores de estos dones. Ofreciendo el pan y el vino alabamos a Dios, que, por nuestro trabajo. nos procura los bienes terrenales necesarios para el mantenimiento de nuestra vida. Nos ofrecemos a nosotros mismos (cf. Romanos 12. 1) Y compartimos lo que nos ha sido dado.
Intercesión
32. Confortada por su fe en los beneficios de Dios, la comunidad intercede, en la celebración eucarística, por todos los hombres, por las necesidades del mundo, por las preocupaciones de los cristianos y de aquellos que tienen responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad. La Iglesia se une así a la intercesión que su Señor presenta ante el Padre (cf. Hb 7, 25) y por él intercede para la salvación del mundo que nos ha sido prometida -salvación que la comunidad. en su fe y en su esperanza, ha pregustado ya en el Espíritu-. El hecho de que esta confianza en la acción salvadora de Dios hacia el mundo se exprese de nuevo, más claramente, en la celebración eucarística nos alegra y nos obliga a dar testimonio de una solidaridad activa hacia todos los necesitados [22] .
Alabanza
33. “La Eucaristía es el gran sacrificio de alabanza por el cual la Iglesia habla en nombre de toda la creación" [23] . A causa de la caída enmudeció el sacrificio de alabanza debido a Dios por la humanidad. En Cristo. ha cobrado nueva vida. En la asamblea eucarística, en particular en el Prefacio y en el Sanctus, la creación renovada en Cristo canta un himno de alabanza. Vuelve a ser capaz de adorar al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23 ss.).
Ofrenda de si mismo
34. En su Cuerpo entregado por los suyos (Lucas 22, 19; 1 Corintios 11, 24) y en su Sangre derramada por ellos (Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22. 20), el Señor está presente en su entrega. Está entre nosotros como aquél que el Padre ha entregado en el Espíritu Santo, y como aquél que, en el mismo Espíritu, se entrega a Sí mismo por el Padre y por los hombres. De esta forma él se comunica, y de esta manera también desea continuar su acción. Cuanto más asumida es la comunidad celebrante en esta ofrenda, tanto más vive para la mayor gloria de Dios. La Iglesia, que anuncia la muerte del Señor, es llamada ella misma a unirse a esta muerte. No sólo debe conocer y hablar de este sacrificio. sino también dejarse asumir por él. Muriendo con su Señor, debe estar preparada para resucitar con 1:1.
35. La unión ofrecida por Cristo afecta igualmente a la voluntad y a la acción de los suyos. .Este es el fruto de la Santa Cena: que tú te das con toda tu vida, así como Cristo, por estas palabras, se entregó a ti con todo lo que es [24] . (cf. supra n. 18).
36. Cuando la Iglesia cumple el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22. 19; 1 Corintios 11, 24) entra cada vez de nuevo en contacto con el sacrificio de Cristo; recibe de Él una nueva vida y la fuerza para morir con Él.
“La noción de 'memorial' tal como era entendida en la celebración pascual en tiempos de Cristo -es decir, hacer eficaz en el presente un acontecimiento del pasado- ha abierto el camino a una mejor Inteligencia de la relación entre el sacrificio de Cristo y la Eucaristía. [25] (cf. supra n. 17).
Lo que sucede en la celebración-memorial del pueblo de Dios es bastante más que el hecho de hacérsenos presentes los acontecimientos pasados gracias a los recursos de la memoria y de la imaginación. Lo que es decisivo no es que se recuerde el pasado. sino que el Señor convoca a su pueblo ante su presencia y lo encara con su acción de salvación. En esta acción creadora de Dios el acontecimiento salvífico pasado deviene en el presente oferta y promesa de salvación para el futuro.
Todos aquellos que celebran la Eucaristía en conmemoración .de Cristo son asumidos en su vida, pasión, muerte y resurrección. Recibiendo los frutos del sacrificio que Cristo ha hecho de su vida, reciben al mismo tiempo los frutos de la gesta reconciliadora de Dios. En la Cena pascual de la Nueva Alianza son liberados y unidos con Dios y entre ellos. Por eso le “dan gracias por todos sus dones, imploran los beneficios de su pasión para toda la Iglesia, participan en estos beneficios y entran en el movimiento de su autodonación” [26] .
Recibiéndolo con fe, son asumidos como miembros de su Cuerpo en el sacrificio reconciliador que les dispone a la entrega de sí mismos (Romanos 12, 1) Y les hace aptos para "ofrecer por Jesucristo sacrificios espirituales» (1 Pe 2, 5) en servicio del mundo. Así puede aprenderse en la Cena del Señor todo aquello que debe ponerse en práctica en el conjunto de la vida cristiana. .Con corazón humilde nos ofrecemos a nosotros mismos como un sacrificio vivo y santo que debe hallar su expresión en toda nuestra vida cotidiana” [27]
37. Nuestras dos tradiciones coinciden en ver en la Eucaristía un sacrificio de alabanza. No se trata de una alabanza puramente verbal ni de una adición o un complemento que, por sus propias fuerzas, los hombres añadirían al sacrificio de alabanza y de acción de gracias que Cristo ofreció al Padre. El sacrificio de alabanza eucarística no ha sido posible más que por el sacrificio de Cristo en la Cruz; de ahí que éste continúe siendo el contenido primordial del sacrificio de alabanza de la Iglesia. Es únicamente “por Él, con Él, y en Él, nuestro Sumo Sacerdote y nuestro intercesor, como ofrecemos al Padre, por el Espíritu Santo, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias y nuestra plegaria” [28] (cf. infra nn. 56-61).
VI. PARA LA VIDA DEL MUNDO
38. El movimiento de vida de Jesús hacia el Padre, movimiento en el que él incluye a los suyos, debe beneficiar a todos. El pan que es Jesús mismo, y que él da, es dado “para la vida del mundo" (Juan 6, 51).
La celebración eucarística en su relación con el mundo.
39. -El mundo que Dios ha reconciliado consigo en Cristo está presente en cada Eucaristía: en el pan y en el vino, en la persona de los fieles y en las plegarias que ofrecen por todos los hombres. Así la Eucaristía abre al mundo el camino de su transfiguración" [29] . Ella revela al mundo lo que es y lo que debe devenir [30] . Enraizada en el pasado, realizada en el presente y orientada hacia el futuro, la Eucaristía concentra en sí misma todas las dimensiones del acontecer histórico. Esto muestra su profunda relación con nuestro mundo en mutación; ella contribuye a comprenderlo mejor y a cooperar de forma más responsable en su transformación,
En la unidad eucarística se prepara la nueva unidad de la humanidad. Como cabeza de su Iglesia, Cristo es cabeza de toda la humanidad redimida.
El entrega su vida a la Iglesia para que de esta manera alcance a todos. “Cuando, invitados por un mismo Señor, nos reunimos en torno a una misma mesa para 'compartir el mismo pan', nos hacemos uno en nuestro compromiso, no sólo con Cristo y entre nosotros, sino también en nuestra entrega a la misión de la Iglesia en el mundo" [31] .
La responsabilidad ante el mundo de los que celebran la Eucaristía
40. La Eucaristía está ordenada a la salvación del mundo no sólo en tal o cual de sus partes, sino en su totalidad. los que participan en la Eucaristía son convocados al servicio del mundo. La comunión con Cristo capacita y obliga a comprometerse con todos los hombres.
41. “Reconciliados en la Eucaristía, los miembros del cuerpo de Cristo se convierten en servidores de la reconciliación entre los hombres y testigos del gozo de la resurrección. Su presencia en el mundo Implica la solidaridad en el sufrimiento y la esperanza con todos los hombres, con los cuales están llamados a comprometerse para manifestar el amor de Cristo en el servicio y la lucha. La celebración de la Eucaristía, fracción del pan necesario para la vida, estimula a no consentirla existencia de los hombres privados de pan, de justicia y de paz” [32] .
Este compromiso es particularmente necesario cuando en el interior de la Iglesia surgen separaciones sociales, nacionales o raciales (cf. 1º Corintios 11: 18-30). Anomalías de esta clase pueden revelarse tan nefastas como las escisiones de la fe. Están en contradicción con la naturaleza de la Iglesia; hacen ineficaz su testimonio e indigna su celebración sacramental. Estas palabras del Señor valen también para la Eucaristía: “Ve primero a reconciliarte con tu hermano, y, después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:24).
VII. EN LA PERSPECTIVA DE LA FUTURA GLORIFICACIÓN.
42. En la Eucaristía anunciamos “la muerte del Señor hasta que venga” (1º Corintios 11:26). En ella se promete la gloria futura y esta misma gloria empieza a manifestarse y a comunicarse.
PROMESA.
43. La forma y la eficacia de la Eucaristía son una promesa de la gloria eterna a la que estamos destinados, así como una referencia al cielo nuevo y a la tierra nueva hacia la cual caminamos: “Por ello la celebración de la Eucaristía nos orienta hacia la venida del Señor y nos la hace cercana. Ella es una gozosa anticipación del banquete celestial, cuando la redención será plenamente realizada y toda la creación liberada de cualquier esclavitud” [33] . “Felices los invitados a las bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:9).
MANIFESTACIÓN.
44. La cena eucarística nos permite la gloria futura como el banquete de bodas eterno y sin límites, al cual nos invita el Señor. En cuanto que es cena fraternal en la cual Cristo nos libera y nos une, ella orienta nuestra mirada hacia el Reino eterno que nos está prometido, donde reinarán una libertad y una justicia sin límites.
La participación en la celebración de la Eucaristía exige de nosotros simultáneamente compromiso personal y servicio a la comunidad. Por ello se nos indica el pleno desarrollo de nuestra vida personal y social que forma parte de esta gloria de Dios en la cual, por gracia, nos es dado tener parte.
MEDIACIÓN.
45. El futuro prometido comienza misteriosamente desde ahora en la Cena del Señor. Quien recibe el pan de vida tiene la vida eterna (Juan 6, 54). No es en un momento dado, un día, sino inmediatamente como somos asumidos en el gran futuro que el Señor nos abre. La vida eterna no empezará más tarde, sino que está ya aquí, en aquél que se une al Señor. Desde ahora el mundo ha hecho irrupción en nuestro mundo de hoy.
«De este modo, dándole la Eucaristía, el Señor concede a la Iglesia tomar aliento y perseverancia» [34] , para que, en la debilidad, viva hasta el final en medio de sufrimientos y luchas; le da la fuerza de comprometerse sin descanso en la renovación de la vida y las estructuras de este mundo. La vida del mundo futuro, prometida, manifestada inicialmente y comunicada a los, que creen, puede y debe ser efectiva ya en este mundo.
Segunda parte TAREAS COMUNES
46. El testimonio común sobre la Cena del Señor nos enfrenta a tareas que, en lo posible, deberíamos abordar en común.
(I) Debemos dar cuenta de en qué medida pueden ser desde ahora clarificados y superados los problemas que, en otro tiempo, han roto nuestra comunión en la fe y en la Eucaristía; y en qué medida todavía se oponen a una plena comunión.
(II) La forma litúrgica concreta de la celebración eucarística de nuestras comunidades debe corresponder a aquello que confesamos en la fe.
(III) El testimonio de la fe no puede limitarse ni al ámbito teológico ni al ámbito individual; el mayor número posible de miembros del pueblo de Dios deberían hacerlo suyo y transmitirlo de forma viva (recepción).
I. SUPERACION DE POSTURAS OPUESTAS
47. Aquello que conjuntamente reconocemos y las convicciones que nos son comunes nos llenan de esperanza: muchos puntos que, en otro tiempo, nos dividían, han sido superados por una y otra parte; en cuanto a las divergencias que permanecen, se sitúan en un contexto en el que reina un acuerdo global. Las posturas opuestas y que obstaculizan nuestra plena comunión en la fe y en la Eucaristía, deben ser percibidas, valoradas y abordadas a fin de discernir y superar aquello que. nos separa. .
Presencia Eucarística
48. Católicos y Luteranos confiesan en común la presencia real y verdadera del Señor en la Eucaristía. Existen .diferencias en cuanto a las formulaciones teológicas que expresan el modo de esta presencia real, y también en cuanto a su duración.
49. Para confesar íntegramente la realidad de la presencia eucarística, la Iglesia Católica enseña que el “Cristo total e íntegro" [35] se hace presente por la conversión de toda la substancia del pan y del vino en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en tanto que permanece inalterado aquello que del pan y del vino es perceptible por nuestros sentidos (accidentes). Esta «admirable y única conversión... la Iglesia, muy apropiadamente, la lIama transubstanciación" [36] . De parte luterana se ha visto - generalmente en esta terminología una tentativa de explicar de una manera racionalista el misterio de la presencia de Cristo en el sacramento; algunos piensan también que, de esta manera, el Señor presente no sería visto como persona, y que se formaría de un malentendido naturalista.
50. Los Luteranos, para expresar la realidad de la presencia eucarística, han hablado, no de una transubstanciación, sino de una presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en, con y bajo el pan y el vino. Se quiere descubrir aquí una real analogía con la Encarnación: así como, en Jesucristo, Dios y el hombre se unen para formar una unidad, igualmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, de un lado, y el pan y el vino, de otro lado, forman conjuntamente una unidad sacramental. Los Católicos, por su parte, encuentran que, de esta forma, no se hace entera justicia ni a esta unidad ni a la eficacia de la palabra del Señor: «Esto es mi Cuerpo".
51. La discusión ecuménica ha mostrado que estas dos posiciones no deben ya ser consideradas necesariamente como oposiciones que separan. La tradición luterana afirma, en común con la tradición católica, que los elementos consagrados no continúan siendo pura y simplemente pan y vino, sino que, en virtud de la palabra creadora, son dados como Cuerpo y Sangre de Cristo. En este sentido se podría hablar también, con la tradición griega, de una «transformación" (Wandlung) [37] . En cuanto al concepto de -transubstanciación., lo que pretende es confesar y salvaguardar suficientemente el carácter de misterio de la presencia real; no pretende explicar cómo se opera este cambio [38] (véase el excursus sobre “La Presencia de Cristo en la Eucaristía”).
52. Por lo que atañe a la duración de la presencia eucarística las diferencias se aclaran también en la práctica litúrgica.
Católicos y Luteranos confiesan conjuntamente que la presencia eucarística del Señor Jesucristo está destinada a su recepción en la fe. pero que no se limita al momento de la recepción; e igualmente, que la presencia no depende de la fe del que comulga, aunque esté destinada a él. .
53. Según la doctrina católica. el Señor concede el don de su presencia más allá del momento de la celebración, durante todo el tiempo que permanezcan las especies de pan y vino. Conforme a ello, los fieles son invitados, en la veneración del Santísimo Sacramento “a rendirle el culto de adoración que es debido al Dios verdadero” [39] .
54. De parte luterana no es raro que algunos se sientan escandalizados por ciertas formas de piedad eucarística vinculadas a esta convicción. Se la valora como una separación inaceptable con el acontecimiento de la Cena. Pero, por otra parte, la manera como es tratado muchas veces por parte luterana lo que queda de los elementos después de la celebración, hiere la sensibilidad católica e indica una divergencia aún no superada (cf. el excursus sobre “La Presencia de Cristo en la Eucaristía”, nota 2).
55. Para remediar este punto se debería “recordar por parte católica, en particular en la catequesis y en la predicación, que la intención primera de la reserva eucarística es la distribución a los enfermos y a los ausentes”; por parte luterana, sería preciso “que se busque la mejor forma de testimoniar el debido respeto a los elementos que han servido para la celebración eucarística, es decir, su consumación ulterior, sin excluir su uso para la comunión de los enfermos» [40] .
Por lo que atañe a la adoración de la Eucaristía, los Católicos deberían estar atentos a que su práctica no contradijera la convicción común del carácter de banquete de Ia Eucaristía. Deberían igualmente tener en cuenta que existen otras formas de piedad eucarística, por ejemplo en las Iglesias ortodoxas, sin que, por otra parte, la fe eucarística de las mismas pueda ser cuestionada. Los Luteranos. por su parte, deberían considerar el hecho de que no solamente “durante siglos la adoración de la reserva eucarística ha formado parte en gran proporción de la vida católica, y que ha constituido una forma Importante de la piedad” [41] , sino que también, para ellos mismos, “el culto divino, la veneración y la adoración son formas apropiadas todo el tiempo en que Cristo permanece sacramentalmente presente” [42] .
Sacrificio eucarístico
56. Católicos y Luteranos confiesan conjuntamente que en la Cena del Señor, “Jesucristo está presente como el crucificado, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, como la víctima ofrecida en sacrificio una vez por todas por los pecados del mundo” [43] . Este sacrificio no puede ser ni continuado, ni repetido, ni sustituido, ni completado; pero puede y debe ser eficaz de forma siempre nueva en el seno de la comunidad. Acerca del modo y la medida de esta eficacia, se dan Interpretaciones distintas entre nosotros.
57. Según la doctrina católica, en cada Eucaristía “es ofrecido un sacrificio verdadero y auténtico (verum et proprium sacrificium)” [44] por Cristo. “Este sacrificio es verdaderamente propiciatorio; por él, si nos acercamos a Dios con un corazón sincero, una fe auténtica, con temor y respeto, contritos y penitentes, obtenemos misericordia y hallamos gracia para una ayuda oportuna (Hebreos 4. 16)... Es una sola y misma víctima, la misma que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes y la que se ofreció a sí misma en la Cruz; sólo difiere la manera de ofrecer... Por ello (esta oblación) es ofrecida legítimamente, según la tradición de los Apóstoles, no sólo por los pecados. las penas, las satisfacciones y otras necesidades de los fieles, sino también por aquellos que murieron en Cristo y aún no están plenamente purificados” [45] .
58. Como miembros de su cuerpo los fieles son asumidos en el sacrificio de Cristo. Esto se realiza de distintas maneras; ninguna de ellas supone algo añadido desde el exterior al sacrificio de Cristo, sino que todas tienen su origen en este sacrificio y remiten a él.
La preparación litúrgica de la Cena del Señor con la ofrenda del pan y del vino forma parte de este sacrificio eucarístico.
Ante todo se requieren la participación interna, el reconocimiento y declaración de Ia propia impotencia y de la total dependencia de la ayuda del Señor, la obediencia a su mandato, la fe en su palabra y en su promesa.
Haciendo presente en la Eucaristía al Señor -que es ofrecido y se ofrece en sacrificio- los que han sido salvados por él pueden sacrificar (opfern) en el mejor sentido de la palabra. Ellos ofrecen al Padre celestial un don que no es compatible ni con la autosuficiencia ni con la propia justicia. Es un don del amor de Dios absolutamente libre, al que nada le obliga, y de ninguna manera merecido por los hombres; un don, a la vez, vinculado a lo más profundo del hombre, mucho más de lo que puede estarlo cualquier otra cosa que pueda ofrecerse: Cristo, en efecto, se ha hecho algo totalmente nuestro; es nuestra Cabeza. Nosotros mismos, no podemos ofrecer a Dios ni alabanza, ni gloria, ni honor; pero ofrecemos a Cristo, que es nuestra alabanza, nuestra gloria y nuestro honor. Cuando la Iglesia Católica se atreve a afirmar que no solamente Cristo se ofrece sino que también ella le -ofrece en sacrificio- (opfert], se refiere precisamente a este gesto por el que manifiesta la propia impotencia, se remite totalmente a Cristo, y lo presenta como don al Padre. -Los miembros del cuerpo de Cristo están unidos a Dios y entre ellos, por medio de Cristo, tan íntimamente que participan de su adoración, del don que Él hace de Sí mismo, de su sacrificio ofrecido al Padre. Al convertirse en una unidad Cristo y los cristianos, la asamblea eucarística “ofrece a Cristo” por el mismo hecho de consentir en ser ofrecido por Él al Padre, por la fuerza del Espíritu Santo. Fuera de Cristo, no poseemos dones, adoración, o sacrificio, que pudiéramos ofrecer a Dios por nosotros mismos. No podemos ofrecer en favor nuestro otra cosa más que a Cristo, el Cordero inmolado y la víctima que el Padre nos ha entregado” [46]
59. Por parte de los cristianos de la Reforma, existe et temor de que el hecho de ver en la Eucaristía un sacrificio propiciatorio contradiga el carácter único y plenamente suficiente del sacrificio de la Cruz, y ponga en cuestión la unidad de la mediación de Cristo (cf. el excursus «La Misa como sacrificio de expiación-). Según la concepción de la Reforma luterana, la celebración de la Cena del Señor tiene como objetivo propio otorgar a la comunidad reunida el don del sacrificio de la cruz, que está allí presente, para que ella lo reciba, en la fe, como medio eficaz de salvación. Surgió, en efecto, en algunos una sensación de escándalo al considerar que, en la práctica, la comunión de los fieles había pasado en un segundo plano. la principal razón de ella se juzgó que radicaba en eL hecho de considerar la Misa como un sacrificio propiciatorio; y se creyó que a causa de ello, se abría paso a una interpretación que dispensaba de recibir en la fe la gracia eucarística, mientras atribuía aL sacerdote un poder sacrificial autónomo (cf. la polémica de los reformadores contra la Misa como obra ex opere operato). De ahí que la tradición luterana evite absolutamente, hasta nuestros días, la expresión “sacrificio de la Misa”.
60. Por el contrario la Reforma luterana ha reconocido a la Cena del Señor el sentido de un sacrificio de acción de gracias por el sacrificio de la cruz presente en el sacramento. Este sacrificio de acción de gracias es una expresión de la fe y consiste en que “nosotros ofrecemos con Cristo, es decir, que con una fe firme en su testamento nos apoyamos en Cristo y que, al presentamos ante Dios con nuestra plegaria, nuestra alabanza y nuestra ofrenda, no lo hacemos más que por Él y por sus medios (de salvación); y que no dudamos que Él es nuestro párroco y nuestro sacerdote (Pfaff, esto es, Priester) en el cielo, ante el rostro de Dios» [47] . El “sacrificio eucarístico” [48] así entendido, celebrado en la fe por los hombres reconciliados, se expresa en la acción de gracias y la alabanza, en la invocación y Ia confesión de Dios en los sufrimientos y en todas las buenas obras de los fieles. Tales son los sacrificios que, en referencia a 1º Pedro 2: 5 Y Romanos 12, 1, son particularmente subrayados en la doctrina de la Reforma [49] .
61. En el diálogo ecuménico hemos aprendido a comprender mejor las formas de ver de los demás. A ello han contribuido especialmente las investigaciones sobre el fondo histórico de la polémica de los reformadores, así como la toma en consideración de los desarrollos que recientemente se han producido en nuestras dos Iglesias. Cada vez vemos mejor que las concepciones del otro son interrogantes planteados a nuestras propias concepciones, y una ayuda que se recibe para mejorarlas, profundizar en ellas y vivificarlas.
Podemos constatar con gratitud una creciente convergencia en muchas cuestiones que habían gravado con fuerza particular hasta ahora en nuestros diálogos:
a) Según la doctrina católica, el sacrificio de la Misa consiste en que se hace presente el sacrificio de la cruz. No la reitera ni le añade nada a su significación salvífica. En este sentido, da testimonio y no cuestiona la singularidad y suficiencia plena del sacrificio de Cristo en la cruz.
b) Según la doctrina católica, cuando se trata de la doctrina de los sacramentos, e! ex opere operato significa la prioridad de la acción de Dios. Subrayar esta prioridad es también una preocupación luterana.
c) Una tal comprensión de! opus operatum no excluye ni la participación de cada uno en la fe, ni la de toda la comunidad que celebra: la acción de Dios la hace posible y lo requiere.
d) La importancia de la participación creyente en la celebración no queda tampoco lesionada por la convicción de que los frutos de la Eucaristía se extienden más allá del círculo de aquellos que están presentes. Ciertamente, el don que Cristo hace de su Carne y de su Sangre a quien los recibe con fe en la Eucaristía no es transferible; sin embargo, podemos esperar que él conceda también a otros su ayuda. Si y cómo se produce esto, es cuestión del amor soberano del Señor.
Las intercesiones y las intenciones de misas celebradas por tal o cual persona, viva o difunta, no pretenden en absoluto limitar su libertad.
Estas convicciones nos dan la firme esperanza de que conseguiremos clarificar las cuestiones que aún están abiertas,
Comunión eucarística.
62. Católicos y Luteranos confiesan en común que, en la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo son recibidos realmente, sea para la salvación sea para la perdición (cf. 1 Corintios 11. 27-29). Confiesan que el pan y el vino eucarísticos recibidos con fe conceden el don de la unión personal con Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador. Concuerdan también en reconocer que la eficacia de la acción del Señor recibido por los fieles no puede ser determinada por ninguna medida humana, sino que es del dominio de la libre acción divina. de la cual nadie puede disponer.
63. Católicos y Luteranos están convencidos conjuntamente. de que la Eucaristía es esencialmente un banquete comunitario. Según fa comprensión evangélica. la comunión de la comunidad es una parte constitutiva de la celebración de la Eucaristía tal como fue instituido por el Señor. De ahí que ellos vean en las misas celebradas sin participación del pueblo (designadas de un;; manera ambigua y teológicamente inaceptable, con el nombre de “misas privadas”) una costumbre que no responde ni a la institución del Señor, ni a la práctica de la Iglesia antigua, Ahora bien; sobre todo después del Segundo Concilio Vaticano, se ha operado un cambio importante en la práctica de la Iglesia Católica, al colocar en primer lugar la “celebración común con asistencia y participación activa de los fieles... con lo que queda claro que toda misa guarda su carácter público y social” [50] . Esta prioridad de la celebración comunitaria constituye un acercamiento Importante entre nuestras prácticas eucarísticas. (Cf. el excursus: “La Eucaristía como Cena comunitaria»).
64. Católicos y Luteranos están convencidos conjuntamente de que el pan y el vino forman parte -los dos- de la forma completa de la Eucaristía. En la celebración católica de la Eucaristía, ésta no es dada a los fieles más que bajo la especie de pan en la mayoría de los casos. La razón es, sobre todo, de orden práctico y reposa en la convicción de que Cristo está plenamente presente bajo cada una de las especies, de manera que recibido bajo una sola especie no aminora en nada su eficacia. Los Reformadores, por el contrario, piensan que la plena conformidad con la institución y la totalidad del signo sacramental no están aseguradas, conforme a las palabras de la institución de Jesús, más que cuando todos reciben también el cáliz. La doctrina luterana no niega que Cristo esté presente totalmente bajo cada una de las dos especies, y la práctica luterana sabe de casos de necesidad pastoral en los que la Santa Cena puede ser recibida igualmente bajo una sola especie. (Cf. el excursus “La Eucaristía como Cena comunitaria»).
Las posibilidades de recibir la Eucaristía bajo las dos especies han sido considerablemente ampliadas en el Segundo Concilio Vaticano. Si subsisten todavía en la doctrina y en la práctica divergencias no son ya actualmente motivo para separar nuestras Iglesias.
Eucaristía y Ministerio
65. Católicos y Luteranos están convencidos. conjuntamente, de que corresponde a la Eucaristía que su celebración sea dirigida por un ministro que tenga mandato de la Iglesia.
66. Según la doctrina católica, «toda celebración legítima de la Eucaristía es presidida por el obispo, a quien está encomendada la carga de presentar a la Majestad Divina el culto de la religión cristiana y de regularla según los preceptos del Señor y según las leyes de la Iglesia” [51] .”Una 'Eucaristía no es legítima más que si se realiza bajo la autoridad del obispo o por quien tenga mandato de él” [52] . En consecuencia, haber sido ordenado obispo o presbítero es una condición indispensable para presidir la Cena del Señor. De ello se sigue que ni tan sólo en casos excepcionales, puede haber celebración eucarística sin presbítero ordenado. En la medida en que falta el sacramento del Orden, considera la Iglesia Católica que las Comunidades eclesiales separadas de ella “no han conservado toda la realidad propia del ministerio eucarístico” [53]
67. También según la doctrina luterana el culto eucarístico es dirigido por un ministro ordenado [54] .”Función de ministerio es la de anunciar el Evangelio y administrar los sacramentos de manera conforme al mismo, de suerte que se despierte y fortalezca la fe” [55] Según la concepción luterana el ministerio eclesiástico es de institución divina, aunque la ordenación no sea normalmente llamada un sacramento [56] .
68. El diálogo entre nuestras dos tradiciones ha permitido ya constatar notables convergencias en la cuestión del ministerio. Estas conciernen a la manera de concebir el origen y la función del ministerio, así como a la forma de transmitirlo por imposición de manos e invocación del Espíritu Santo [57] . A base de estas constataciones se ha propuesto como algo posible el proceder a un «serio examen” de un muto reconocimiento de los ministerios eclesiales [58] . En la puesta en práctica de esta recomendación será preciso preguntarse, entre otras cuestiones, cómo se considera desde el lado luterano una Eucaristía celebrada sin ministro ordenado. Después será necesario preguntarse cómo considera la Iglesia Católica la Eucaristía celebrada en la Iglesia Luterana. teniendo en cuenta la concepción la práctica luteranas de la ordenación. De una forma general. sería preciso elucidar la manera como conviene ver la función propia y el status eclesiológico del ministerio, así como las consecuencias que de ello se derivan para la estructura de la Iglesia.
Comunión creada por la Eucaristía
69. Católicos y Luteranos confiesan juntamente que Jesucristo une también entre sí a todos aquellos que están unidos con él.
70. Según la convicción católica esto vale también para la comunión con Cristo en la Eucaristía. Por ello, esta comunión comprende también a los que han muerto en !a paz del Señor. De ahí viene que la memoria y la intercesión por los difuntos forme parte de la celebración eucarística católica. La Iglesia Católica conmemora también a los difuntos que ya participan de la felicidad celestial, agradece a Dios la gracia que les ha concedido, y se encomienda a su intercesión y a su protección.
71. La celebración eucarística luterana expresa, también, en la alabanza y la intercesión, la comunión que existe entre la comunidad del cielo y la de la tierra. La Reforma, en verdad, ha rechazado la invocación a los santos, pero no ha discutido su intercesión en el cielo [59] . La reserva de su doctrina en cuanto a la suerte de los difuntos la hace asimismo reservada ante una plegaria en su favor.
72. Según la doctrina católica la comunión Eucarística exige y hace crecer a la Iglesia como comunión concreta en la fe.
Esta comunión comprende esencialmente:
· el poder ministerial, conferido por Cristo a sus Apóstoles y sucesores, los obispos con los presbíteros, de actualizar sacramentalmente su acto sacerdotal por el cual él se ofreció una vez por todas a su Padre en el Espíritu Santo y se entregó a sus fieles para que sean uno en él.
· la unidad de este ministerio que debe ser ejercido en nombre de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y por tanto en la comunidad jerárquica de los ministros.
· la fe de la iglesia que es profesada en la misma acción eucarístlca por la cual responde en el Espíritu Santo al don de Cristo tal como es en verdad [60] .
De ahí viene, según el Segundo Concilio Vaticano, que “no está permitido considerar la communicatio in sacris como un medio que pueda usarse indiscriminadamente (indiscretim) para restablecer la unidad de los cristianos [61] . Por ello, si bien la celebración común está prohibida entre Católicos y Luteranos, la admisión a la comunión eucarística puede, no obstante, ser concedida “por motivos suficientes- (propter rationes sufficlentes) [62] .
73. La Iglesia Luterana reconoce también el nexo que existe entre comunión eucarística y comunión eclesial. No obstante, incluso en el presente estado de división de las Iglesias, admite ciertas posibilidades de participación eucarística. Los criterios que le son propios le permiten. más fácilmente que a la Iglesia Católica. reconocer la validez de las celebraciones eucarísticas de otras Iglesias. “Sobre la base de los puntos reconocidos como comunes en la comprensión del Evangelio -lo cual tiene consecuencias decisivas para !a predicación, la administración de sacramentos y la práctica litúrgica- los Luteranos estiman que pueden recomendar desde ahora el intercambio ocasional de predicadores y una celebración en común de la Eucaristía, en ciertas circunstancias... De parte luterana. se subraya que la práctica eucarística de iglesias separadas debía orientarse por lo que exige de la Iglesia el servicio de la reconciliación de los hombres... Una celebración eucarística en la cual no puedan tomar parte los fieles bautizados sufre una contradicción interna y, por esto, no cumple, en su mismo planteamiento. la función que le asignó el Señor [63] .
II. FORMA CONCRETA DE LA PRACTICA LITURGICA.
74. Aquello que en la fe afirmamos como verdadero sobre la Cena del Señor debe determinar el contenido y la forma de nuestra liturgia. Esta obligación que se nos Impone en común, podemos y debemos realizarla en gran parte conjuntamente; al mismo tiempo, según la diversidad de comunidades, de tiempo y de tradiciones, se presentarán tareas cada vez diferentes y otros puntos de partida.
75. “El mejor camino hacia la unidad en la celebración eucarística y la comunión es la renovación misma de la Eucaristía en las diversas Iglesias en lo que concierne a la doctrina y la liturgia” [64] . También en la Eucaristía. los pasos dados hacia el centro son los que nos acercan mutuamente. Entre otros: “que los fieles accedan a la liturgia con las disposiciones de una recta intención, que armonicen su alma con su voz, y que cooperen con la gracia celestial para no recibirla en vano” [65] .
La renovación requerida debe tener siempre un doble horizonte: primero. el Señor. su palabra y su voluntad; después. nuestros contemporáneos con sus dificultades y sus posibilidades: la '"pequeña grey” de aquellos que comparten nuestra fe. y también la innumerable multitud de los hombres, hermanos nuestros, a cuya salvación está destinada la Eucaristía.
El testimonio común de la fe eucarística y el esfuerzo común para corresponder al mismo en la vida no tienen nada que ver con la uniformidad. Existe, en las formas litúrgicas, como en la teología y en la piedad. una diversidad de posibilidades. Estas pueden y deben iluminarse y complementarse unas a otras. «Así, en la diversidad misma, todos los testimonios de la admirable unidad que reina en el cuerpo de Cristo: en efecto. la diversidad misma de gracias, de ministerios y de actividades contribuye a unir a los hijos de Dios en un todo, pues todo 'es obra de un solo y mismo Espíritu”. (1º Corintios 12.11) [66] .
76. Sin perjuicio de esta diversidad, es preciso aspirar a un mayor acuerdo en algunas ejecuciones de carácter fundamental.
Según convicción común, «la celebración eucarística forma un todo que comporta un cierto número de elementos constitutivos: la predicación de la palabra de Dios, la acción de gracias por las obras de Dios, en la creación y la redención, con la conmemoración de la muerte y la resurrección de Cristo; las palabras de la Institución según el testimonio del Nuevo Testamento; la invocación del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, así como sobre la comunidad; la intercesión por la Iglesia y el mundo; la plegaria del Señor y el comer y beber en comunión con Cristo y con cada miembro de la Iglesia [67] .
La práctica litúrgica debería corresponder a estos elementos fundamentales afirmados en común. A estas tareas, que nos desafían en común, están ligadas otras que conciernen a cada una de nuestras Iglesias de manera particular.
Según la convicción luterana, de parte católica se debe tender a:
2. Evitar la celebración de la Misa sin participación del pueblo.
3. Asegurar mejor la predicación de la Palabra en el curso de cada celebración eucarística.
4. Repartir la comunión bajo las dos especies.
Según la convicción católica de parte luterana se debe tender a:
1. Una celebración más frecuente de la Santa Cena. "La Eucaristía es la celebración litúrgica nueva que Cristo ha dado a su Iglesia. Parece, pues, normal que sea celebrada cada domingo, o al menos una vez por semana” [68] .
2. Una mayor participación de toda la comunidad (en particular de los niños).
3. Una relación más estrecha entre el servicio de la Palabra y el del sacramento.
No debe perderse de vista que las distintas prácticas así evocadas dependen en parte de diferencias, aún no superadas, en la inteligencia de la fe. Se nos Impone como tarea común esclarecerlas y superarlas.
III. RECEPCION
77. En tanto una doctrina teológica no es aceptada y vivida por todo el pueblo de Dios, continúa siendo la teoría de unos cuantos. Incluso las declaraciones conciliares no tienen pleno efecto mientras no toman cuerpo en el pensamiento y la vida de los fieles. Es pues indispensable que nuestros hermanos cristianos respondan a nuestro testimonio común sobre la Eucaristía, que se responsabilicen en ell con nosotros. Por eso nos dirigimos a ellos pidiendo que examinen y consideren nuestras reflexiones, las mejoren cuanto sea necesario, y las hagan suyas en la mayor medida posible.
Participantes:
MIEMBROS DE LA COMISION
Católicos:
Obispo H. lo MARTENSEN, Dinamarca (Copresldente).
Prof. J. HOFFMAN, Francia.
Rvdo. J. F. HOTCHKIN, EE. UU. de América.
Prof. Dr. Sí. NAPIORKOWSKI, Polonia.
Direct. acad. Dr. V. PNOR, República Federal de Alemania. Obispo Prof. Dr. P. W. SCHEELE, República Federal de Alemania.
Luteranos:
Prof. Dr. G. A. LlNBECK, EE. UU. de América (Copresldente).
Obispo D. H. DIETZFELBINGER, República Federal de Alemania.
Rvdo. Dr. K. HAFENSCHER, Hungria.
Dr. P. NASUTION, Indonesia.
Prof. Dr. Bertoldo WEBER, Brasil.
Consultores:
trabajo hecho por Marili Souza y por la que escribe, o sea yo.
El hermano Alois en la entronización del patriarca de Moscú
El hermano Alois en la entronización del patriarca Cyril de Moscú
Acompañado por dos hermanos de la comunidad, el hermano Alois estuvo en Moscú el domingo 1ro de febrero para participar en la entronización del nuevo patriarca de Moscú y de toda Rusia, Cyril 1ro. El martes 3 de febrero fue recibido, en audiencia privada, por el patriarca. A continuación, la carta que el hermano Alois le escribió la noche de su elección:
Taizé, 27 de enero de 2009
Santísimo Padre:
Del fondo del corazón quisiera decirle cuanto, los hermanos de Taizé, estamos agradecidos por su elección como patriarca de Moscú y de toda Rusia. Agradecemos a Dios por la tan buena elección que hoy ha hecho el Concilio. Rezamos por el ministerio de comunión que le es confiado en el corazón de la Santa Iglesia ortodoxa rusa, y también al servicio del testimonio de unidad de todos los cristianos, que tanto necesita el mundo. Me alegro de poder estar presente en Moscú, con dos de mis hermanos, el domingo próximo para su entronización.
Recordamos la amistad profunda que nuestro hermano Roger le tenía desde hace tiempo. Estuvo en Taizé una primera vez cuando todavía era muy joven. Más tarde, el hermano Roger nos hablaba a menudo de la acogida que usted le había reservado a Leningrado en 1978, en el tiempo del venerado Metropolita Nikodim, siendo usted rector de la Academia de teología. Luego volvió a Taizé en la primavera de 1990. Y yo mismo no puedo olvidar la acogida tan calurosa que me ofreció, al lado del patriarca Alexis II, cuando fui a Moscú en junio de 2006, poco después de haber comenzado mi nueva carga de prior de Taizé.
A causa del amor profundo que nuestra comunidad tiene por la Iglesia ortodoxa y por Rusia, deseamos que estos lazos puedan continuarse y profundizar esta colaboración a la cual el patriarca Alexis II nos había llamado. Estamos agradecidos por la presencia de jóvenes ortodoxos rusos en Taizé y en los encuentros que preparamos en ciudades europeas. Ellos aportan a los jóvenes de otros países tanto el testimonio de su fidelidad a la tradición ortodoxa como el de la renovación actual de la Iglesia rusa. Sepa que estamos dispuestos a hacer todo lo posible para sostener su compromiso en sus Iglesias locales.
“Recordamos la amistad profunda que nuestro hermano Roger le tenía desde hace tiempo”
Abril 1990, el futuro Patriarca Cyril acogido en Taizé por el hermano Roger
http://www.taize.fr/IMG/jpg/021-nf-cyrille-p-360.jpg
Acompañado por dos hermanos de la comunidad, el hermano Alois estuvo en Moscú el domingo 1ro de febrero para participar en la entronización del nuevo patriarca de Moscú y de toda Rusia, Cyril 1ro. El martes 3 de febrero fue recibido, en audiencia privada, por el patriarca. A continuación, la carta que el hermano Alois le escribió la noche de su elección:
Taizé, 27 de enero de 2009
Santísimo Padre:
Del fondo del corazón quisiera decirle cuanto, los hermanos de Taizé, estamos agradecidos por su elección como patriarca de Moscú y de toda Rusia. Agradecemos a Dios por la tan buena elección que hoy ha hecho el Concilio. Rezamos por el ministerio de comunión que le es confiado en el corazón de la Santa Iglesia ortodoxa rusa, y también al servicio del testimonio de unidad de todos los cristianos, que tanto necesita el mundo. Me alegro de poder estar presente en Moscú, con dos de mis hermanos, el domingo próximo para su entronización.
Recordamos la amistad profunda que nuestro hermano Roger le tenía desde hace tiempo. Estuvo en Taizé una primera vez cuando todavía era muy joven. Más tarde, el hermano Roger nos hablaba a menudo de la acogida que usted le había reservado a Leningrado en 1978, en el tiempo del venerado Metropolita Nikodim, siendo usted rector de la Academia de teología. Luego volvió a Taizé en la primavera de 1990. Y yo mismo no puedo olvidar la acogida tan calurosa que me ofreció, al lado del patriarca Alexis II, cuando fui a Moscú en junio de 2006, poco después de haber comenzado mi nueva carga de prior de Taizé.
A causa del amor profundo que nuestra comunidad tiene por la Iglesia ortodoxa y por Rusia, deseamos que estos lazos puedan continuarse y profundizar esta colaboración a la cual el patriarca Alexis II nos había llamado. Estamos agradecidos por la presencia de jóvenes ortodoxos rusos en Taizé y en los encuentros que preparamos en ciudades europeas. Ellos aportan a los jóvenes de otros países tanto el testimonio de su fidelidad a la tradición ortodoxa como el de la renovación actual de la Iglesia rusa. Sepa que estamos dispuestos a hacer todo lo posible para sostener su compromiso en sus Iglesias locales.
“Recordamos la amistad profunda que nuestro hermano Roger le tenía desde hace tiempo”
Abril 1990, el futuro Patriarca Cyril acogido en Taizé por el hermano Roger
http://www.taize.fr/IMG/jpg/021-nf-cyrille-p-360.jpg
Suscribirse a:
Entradas (Atom)